DICCIONARIO MÉDICO
Ablación por radiofrecuencia
La ablación por radiofrecuencia es una modalidad de ablación que calienta un volumen delimitado de tejido con corriente alterna de alta frecuencia hasta provocar su necrosis por coagulación. La corriente llega a través de un electrodo, que puede ir montado en un catéter, en una aguja o en una sonda percutánea, siempre en contacto directo con la zona que se quiere destruir. Se llama radiofrecuencia a la porción del espectro electromagnético que va desde unos pocos kilohercios hasta centenares de gigahercios. La ablación utiliza su franja baja, habitualmente entre 300 y 500 kHz. A esas frecuencias la corriente ya no estimula los nervios ni contrae los músculos, cosa que sí harían frecuencias mucho menores: lo único que queda es el efecto térmico. Todo empieza con la agitación iónica. La corriente alterna atraviesa el tejido y los iones del medio extracelular (sobre todo sodio, potasio y cloro) oscilan al ritmo con que el campo eléctrico cambia de sentido, cientos de miles de veces por segundo. De esa fricción sale el calor. Hacia los 50 °C las proteínas empiezan a desnaturalizarse, y a temperaturas algo superiores la lesión se vuelve irreversible. Es la llamada necrosis coagulativa: las células mueren, pero conservan durante un tiempo su arquitectura, de ahí el adjetivo, y el organismo reabsorbe los restos a lo largo de las semanas siguientes. En la configuración monopolar, la más habitual, el circuito necesita dos polos. El electrodo activo es la punta del catéter o de la aguja que se coloca sobre la zona diana. Su superficie es de pocos milímetros cuadrados, lo que concentra la densidad de corriente y hace que el calentamiento ocurra justo ahí. El electrodo dispersivo, o parche de retorno, es un adhesivo de gran superficie que se pega a la piel de la espalda o del muslo; la corriente se reparte tanto en él que no calienta de forma perceptible. Los sistemas bipolares prescinden del parche porque el retorno está en el propio dispositivo. La impedancia es la oposición del tejido al paso de la corriente, y condiciona cuánto calor se genera y hasta dónde llega. La sangre circulante, por ejemplo, arrastra calor al fluir y enfría la punta del electrodo. Los generadores actuales miden la impedancia en tiempo real y modulan la potencia para que la temperatura de la punta se mantenga estable, con lo que la extensión de la lesión puede controlarse con bastante precisión. En la década de 1980, las primeras ablaciones con catéter dentro del corazón empleaban descargas de corriente continua de alto voltaje, parecidas a las de un desfibrilador. Funcionaban. Pero la descarga era brusca, difícil de dosificar y producía barotrauma, una expansión gaseosa súbita que dañaba los tejidos vecinos de forma impredecible. La radiofrecuencia se incorporó a la práctica clínica a finales de esa misma década, y con ella el calentamiento pasó a ser gradual: la lesión tiene bordes bien definidos y su profundidad se modula con la potencia y la duración de la aplicación. Durante décadas ha sido la fuente de energía más extendida en la ablación con catéter. La crioablación, que comparte su base física con la crioterapia, destruye el tejido por el mecanismo contrario: lo congela, y los cristales de hielo que se forman dentro de las células rompen sus membranas. Tiene una particularidad que la radiofrecuencia no ofrece. A unos 30 grados bajo cero la función del tejido se bloquea de forma transitoria sin destruirlo, lo que permite comprobar el efecto antes de hacer la lesión definitiva. El calentamiento que alcanza la temperatura letal, en cambio, no se puede deshacer. El nombre une radio-, del latín radius («rayo»), y frecuencia, del latín frequentia. Designa las ondas electromagnéticas de frecuencia relativamente baja, las mismas que se usan en las emisiones de radio. No. Se parecen porque las dos usan corriente eléctrica para calentar el tejido, pero el objetivo cambia. La electrocoagulación busca sellar vasos y superficies, por ejemplo para detener una hemorragia o cerrar un borde tisular, y se hace con una corriente y un electrodo pensados para actuar en superficie. La ablación por radiofrecuencia pretende destruir un volumen completo de tejido en profundidad. También difieren la frecuencia, la geometría del electrodo y la potencia. Porque a cientos de kilohercios la corriente cambia de sentido tan deprisa que no da tiempo a despolarizar las membranas de las células nerviosas ni de las fibras musculares. No hay estimulación neuromuscular, solo calor por fricción iónica. Si desea profundizar en el concepto general de ablación o en técnicas próximas, puede consultar estas definiciones del Diccionario médico:Qué es la ablación por radiofrecuencia
Electrodo activo, electrodo dispersivo e impedancia
De la corriente continua a la radiofrecuencia
Diferenciación con la crioablación
Preguntas frecuentes
¿Qué significa radiofrecuencia?
¿La ablación por radiofrecuencia es lo mismo que la electrocoagulación?
¿Por qué la radiofrecuencia no produce una descarga eléctrica en el paciente?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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