DICCIONARIO MÉDICO
Antitrombina III
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La antitrombina III es una glucoproteína plasmática sintetizada en el hígado que actúa como el principal inhibidor fisiológico de la coagulación. Su diana preferente es la trombina (factor IIa), aunque también inactiva otros factores de la cascada, sobre todo el factor Xa. La nomenclatura actual tiende a denominarla simplemente «antitrombina», pero la forma «antitrombina III» sigue siendo de uso frecuente en la práctica clínica. El nombre se compone del prefijo griego ἀντί (antí, «contra») y el sustantivo trombina, a su vez derivado del griego θρόμβος (thrómbos, «coágulo»). El ordinal «III» obedece a una clasificación propuesta a mediados del siglo XX, cuando se identificaron al menos seis actividades antitrombínicas diferentes en el plasma: la antitrombina I designaba la capacidad de la fibrina de adsorber trombina; la antitrombina II correspondía al cofactor de la heparina, que después resultó ser la misma molécula que la III. Con el tiempo, el numeral II cayó en desuso y la comunidad hematológica adoptó «antitrombina III» (o simplemente «antitrombina») para referirse a la alfa-2-glucoproteína responsable de la inactivación progresiva e irreversible de la trombina en el plasma. Se trata de una proteína de cadena única con un peso molecular cercano a 58 000 daltons, codificada por un gen situado en el brazo largo del cromosoma 1 (región 1q23-25). Pertenece a la superfamilia de las serpinas (acrónimo inglés de serine protease inhibitors), un grupo amplio de inhibidores de proteasas de serina que comparten una estructura tridimensional característica y un mecanismo de acción singular: al unirse a su enzima diana, la serpina sufre un cambio conformacional drástico que atrapa a la proteasa en un complejo estable e irreversible. En condiciones fisiológicas, la antitrombina circula en el plasma en una conformación relativamente poco reactiva. Su velocidad basal de inactivación de la trombina y del factor Xa es lenta; un organismo que dependiera solo de esa velocidad no podría contener de forma eficaz una cascada de coagulación activada. Lo que acelera la reacción es la heparina, un glucosaminoglucano presente en la superficie del endotelio vascular. Al unirse a residuos específicos de lisina en la molécula de antitrombina, la heparina provoca un cambio de conformación que expone el centro reactivo (un residuo de arginina) y aumenta la velocidad de inactivación de la trombina entre cien y mil veces. Es decir, la heparina no destruye la trombina por sí misma: potencia la acción de la antitrombina, que es quien ejecuta la inhibición. Esa relación funcional explica por qué los pacientes con déficit congénito de antitrombina pueden mostrar resistencia a la heparina cuando se les administra como anticoagulante. Además de la trombina y el factor Xa, la antitrombina inactiva en menor grado los factores IXa, XIa y XIIa. Su contribución a la regulación de la hemostasia es complementaria a la de otros inhibidores fisiológicos, como la proteína C y la proteína S, que actúan sobre factores diferentes (Va y VIIIa) a través de un mecanismo proteolítico distinto. Cuando los niveles funcionales de antitrombina caen por debajo del rango normal, el equilibrio entre coagulación y anticoagulación se inclina hacia la formación de trombos. El déficit puede ser congénito (por mutaciones en el gen SERPINC1, con una prevalencia estimada del 0,02 al 0,2 % de la población) o adquirido, en contextos como la enfermedad hepática avanzada, el síndrome nefrótico o la coagulación intravascular diseminada. La forma congénita heterocigota se asocia a episodios de trombosis venosa, a menudo antes de los 50 años; la forma homocigota parece ser incompatible con la vida intrauterina. La proteína C y la proteína S son los otros dos grandes anticoagulantes fisiológicos. Actúan por proteólisis de los factores Va y VIIIa, precisan vitamina K para su síntesis y se activan sobre la superficie endotelial a través del receptor de trombomodulina. La antitrombina, en cambio, no depende de la vitamina K, no escinde factores activados sino que los atrapa formando un complejo covalente, y su potenciador natural es la heparina endotelial, no la trombomodulina. Los tres sistemas trabajan en paralelo, pero sus mecanismos no se solapan: el déficit de cualquiera de ellos puede generar un estado de trombofilia, aunque las manifestaciones clínicas y la intensidad del riesgo varíen. Porque los investigadores que estudiaron las actividades antitrombínicas del plasma a mediados del siglo XX numeraron hasta seis fracciones distintas. La fracción III resultó ser la proteína con relevancia clínica real. Las demás o eran propiedades de la misma molécula (como la antitrombina II) o no tenían significado biológico apreciable. Hoy se tiende a usar simplemente «antitrombina», sin numeral. No. La heparina es un glucosaminoglucano que potencia la acción de la antitrombina, pero no es un inhibidor por sí mismo. Sin antitrombina funcional, la heparina pierde gran parte de su eficacia anticoagulante. Es poco frecuente. Se estima que afecta a entre 1 de cada 500 y 1 de cada 5 000 personas en su forma heterocigota. Aproximadamente la mitad de los portadores desarrollarán al menos un episodio de trombosis venosa a lo largo de su vida, muchas veces antes de los 50 años. Si desea profundizar en conceptos vinculados a la antitrombina y la regulación de la coagulación, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la antitrombina III
Mecanismo de inhibición y papel de la heparina
Significado del déficit de antitrombina
Diferenciación con otros inhibidores de la coagulación
Preguntas frecuentes
¿Por qué se llama antitrombina «III»?
¿La antitrombina y la heparina son lo mismo?
¿Es frecuente el déficit congénito de antitrombina?
Referencias
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