DICCIONARIO MÉDICO
Presión abdominal
La presión abdominal, o presión intraabdominal, es la fuerza que el contenido de la cavidad del abdomen (vísceras, líquido, aire intestinal) ejerce sobre sus paredes. En un adulto sano oscila entre 0 y 5 mmHg; su elevación sostenida por encima de ciertos umbrales define entidades con nombre propio, como la hipertensión intraabdominal. Se trata de la presión en estado estacionario dentro de la cavidad del abdomen, entendida esta como un espacio semirrígido delimitado por la pared muscular, la columna vertebral y, en su límite superior, el diafragma. A diferencia de una cavidad rígida como el cráneo, el abdomen tolera cierto grado de distensión antes de que la presión aumente de forma apreciable, lo que explica por qué cambios moderados de volumen (una comida copiosa, el embarazo) apenas repercuten en la cifra medida. El término no tiene una historia etimológica propia distinta de la de sus dos componentes: "presión", del latín premere, y "abdomen", cuyo origen latino sigue sin resolverse del todo entre los filólogos. Lo relevante aquí no es la palabra, sino la magnitud fisiológica que describe. La cifra depende, ante todo, de dos propiedades mecánicas: la distensibilidad de la pared abdominal y la del diafragma. Cuanto más rígidas estén ambas estructuras (por cirugía reciente, quemaduras extensas, obesidad o ventilación mecánica), menos margen tiene la cavidad para acomodar un aumento de volumen sin que la presión se dispare. El volumen contenido importa igual de poco por sí solo: lo decisivo es la relación entre ese volumen y la capacidad de la cavidad para expandirse. Entre las causas que reducen esa capacidad de expansión figuran el cierre a tensión de la pared tras una laparotomía y la obesidad, que impone un límite estructural permanente. Entre las que aumentan el contenido, sin que la pared cambie, están el íleo, la ascitis, el neumoperitoneo, las masas retroperitoneales y la reanimación con grandes volúmenes de líquido. La postura y la respiración también influyen: la presión sube ligeramente con la inspiración, porque el diafragma desciende y comprime el contenido abdominal, y con la posición semiincorporada frente al decúbito supino estricto. En sujetos críticamente enfermos el valor basal ya suele ser algo más alto que en la población general (entre 5 y 7 mmHg), y en personas con obesidad se sitúa habitualmente entre 9 y 14 mmHg sin que ello implique, por sí mismo, ninguna alteración. La Sociedad Mundial del Síndrome Compartimental Abdominal (WSACS, por sus siglas en inglés), fundada en 2004, propuso en 2006 una serie de definiciones consensuadas que se actualizaron en 2013 y que distinguen la presión normal de la hipertensión intraabdominal, esta última definida como una presión igual o superior a 12 mmHg mantenida en el tiempo. Dentro de la hipertensión intraabdominal se reconocen cuatro grados: el I comprende de 12 a 15 mmHg; el II, de 16 a 20; el III, de 21 a 25, y el IV, valores superiores a 25 mmHg. Por encima de 20 mmHg, si además aparece disfunción de algún órgano que antes funcionaba con normalidad, se habla de una entidad distinta y más grave: la afectación no queda ya circunscrita a una cifra, sino que compromete el retorno venoso, la distensibilidad pulmonar, la filtración renal y, en último término, la perfusión de varios órganos a la vez. Las alteraciones asociadas a un aumento de la presión dentro del abdomen se describen desde el siglo XIX, pero fue Wendt quien, en 1913, propuso por primera vez un nombre propio para el cuadro. La medición práctica tardó siete décadas más en generalizarse: en 1984, Kron y sus colaboradores describieron la posibilidad de estimarla de forma indirecta a través de la vejiga urinaria, un método que sigue siendo hoy el de referencia por su sencillez y su escasa invasividad frente a las alternativas directas. Conviene no confundir la presión abdominal con la distensión abdominal: la primera es un valor numérico medido con instrumental, mientras que la segunda es un signo visible y palpable (el aumento del perímetro del abdomen) que puede acompañar, o no, a una presión elevada. Tampoco debe confundirse con el síndrome compartimental de las extremidades: comparten el mecanismo de fondo (un espacio poco distensible que no admite más volumen sin que la presión suba), pero afectan a compartimentos anatómicos distintos, con estructuras de contención, causas y consecuencias propias de cada localización. Desde finales del siglo XIX se documentaron sus efectos en enfermos graves, aunque el nombre de la entidad no llegó hasta 1913, de la mano del cirujano alemán Wendt. La estandarización internacional de su definición, sin embargo, es mucho más reciente: data de 2004 con la fundación de la sociedad científica dedicada a su estudio. No necesariamente, sobre todo cuando la elevación es gradual. Un abdomen que se distiende poco a poco a lo largo de meses (por ejemplo, en la obesidad progresiva o en el embarazo) tolera cifras que resultarían mal toleradas si aparecieran en cuestión de horas tras un traumatismo o una hemorragia. De forma fiable, no. El método más extendido requiere un catéter urinario conectado a un sistema de medición y se reserva, en la práctica, a pacientes ya hospitalizados con sospecha clínica de que la cifra pueda estar alterada. La primera es la magnitud en sí, presente siempre, en cualquier persona, con un rango de normalidad. La segunda es el nombre que recibe esa misma magnitud cuando supera de forma mantenida el umbral de 12 mmHg.Qué es la presión abdominal
Qué determina su valor
Clasificación por grados
Antecedentes históricos
Diferenciación con conceptos afines
Preguntas frecuentes
¿Desde cuándo se conoce que la presión dentro del abdomen puede alterarse?
¿Una presión abdominal alta duele siempre?
¿Se puede medir sin ingresar en un hospital?
¿Qué diferencia hay entre presión abdominal e hipertensión intraabdominal?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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