DICCIONARIO MÉDICO
Probiótico
Un probiótico es, según la definición adoptada en 2001 por la FAO y la OMS, un microorganismo vivo que, administrado en cantidad adecuada, produce un beneficio demostrado para la salud de quien lo consume. La categoría reúne sobre todo bacterias del ácido láctico, de géneros como Lactobacillus o Bifidobacterium, y, de forma minoritaria, alguna levadura, como Saccharomyces boulardii. El término se acuñó a mediados del siglo XX como antónimo de antibiótico, y convive hoy con conceptos vecinos (prebiótico, simbiótico, postbiótico) que designan cosas distintas aunque suenen parecido. La Real Academia Española remonta la voz al francés probiotique, formado sobre el prefijo pro- ("a favor de") y el adjetivo biotique ("biótico"), este último heredero del griego bios, vida. El diccionario académico distingue dos usos: como adjetivo de biología califica al microorganismo mismo ("una cepa probiótica"), y como adjetivo o sustantivo se aplica al producto o alimento que lo contiene ("tomar un probiótico"). Ambos usos conviven sin fricción en el habla cotidiana. Conviene precisar algo que rara vez se explica bien: "probiótico" no es un rango taxonómico ni un rasgo que se herede por pertenecer a un género o una especie. Es una propiedad funcional que se demuestra cepa por cepa, mediante ensayos que confirman el beneficio en el organismo que la recibe. Dos bacterias emparentadas pueden comportarse de forma muy distinta. La especificidad de cepa es la norma, no la excepción. Para producir cualquier efecto, el microorganismo debe primero sobrevivir al recorrido por el tubo digestivo: tolerar la acidez del estómago y resistir las sales biliares del duodeno; solo si supera ambas pruebas llega vivo al intestino. Es la primera criba. Muchas cepas candidatas no la superan. Las que sí lo consiguen actúan por varias vías que suelen combinarse. Compiten con otros microorganismos por nutrientes y por los puntos de anclaje del epitelio intestinal, dificultando que estos últimos se establezcan. Producen ácidos orgánicos (láctico, acético) y, en algunos casos, bacteriocinas, sustancias que acidifican el medio local o inhiben de forma directa a otras bacterias. Además, interactúan con el tejido linfoide asociado al intestino, modulando la respuesta del sistema inmunitario de la mucosa sin que ello implique un efecto terapéutico específico sobre una enfermedad concreta. La inmensa mayoría de las cepas con uso documentado pertenecen a bacterias del ácido láctico. Durante casi un siglo, casi todas se agruparon bajo el género Lactobacillus, propuesto por Beijerinck en 1901. En 2020, un equipo internacional liderado por Zheng y colaboradores revisó la genómica completa de ese género y lo dividió en 25 géneros distintos, 23 de ellos nuevos: nombres como Lacticaseibacillus, Lactiplantibacillus o Limosilactobacillus sustituyeron, para muchas especies, al antiguo Lactobacillus en la nomenclatura científica, aunque el uso comercial y divulgativo tardará años en asimilar el cambio. Junto a este grupo, Bifidobacterium constituye el otro gran pilar bacteriano, y especies concretas de Streptococcus, Enterococcus o Bacillus completan el repertorio más habitual. La excepción relevante entre los hongos es Saccharomyces boulardii, aislada en 1923 de la piel de frutas tropicales, que resiste la acidez gástrica y no se ve afectada por los antibióticos dirigidos contra bacterias. Cada microorganismo probiótico se identifica por género, especie y cepa, un código de tres niveles del que depende buena parte de la evidencia disponible: por ejemplo, Lacticaseibacillus rhamnosus GG, donde GG es la designación de la cepa concreta. Por formato, los probióticos se presentan de tres maneras. Primero, en alimentos resultantes de una fermentación no seguida de un tratamiento térmico posterior, como el yogur o el kéfir, condición que excluye a numerosos alimentos fermentados que sí llevan cocción o pasteurización tras el proceso. Segundo, como complementos alimenticios de venta libre. Tercero, en menor número, como medicamentos registrados que incluyen microorganismos vivos entre sus principios, sujetos a la regulación específica de estos productos. La idea es anterior a la palabra. En 1908, el zoólogo ruso Elie Metchnikoff relacionó la longevidad de ciertas poblaciones de los Balcanes con su consumo habitual de leche fermentada, atribuyendo el efecto a los lactobacilos que, según su hipótesis, frenaban las bacterias putrefactivas del intestino. El término como tal llegó más tarde. El bacteriólogo alemán Werner Kollath lo introdujo en 1953, en un artículo sobre nutrición y salud dental, para designar de forma amplia suplementos orgánicos e inorgánicos capaces de restaurar la salud de pacientes desnutridos, en oposición directa al ya asentado antibiótico. Un año después, Ferdinand Vergin publicó "Anti- und Probiotika" en la revista Hippokrates, afinando ese contraste entre los efectos perjudiciales de los antibióticos sobre la microbiota y los factores que, por el contrario, la favorecen. El uso científico estricto llegó en 1965, cuando Daniel Lilly y Rosalie Stillwell publicaron en la revista Science una definición centrada en sustancias secretadas por un microorganismo que estimulan el crecimiento de otro, un concepto tomado de sus estudios con protozoos y todavía alejado del sentido actual. En 1974, Roy Parker aplicó por primera vez el término a suplementos para la alimentación animal diseñados con un propósito de salud. Fue un giro decisivo. De ahí arranca, ya sin apenas cambios, el significado moderno. La comisión de expertos convocada conjuntamente por la FAO y la OMS cerró, en 2001, la definición hoy más aceptada, y la Asociación Científica Internacional de Probióticos y Prebióticos (ISAPP) la reafirmó en 2014, precisando un rasgo que distingue a los probióticos de otras categorías afines: el microorganismo debe permanecer vivo en el momento en que se administra. El prebiótico no es un organismo, sino un sustrato (con frecuencia una fibra no digerible) que sirve de alimento selectivo a los microorganismos beneficiosos ya presentes en el intestino, sin aportar microorganismos nuevos. El simbiótico combina ambas cosas en un mismo producto, un probiótico y un prebiótico pensados para reforzarse mutuamente. El postbiótico rompe con el requisito más característico del probiótico: contiene microorganismos inactivados, es decir, muertos, o componentes y metabolitos derivados de ellos, y aun así puede producir un beneficio para la salud, según el consenso publicado por la ISAPP en 2021. Que un preparado no lleve microorganismos vivos no lo descarta, entonces, como beneficioso; simplemente lo saca de la categoría de probiótico en sentido estricto. Tampoco debe confundirse con la microbiota, el conjunto de microorganismos que habitan de forma natural un ecosistema corporal como el intestino. El probiótico es un aporte externo, deliberado y acotado en el tiempo; la microbiota es la comunidad residente, propia de cada persona, moldeada por la genética, la dieta y el entorno mucho antes de que se introduzca ningún suplemento. Y frente al antibiótico, que elimina microorganismos o frena su crecimiento, el probiótico aporta microorganismos vivos con el efecto contrario: de ahí nació, precisamente, el término. En la Unión Europea no existe, a día de hoy, una definición legal armonizada de probiótico. El Reglamento (CE) n.º 1924/2006 sobre declaraciones nutricionales y de propiedades saludables exige que cualquier efecto beneficioso alegado en el etiquetado esté avalado científicamente y autorizado por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), un requisito que la mayoría de las cepas comercializadas no ha satisfecho todavía. Durante años, esto llevó a algunas autoridades nacionales a considerar que la simple palabra "probiótico" en una etiqueta constituía, de por sí, una declaración de propiedades saludables no autorizada. En España, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) revisó ese criterio en una nota del 27 de octubre de 2020: desde entonces admite el uso del término en el etiquetado y la publicidad de los complementos alimenticios, siempre que no vaya acompañado de ninguna alegación de salud concreta no autorizada. Porque así se pensó desde el principio, cuando Kollath y Vergin construyeron el término en los años cincuenta como reverso deliberado de antibiótico. El propio prefijo lo dice: pro- frente a anti-. El probiótico es el microorganismo vivo. El prebiótico es el sustrato que alimenta a los microorganismos beneficiosos que ya están en el intestino, sin añadir ninguno nuevo. El simbiótico combina las dos cosas en un solo producto. El postbiótico, por último, prescinde de la vida: son microorganismos inactivados o sus componentes y metabolitos, capaces todavía de aportar un beneficio. Los cuatro términos comparten familia léxica, pero designan objetos distintos y no son intercambiables. Confundirlos en una etiqueta es habitual, aunque cada palabra remita a una realidad biológica propia. No. La fermentación aporta microorganismos vivos en el momento de elaborarse el alimento, pero muchos productos se someten después a un tratamiento térmico (el horneado del pan de masa madre, la pasteurización de buena parte de los encurtidos) que los elimina. Sin microorganismos vivos en el momento del consumo, y sin una cepa caracterizada con beneficio demostrado, no cabe hablar de probiótico en sentido estricto, por muy fermentado que esté el alimento de partida. Desde octubre de 2020 sí puede figurar la palabra en la etiqueta de un complemento alimenticio, tras el cambio de criterio de la AESAN. Lo que sigue sin poder incluirse es una alegación de salud concreta ("mejora las defensas", "regula el tránsito") que no cuente con la autorización correspondiente de la EFSA. El término describe la composición del producto; no equivale, por sí solo, a una promesa de efecto. Casi todos, pero no todos. La gran mayoría pertenece a géneros bacterianos como los derivados de Lactobacillus o a Bifidobacterium. La excepción con más recorrido es un hongo unicelular, Saccharomyces boulardii, aislado en 1923 y empleado desde entonces precisamente por una cualidad que comparten pocas levaduras: sobrevive al paso por el estómago sin alterarse.Qué es un probiótico
Mecanismo de acción
Clasificación microbiológica y formatos
Origen y evolución del término
Diferenciación con conceptos afines
Reconocimiento del término en la normativa alimentaria
Preguntas frecuentes
¿Por qué "probiótico" es lo contrario de "antibiótico"?
¿Qué diferencia hay entre un probiótico, un prebiótico, un simbiótico y un postbiótico?
¿Cualquier alimento fermentado contiene probióticos?
¿Puede cualquier producto llamarse "probiótico" en España?
¿Todos los probióticos son bacterias?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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