DICCIONARIO MÉDICO
Porfiria
La porfiria no es una sola enfermedad, sino un grupo de trastornos metabólicos hereditarios o adquiridos que comparten un mismo origen: un fallo en alguno de los ocho pasos enzimáticos necesarios para fabricar el hemo. Según el tejido donde se produzca ese fallo, hígado o médula ósea, y según el tipo de molécula que se acumule, las porfirias se manifiestan con fotosensibilidad cutánea, con crisis neuroviscerales o con ambas cosas a la vez. El término procede del griego porphyra, el molusco marino del que fenicios y minoicos extraían un tinte púrpura reservado a reyes y sacerdotes. La analogía no es casual: en un ataque de porfiria, la orina y en ocasiones las heces adquieren esa misma tonalidad rojiza o violácea al oxidarse los precursores acumulados, sobre todo si se exponen a la luz. Bajo ese nombre se agrupan enfermedades causadas por la deficiencia de una de las enzimas que intervienen en la biosíntesis del hemo, el componente que permite a la hemoglobina transportar oxígeno y que forman también la mioglobina o los citocromos. Cuando una de esas enzimas trabaja por debajo de su capacidad normal, los productos intermedios de la cadena, ácido delta-aminolevulínico, porfobilinógeno o distintas porfirinas según el punto del bloqueo, se acumulan y se depositan en los tejidos. El hemo se construye mediante una ruta de ocho reacciones enzimáticas sucesivas, en parte en las mitocondrias y en parte en el citosol de la célula. Cada enzima de esa cadena tiene su propio gen, y la mutación de cualquiera de ellos da lugar a un tipo distinto de porfiria. No hay, por tanto, una porfiria única con variantes menores: hay ocho enfermedades emparentadas por compartir una misma vía metabólica defectuosa. Lo que determina el cuadro clínico no es solo qué enzima falla, sino en qué órgano se expresa mayoritariamente esa falta. El hígado y la médula ósea son, con diferencia, los principales fabricantes de porfirinas del organismo, y de ahí nace el primer criterio de clasificación. Según el lugar donde se origina la acumulación de precursores, las porfirias se dividen en hepáticas y eritropoyéticas. En las primeras, el exceso se produce en el hígado; es el grupo más numeroso e incluye la porfiria aguda intermitente, la porfiria variegata, la coproporfiria hereditaria, la porfiria por déficit de ALA-deshidratasa y la porfiria cutánea tarda. En las segundas, la sobreproducción tiene lugar en los precursores de los glóbulos rojos dentro de la médula ósea; agrupa la porfiria eritropoyética congénita y la protoporfiria eritropoyética. Existe un segundo criterio, de uso más frecuente en la práctica clínica, que atiende a la forma de presentación. Las porfirias agudas cursan con crisis neuroviscerales, dolor abdominal intenso y afectación neurológica, desencadenadas con frecuencia por fármacos, alcohol o ayuno prolongado. Las porfirias cutáneas o no agudas se manifiestan sobre todo con fotosensibilidad y lesiones dérmicas, sin apenas componente neurológico. Unas pocas formas comparten ambos patrones y se clasifican como mixtas. Los dos sistemas no siempre coinciden con exactitud. La porfiria cutánea tarda, pese a ser hepática por el origen de sus precursores, se comporta clínicamente como no aguda. Aunque ya Hipócrates habría dejado descripciones que hoy se interpretan como casos de porfiria, el conocimiento bioquímico de la enfermedad tardó siglos en llegar. En 1874 el fisiólogo alemán Felix Hoppe-Seyler, uno de los fundadores de la bioquímica moderna, caracterizó por primera vez la hematoporfirina como sustancia química diferenciada. Quince años después, en 1889, el médico neerlandés B. J. Stokvis publicó la primera descripción clínica de un ataque agudo de porfiria, asociado en su paciente al consumo de sulfonal, un hipnótico entonces de uso corriente. Todas las porfirias son enfermedades raras, aunque su frecuencia varía mucho entre unas y otras. La porfiria cutánea tarda es, con diferencia, la más común de todo el grupo; el resto, especialmente las formas eritropoyéticas, se cuentan por casos aislados en la literatura médica mundial. Muchas cursan sin síntomas durante toda la vida del portador, y solo se manifiestan si concurre un factor desencadenante como ciertos medicamentos, el alcohol o las hormonas sexuales femeninas. Del griego porphyra, nombre del molusco marino que producía el tinte púrpura de la Antigüedad. La relación con la enfermedad está en el color que adquieren la orina y otros fluidos durante los episodios agudos. No. La mayoría se transmiten de padres a hijos, con distintos patrones de herencia según el tipo, pero algunas formas, como ciertos casos de porfiria cutánea tarda, aparecen sin antecedentes familiares por la acción de factores adquiridos sobre la actividad enzimática. Porque sus crisis agudas cursan con síntomas abdominales, neurológicos y hasta psiquiátricos que se confunden con facilidad con los de otras patologías mucho más frecuentes, lo que retrasa a menudo el diagnóstico. No siempre. Ambos términos se solapan en la mayoría de los casos, pero responden a criterios distintos: uno atiende al órgano donde se acumulan los precursores y otro a la forma en que se manifiesta la enfermedad. La porfiria cutánea tarda es hepática y, sin embargo, no es aguda. Numerosos fármacos, el alcohol, el tabaco, las infecciones, el ayuno prolongado y los cambios hormonales del ciclo femenino se cuentan entre los factores que pueden precipitar un episodio en una persona predispuesta genéticamente.Qué es la porfiria
Mecanismo: una cadena de ocho pasos
Clasificación
Un apunte histórico
Frecuencia
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra porfiria?
¿Todas las porfirias son hereditarias?
¿Por qué se llama a la porfiria «la gran simuladora»?
¿Es lo mismo una porfiria hepática que una porfiria aguda?
¿Qué hace que se desencadene una crisis?
Referencias
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