DICCIONARIO MÉDICO
Convulsión febril
La convulsión febril es una crisis convulsiva que aparece en lactantes y niños pequeños, generalmente entre los seis meses y los cinco años de edad, asociada a un episodio de fiebre igual o superior a 38 °C, sin que exista una infección del sistema nervioso central ni otra causa intracraneal que la explique. Constituye el trastorno convulsivo más frecuente de la infancia y afecta al 2-5 % de los niños en Europa y Norteamérica. Se trata de un fenómeno en el que la elevación brusca de la temperatura corporal desencadena una descarga neuronal excesiva en un cerebro que todavía está madurando. El término combina convulsión (del latín convulsio, sacudida violenta) con febril (del latín febrilis, relativo a la fiebre). Tanto la Liga Internacional contra la Epilepsia (ILAE) como los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH) coinciden en delimitar este cuadro: la convulsión debe ocurrir en un niño sin anomalías neurológicas previas y sin antecedentes de crisis afebriles. El dato es relevante porque, si un niño que ya tiene epilepsia presenta una crisis durante un proceso febril, esa crisis no se clasifica como convulsión febril. ¿Por qué un niño convulsiona con fiebre y un adulto, generalmente, no? La respuesta tiene que ver con el grado de maduración del sistema nervioso central. En los primeros años de vida, la mielinización de las fibras nerviosas aún no se ha completado y el equilibrio entre la excitación y la inhibición neuronal se inclina con más facilidad hacia la hiperexcitabilidad. La elevación rápida de la temperatura actúa sobre ese terreno predispuesto. No es la cifra absoluta de fiebre lo que importa tanto como la velocidad del ascenso térmico. De hecho, muchas convulsiones febriles ocurren en las primeras horas de un proceso infeccioso banal (catarro, otitis, roséola), a veces antes incluso de que los padres hayan detectado la fiebre. Existe también un componente genético bien documentado: se han identificado varios loci cromosómicos y al menos cinco genes (entre ellos SCN1A y GABRG2) relacionados con la susceptibilidad a estas crisis. Convulsión febril simple (o típica). Representa el 60-70 % de los casos. Es generalizada, de tipo tónico-clónico, dura menos de quince minutos y no se repite en las veinticuatro horas siguientes. El niño se recupera sin secuelas neurológicas. Las convulsiones febriles complejas (o atípicas) se definen por al menos uno de estos rasgos: duración superior a quince minutos, afectación motora localizada en una parte del cuerpo (lo que sugiere un foco cortical) o recurrencia dentro del mismo episodio febril. Aunque su pronóstico global sigue siendo favorable, las convulsiones febriles complejas se asocian a un riesgo algo mayor de desarrollar epilepsia posteriormente, sobre todo cuando se prolongan más de treinta minutos (lo que se denomina estado epiléptico febril). La incidencia varía según la población: del 2-5 % en países occidentales hasta el 9-14 % en Japón y ciertas islas del Pacífico. La edad de máxima incidencia se sitúa en torno a los 18 meses, con un ligero predominio en varones. Dos tercios de los niños que han tenido una convulsión febril no volverán a presentar otra. Entre los que recidivan, los factores que aumentan el riesgo incluyen la edad temprana de la primera crisis, los antecedentes familiares de convulsiones febriles y una temperatura relativamente baja en el momento del primer episodio. Un dato que tranquiliza a las familias: los estudios epidemiológicos a largo plazo no han encontrado diferencias en el rendimiento intelectual ni en el desarrollo cognitivo entre niños que sufrieron convulsiones febriles simples y los que nunca las tuvieron. De la unión de dos voces latinas: convulsio (sacudida) y febrilis (perteneciente a la fiebre). Describe con precisión el fenómeno: una sacudida muscular desencadenada por la fiebre. No. La inmensa mayoría de los niños con convulsiones febriles no desarrollan epilepsia. El riesgo de epilepsia posterior es del 2-4 % tras convulsiones febriles simples, cifra solo ligeramente superior al de la población general (alrededor del 1 %). Solo cuando concurren varios factores de riesgo (convulsiones complejas, antecedentes familiares de epilepsia, anomalías neurológicas previas) ese porcentaje aumenta de forma apreciable. Estrictamente, no. Los estudios disponibles demuestran que el paracetamol y el ibuprofeno alivian el malestar asociado a la fiebre, pero no reducen la probabilidad de que se produzca una convulsión febril. Esto se explica porque la crisis suele ocurrir durante la fase de ascenso rápido de la temperatura, a menudo antes de que se administre el antitérmico. Colocar al niño de lado en una superficie segura, no introducir nada en su boca y cronometrar la duración del episodio. Si la crisis se prolonga más de cinco minutos, se debe activar el servicio de emergencias. Ante una primera convulsión febril es recomendable acudir al pediatra para confirmar que no exista otra causa subyacente. Si desea profundizar en conceptos asociados a la convulsión febril, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la convulsión febril
El cerebro inmaduro y la fiebre
Convulsiones febriles simples y complejas
Epidemiología y factores de riesgo
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene el término convulsión febril?
¿Tener una convulsión febril significa que mi hijo es epiléptico?
¿Los antitérmicos previenen las convulsiones febriles?
¿Qué debo hacer si mi hijo convulsiona con fiebre?
Referencias
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