DICCIONARIO MÉDICO

Proteasa

Una proteasa es una enzima capaz de romper los enlaces peptídicos que mantienen unidos los aminoácidos de una proteína. Pertenece al grupo de las hidrolasas y actúa mediante una reacción de hidrólisis, no de oxidación ni de transferencia de grupos. Existen varias familias, clasificadas según el residuo químico que interviene en el corte, y su actividad resulta indispensable en procesos tan distintos como la digestión, la coagulación sanguínea o la muerte celular programada.

Qué es una proteasa

El nombre combina dos piezas de origen griego con una historia curiosa por separado. La palabra proteína la propuso en 1838 el químico sueco Jöns Jacob Berzelius, en una carta a su colega holandés Gerardus Johannes Mulder, tomando el griego prōteios ("primario", "de primer orden"). El sufijo -asa, hoy universal para nombrar enzimas, lo introdujo el bioquímico francés Émile Duclaux en 1898, inspirado en la diastasa que Anselme Payen y Jean-François Persoz habían descrito en 1833. La Real Academia Española recoge proteasa como adaptación directa del francés protéase, formado a su vez por sustitución de sufijo sobre protéine.

Desde el punto de vista bioquímico, una proteasa cataliza la ruptura del enlace amida que une el grupo carboxilo de un aminoácido con el grupo amino del siguiente. Para lograrlo necesita activar una molécula nucleófila que ataque ese enlace: en unos casos es agua, en otros es la cadena lateral de un aminoácido situado en el propio centro activo de la enzima. De esa diferencia surge toda la clasificación mecanística del grupo.

Clasificación según el mecanismo catalítico

En 1993, Alan Barrett y Neil Rawlings ordenaron las proteasas conocidas en familias evolutivas y las agruparon en cuatro clases catalíticas: serina, cisteína, aspártica y metaloproteasas. Las tres primeras deben su nombre al aminoácido del centro activo que actúa como nucleófilo; las metaloproteasas, en cambio, dependen de un ion metálico (con frecuencia zinc) que activa una molécula de agua para el ataque. Dos clases más se sumarían después: la treonina, descrita en 1995, y la glutámica, en 2004, mucho menos numerosas pero igual de reales.

Las serina proteasas, como la tripsina o la quimotripsina, comparten una tríada catalítica de serina, histidina y aspartato. Las cisteína proteasas, entre ellas la papaína, sustituyen la serina por un tiol igual de reactivo. Las aspárticas, con la pepsina como ejemplo clásico, activan el agua mediante dos residuos de ácido aspártico enfrentados. Las metaloproteasas, como la carboxipeptidasa pancreática, no tocan directamente el enlace: es el agua, polarizada por el metal, la que hace el trabajo.

La treonina proteasa merece una mención aparte porque no aparece en ninguna enzima digestiva clásica. Su ejemplo principal son las subunidades catalíticas del proteasoma, el complejo intracelular que desmonta proteínas marcadas para su destrucción. Ahí el nucleófilo no es una serina ni una cisteína, sino el propio grupo hidroxilo de una treonina situada en el extremo de la cadena proteica, una solución química rara que solo unas pocas superfamilias de enzimas han adoptado por evolución convergente.

Regulación y control de la actividad

Una enzima capaz de destruir proteínas es, por definición, peligrosa para la célula que la fabrica. Por eso la mayoría de las proteasas se sintetizan como zimógenos, precursores inactivos que solo adquieren su forma funcional tras perder un fragmento de la cadena. El páncreas exocrino es el ejemplo de manual: tripsinógeno, quimotripsinógeno y procarboxipeptidasas viajan inactivos hasta el duodeno, donde una cascada de activaciones sucesivas los convierte en enzimas plenamente operativas, lejos ya del tejido que las produjo.

Existe además una segunda capa de control: los inhibidores de proteasas, proteínas o péptidos que bloquean físicamente el centro activo o alteran su geometría. Se encuentran en prácticamente todos los reinos biológicos y cumplen funciones tan variadas como proteger un tejido de una proteasa propia mal regulada o frenar la de un patógeno invasor.

Papel biológico y relevancia clínica

La función más intuitiva es la digestiva, pero dista de ser la única. La cascada de la coagulación es, en esencia, una sucesión de serina proteasas que se activan unas a otras hasta generar trombina y fibrina. La apoptosis, la vía por la que una célula se autodestruye de forma ordenada, depende de una familia de cisteína proteasas llamadas caspasas. El sistema del complemento, primera línea de defensa inmunitaria, funciona también mediante proteasas en cascada. Y en el interior de la célula, la degradación selectiva de proteínas dañadas o innecesarias corre a cargo del proteasoma, cuyo mecanismo se aparta del resto del grupo precisamente por su treonina catalítica.

El interés no se agota en la fisiología normal. Numerosas proteasas extracelulares participan en la invasión tumoral, al degradar la matriz que rodea las células y facilitar su migración a otros tejidos. El conjunto de genes que codifican proteasas y sus inhibidores naturales se conoce como degradoma, y su estudio ha abierto una vía de investigación en oncología y en enfermedades cardiovasculares.

Preguntas frecuentes

¿Es lo mismo una proteasa que una peptidasa?

En la práctica, los dos términos se usan a menudo como sinónimos. Con más rigor, peptidasa es la categoría amplia que incluye tanto a las enzimas que cortan proteínas enteras por el interior de la cadena (las proteasas propiamente dichas, o endopeptidasas) como a las que retiran aminoácidos uno a uno desde un extremo (las exopeptidasas, como la carboxipeptidasa).

¿Por qué algunas proteasas necesitan zinc para funcionar?

Porque su mecanismo no dispone de un aminoácido capaz de actuar como nucleófilo directo. El ion metálico polariza una molécula de agua cercana al enlace peptídico, dejándola con la carga negativa suficiente para atacarlo. Sin el metal, la metaloproteasa pierde por completo su actividad catalítica.

¿Todas las proteasas trabajan en el mismo rango de pH?

No. La pepsina gástrica alcanza su máxima actividad en un medio muy ácido, mientras que la tripsina y la quimotripsina intestinales requieren un entorno neutro o ligeramente alcalino. Cada proteasa está adaptada al compartimento fisiológico donde actúa.

¿Puede el organismo destruirse a sí mismo por exceso de proteasas?

El riesgo existe, y es precisamente lo que los zimógenos y los inhibidores de proteasas están diseñados para evitar. Un fallo en esos mecanismos de control se relaciona con procesos como la pancreatitis, en la que las enzimas digestivas se activan antes de tiempo y dañan el propio tejido pancreático.

¿De dónde procede el sufijo "-asa" que llevan todas las enzimas?

De la diastasa, la primera enzima aislada de forma clara, descrita en 1833 por los químicos franceses Anselme Payen y Jean-François Persoz. Décadas después, en 1898, Émile Duclaux propuso generalizar esa terminación a cualquier enzima nombrada según el sustrato sobre el que actúa, convención que se mantiene hoy en día.

Referencias

  1. Real Academia Española. Proteasa. Diccionario de la lengua española.
  2. Revista del Laboratorio Clínico (Elsevier). Las proteasas de serina bacterianas y su implicación en la fisiopatología de la infección.
  3. LibreTexts Español. Mecanismos de catálisis de las proteasas.
  4. CORDIS, Comisión Europea. Las proteasas y el cáncer.

Entradas relacionadas

  • Proteasomas: complejo multiproteico que degrada proteínas marcadas con ubiquitina mediante subunidades con actividad de treonina proteasa.
  • Pepsina: proteasa aspártica gástrica, ejemplo clásico de zimógeno activado en medio ácido.
  • Tripsina: serina proteasa pancreática que activa en cascada a otros zimógenos digestivos.
  • Carboxipeptidasa: metaloproteasa que retira aminoácidos uno a uno desde el extremo de la cadena.
  • Proteína: macromolécula formada por aminoácidos unidos por enlaces peptídicos, sustrato de toda proteasa.

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