DICCIONARIO MÉDICO
Prueba de glucagón
La prueba de glucagón es una prueba dinámica que emplea el glucagón como estímulo farmacológico para explorar la función endocrina. Consiste en la administración de glucagón exógeno y la medición seriada de la respuesta hormonal posterior. Según el eje que se quiera explorar, mide la secreción de péptido C, como reflejo de la reserva funcional de las células beta del páncreas, o bien la secreción de hormona de crecimiento (GH) y de corticotropina (ACTH), como alternativa a la hipoglucemia insulínica cuando esta se encuentra contraindicada. Bajo esta única denominación conviven, en realidad, dos exploraciones distintas. Comparten el mismo agente, el glucagón, y un principio común: administrar la hormona en dosis farmacológica y observar qué responde el organismo a continuación. Lo que cambia es la variable que se mide y, con ella, el paciente al que va dirigida cada versión de la prueba. En diabetología, se emplea para valorar cuánta insulina propia conserva el páncreas. En endocrinología hipofisaria, se emplea como estímulo de la GH y la ACTH, un papel que comparte con la hipoglucemia insulínica. El glucagón que se inyecta no es distinto, desde el punto de vista molecular, del que produce de forma natural el páncreas; sobre su origen y su papel fisiológico puede consultarse la entrada dedicada a esta hormona. Lo singular de la prueba es el uso que se hace de ella: no como sustancia terapéutica, sino como reactivo diagnóstico capaz de desenmascarar una reserva glandular que, en condiciones basales, permanece oculta. Sobre el hígado, el glucagón actúa a través de un receptor acoplado a proteína G que eleva el AMP cíclico intracelular y activa la glucogenólisis. El resultado es una elevación transitoria de la glucemia en los minutos siguientes a la inyección, y es precisamente esa subida de glucosa la que se aprovecha en la versión pancreática de la prueba: actúa como secretagogo natural, capaz de estimular la liberación de insulina y de su péptido acompañante, el péptido C, desde las células beta que todavía funcionan. La vía por la que el glucagón desencadena, además, la secreción hipofisaria de GH y ACTH es harina de otro costal. A diferencia del mecanismo hepático, bien caracterizado, el que conecta el glucagón con la hipófisis sigue sin resolverse del todo. Un estudio reciente que analizó la relación entre las oscilaciones de glucosa e insulina durante la prueba y la magnitud de la respuesta hormonal concluyó que el mecanismo íntimo continúa siendo incierto, aunque el descenso de la glucemia tras el pico inicial parece guardar relación con la secreción de GH. En esta modalidad, se extrae una muestra basal y otra tras la inyección de glucagón, y se compara la concentración de péptido C en ambas. El péptido C, y no la insulina, es el parámetro de elección: se libera en cantidad equimolar con la insulina endógena, pero a diferencia de esta no se ve alterado por la insulina administrada como medicamento ni por los anticuerpos antiinsulina, lo que lo convierte en un marcador más fiable de la producción pancreática real. El resultado orienta sobre cuánta función residual de las células beta conserva el páncreas, algo relevante en el estudio de la diabetes mellitus y en el seguimiento de determinados tumores pancreáticos, como el insulinoma. Una respuesta ausente o muy escasa señala una reserva insular prácticamente agotada; una respuesta conservada indica que el páncreas todavía es capaz de responder a un estímulo, con independencia de que la glucemia basal esté o no alterada. La hipoglucemia insulínica es, para la mayoría de las sociedades científicas, el patrón de referencia para demostrar un déficit de GH o de ACTH. Pero no siempre puede realizarse: está contraindicada en personas con epilepsia, cardiopatía isquémica o edad avanzada, y exige una vigilancia estrecha por el riesgo de hipoglucemia grave. La prueba de glucagón nació, en 1970, como respuesta a esa limitación: Mitchell y sus colaboradores describieron entonces que, tras la inyección de glucagón, la GH se elevaba por encima de 8 ng/mL en la práctica totalidad de los sujetos sin enfermedad hipofisaria, mientras que en la mayoría de los pacientes con patología hipofisaria conocida la respuesta no superaba los 5 ng/mL. Desde entonces, y sobre todo a raíz de la retirada del mercado estadounidense de la prueba combinada de GHRH y arginina, el glucagón se ha convertido en la alternativa más utilizada a la hipoglucemia insulínica para el estudio de la GH en adultos. Su perfil de seguridad es mejor, no está condicionada por el sexo del paciente ni por el origen hipotalámico del déficit, y admite pocas contraindicaciones. A cambio, exige ajustar los puntos de corte diagnósticos en personas con sobrepeso u obesidad, cuya respuesta tiende a ser menor, y su pico hormonal se alcanza más tarde que con la insulina. Con la hipoglucemia insulínica, la diferencia es de sentido: una induce un descenso de la glucosa; la otra, una subida transitoria seguida a veces de un descenso leve tardío. Ambas terminan poniendo a prueba el mismo eje hipofisario, pero por caminos fisiológicos opuestos y con perfiles de riesgo distintos. Con la determinación aislada de péptido C basal, la diferencia es de propósito. Un valor basal informa de la producción de insulina en un momento dado; la versión estimulada con glucagón, en cambio, revela la capacidad de reserva, esto es, cuánto puede llegar a producir el páncreas cuando se le exige un esfuerzo secretor. Dos números pueden coincidir en ayunas y separarse notablemente tras el estímulo. Porque el glucagón produce una elevación de la glucemia estandarizada y predecible, sin depender de la absorción intestinal ni de la ingesta previa del paciente. Una carga oral de glucosa introduce variables (vaciamiento gástrico, absorción) que el glucagón inyectado evita. Puede provocar náuseas y algo de malestar abdominal, pero se tolera mejor que la hipoglucemia insulínica. No. Se emplea como alternativa cuando esta última está contraindicada o resulta impracticable, pero conserva menos años de validación y sus puntos de corte diagnósticos todavía generan discusión en la literatura, sobre todo en personas con obesidad. Sí, especialmente cuando se busca una alternativa más segura que la hipoglucemia insulínica para explorar la reserva de GH en la edad pediátrica. El estudio original de Mitchell, en 1970, se hizo sobre todo con sujetos adultos; la evidencia pediátrica llegó después y confirmó un perfil de seguridad igualmente favorable en niños, aunque con una interpretación de los resultados que exige más cautela que en el adulto.Qué es la prueba de glucagón
Mecanismo
Reserva pancreática de insulina
Reserva hipofisaria de GH y ACTH
Diferencias con otras pruebas dinámicas
Preguntas frecuentes
¿Por qué se usa glucagón y no glucosa para estimular la insulina?
¿Es dolorosa o tiene riesgos?
¿Sustituye por completo a la hipoglucemia insulínica?
¿Se usa también en niños?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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