DICCIONARIO MÉDICO
Neuroimagen
La neuroimagen es el conjunto de técnicas que permiten obtener imágenes del cerebro y del resto del sistema nervioso central sin necesidad de abrirlo. Se divide en dos grandes familias: la que retrata la anatomía (neuroimagen estructural) y la que capta la actividad del tejido en tiempo real (neuroimagen funcional). Nació a comienzos del siglo XX con procedimientos que hoy resultarían impensables por su invasividad, y se transformó por completo con la llegada de la tomografía computarizada en 1971. El término combina el griego νεῦρον (neûron, "nervio" o, por extensión, sistema nervioso) con el latín imago, "retrato" o "representación". No es una palabra con recorrido etimológico propio, sino un compuesto moderno acuñado directamente para nombrar una disciplina técnica: la ciencia de producir representaciones visuales del sistema nervioso central con fines diagnósticos y de investigación. Bajo esa etiqueta conviven procedimientos con principios físicos, costes y grados de disponibilidad muy distintos entre sí. Comparten un rasgo: todos convierten una señal (rayos X atenuados, señales de radiofrecuencia, fotones emitidos por un radiotrazador) en una imagen interpretable por un especialista. La neurorradiología es la especialidad médica que se ocupa de obtener e interpretar estas imágenes, aunque el campo de la neuroimagen desborda lo estrictamente clínico y se emplea de forma extensa en neurociencia básica. La neuroimagen estructural ofrece una fotografía fija: describe la forma, el tamaño y la posición de las estructuras del sistema nervioso, y por tanto resulta útil para localizar una lesión, un tumor o una malformación. A este grupo pertenecen la tomografía computarizada y la resonancia magnética en su modalidad anatómica. La neuroimagen funcional persigue otra cosa: no la forma, sino el funcionamiento. Registra variables que cambian con la actividad neuronal, como el consumo de glucosa, el flujo sanguíneo regional o el nivel de oxigenación de la sangre, y de ahí extrae un mapa dinámico de qué zonas del cerebro se activan durante una tarea determinada. La tomografía por emisión de positrones, la tomografía por emisión de fotón único y la resonancia magnética funcional son sus representantes principales. Conviene precisar un matiz que se pasa por alto con frecuencia. El electroencefalograma y la magnetoencefalografía se citan a menudo junto a las técnicas de neuroimagen funcional porque también informan sobre actividad cerebral en tiempo real. Estrictamente, sin embargo, no producen una imagen del tejido: registran señales eléctricas o magnéticas en el cuero cabelludo y las traducen en trazados o mapas de actividad. Son, más propiamente, técnicas de neurofisiología. La frontera entre ambos campos se ha difuminado en la práctica, pero la distinción conceptual sigue teniendo sentido para quien se inicia en la materia. Antes de que existiera ningún aparato capaz de ver a través del hueso, la única forma de observar el interior del cráneo era abrirlo. El neurocirujano estadounidense Walter Dandy cambió esa situación en 1918 al idear la ventriculografía: introducía aire en los ventrículos cerebrales para que, al contrastar con el hueso circundante en una radiografía convencional, revelara su forma y su tamaño. Un año después perfeccionó la técnica con la neumoencefalografía, que evitaba la punción craneal directa. Ambos procedimientos eran dolorosos y no exentos de riesgo, pero durante décadas fueron la única ventana disponible hacia el sistema nervioso vivo. El verdadero punto de inflexión llegó el 1 de octubre de 1971, cuando el ingeniero británico Godfrey Hounsfield obtuvo la primera tomografía computarizada de un cráneo humano en el Hospital Atkinson Morley de Londres. Por primera vez fue posible ver cortes transversales del cerebro sin abrir nada. Dos años después, Paul Lauterbur publicó la primera imagen obtenida por resonancia magnética, y a lo largo de los noventa el descubrimiento del efecto BOLD (la relación entre oxigenación sanguínea y señal de resonancia) dio paso a la resonancia magnética funcional. El campo pasó así, en apenas ochenta años, de un procedimiento invasivo con aire y punción lumbar a mapas de actividad cerebral obtenidos sin abrir el cráneo ni administrar radiación alguna. De la unión del griego neûron y el latín imago. Es un término de acuñación relativamente reciente, pensado para nombrar una tecnología y no un concepto anatómico o clínico clásico como los que predominan en este diccionario. No. La radiología es la especialidad médica que estudia el diagnóstico por imagen de todo el cuerpo. La neuroimagen es el subcampo centrado específicamente en el cerebro, la médula espinal y los nervios, y en él participan tanto radiólogos como neurólogos y neurocientíficos. Depende de la técnica. La tomografía computarizada emplea rayos X y la tomografía por emisión de positrones requiere un radiotrazador inyectado, mientras que la resonancia magnética se basa en campos magnéticos y ondas de radio, sin radiación ionizante alguna. Porque sustituía parte del líquido cefalorraquídeo por aire, lo que provocaba dolores de cabeza intensos y náuseas mientras el organismo reabsorbía el gas. Fue, con todo, la única técnica disponible para visualizar los ventrículos cerebrales durante más de cincuenta años. No la sustituye, la complementa. Un estudio funcional sin referencia anatómica carece de localización precisa, así que en la práctica ambas modalidades suelen combinarse o superponerse en una misma exploración.Qué es la neuroimagen
Neuroimagen estructural y neuroimagen funcional
Del cráneo abierto a la imagen digital
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene exactamente la palabra neuroimagen?
¿Es lo mismo neuroimagen que radiología?
¿Todas las técnicas de neuroimagen usan radiación?
¿Por qué se dice que la neumoencefalografía era tan mal tolerada?
¿La neuroimagen funcional sustituye a la estructural?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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