DICCIONARIO MÉDICO
Parosmia
La parosmia es una alteración cualitativa del olfato: ante un olor real y presente, quien la padece percibe una cualidad distinta de la esperada, casi siempre desagradable. Es una de las secuelas olfativas más características de las infecciones respiratorias virales, incluida la COVID-19, y suele aparecer semanas o meses después de la pérdida inicial del olfato, coincidiendo con el comienzo de la recuperación. Del griego pará, con el sentido de alteración o desviación de lo esperado, y osmé, "olfato", procede el nombre, con el sufijo abstracto -ía añadido después. Su primera documentación se sitúa en 1822, en inglés, dentro de la oleada de neologismos con la que la medicina decimonónica fue nombrando cada matiz de la percepción sensorial: apenas un año después de anosmia y poco antes de cacosmia. La Real Academia Española no ha incorporado parosmia a su diccionario general; cacosmia sí figura en él. También se emplea, aunque con mucha menor frecuencia, el sinónimo troposmia. La distinción con otros trastornos del olfato es antes que nada conceptual: la anosmia es la ausencia completa de la capacidad de oler, y la hiposmia, su reducción parcial; ambas son alteraciones cuantitativas. La parosmia, en cambio, no afecta a la cantidad de olor percibido sino a su cualidad, y por eso se agrupa junto con otras distorsiones bajo el término genérico de disosmia. El epitelio olfativo, situado en la parte alta de las fosas nasales, se renueva de forma continua a partir de células madre basales; sus neuronas sensoriales duran solo unas semanas antes de ser reemplazadas. Cuando una lesión extensa, como la causada por una infección viral grave, obliga a una regeneración masiva y simultánea, el proceso no siempre reproduce con fidelidad el mapa original de conexiones entre cada neurona receptora y su destino en el bulbo olfatorio. En el caso del SARS-CoV-2, el virus no ataca directamente a las neuronas olfativas sino a las células sustentaculares que las rodean y sostienen; el daño y la inflamación resultantes son los que, de forma indirecta, alteran la regeneración neuronal posterior. Se han propuesto dos hipótesis no excluyentes para explicar la distorsión resultante: la de la "reconexión errónea", según la cual los nuevos axones llegan a glomérulos distintos de los que les correspondían, y la de la regeneración incompleta, en la que solo se restablece una parte de los tipos de receptores, de manera que el cerebro recibe una versión parcial del código olfativo original. Los estudios sobre secuelas olfativas de la COVID-19 sitúan la prevalencia de parosmia entre el 5 % y el 10 % de quienes sufrieron anosmia durante la infección aguda, cifra que se eleva hasta el 40 % en las series centradas específicamente en pacientes con síntomas persistentes. El inicio suele producirse en torno a los dos meses y medio tras la infección, casi siempre coincidiendo con una recuperación parcial del olfato perdido. La fantosmia comparte con la parosmia el carácter cualitativo, pero no el punto de partida: en la fantosmia no existe ningún estímulo odorífero real, mientras que en la parosmia el olor está presente y, sencillamente, se decodifica mal. Un resfriado reciente o un golpe en la cabeza pueden desencadenar cualquiera de las dos, y no es raro que una misma persona presente ambas de forma sucesiva a medida que su sistema olfativo se recupera. Definida con mayor precisión en esta misma obra, la cacosmia se limita a la percepción de olores concretamente fétidos. La parosmia es la categoría más amplia: incluye distorsiones desagradables de cualquier tipo, a menudo descritas como olor a quemado, a químico o a materia en descomposición, y, en casos mucho más raros, distorsiones hacia una cualidad agradable, fenómeno al que algunos autores han empezado a llamar euosmia. Del griego pará ("alteración") y osmé ("olfato"). Los diccionarios etimológicos sitúan su primera documentación en 1822, en textos médicos en inglés. No. En la anosmia no se percibe ningún olor; en la parosmia se percibe, pero distorsionado. De hecho, la aparición de parosmia después de una infección suele interpretarse como una señal de que el olfato está en proceso de recuperación, no de empeoramiento. Porque el sistema olfativo, no el alimento, es el que falla. Investigadores de la Universidad de Reading identificaron mediante cromatografía de gases que ciertos compuestos concretos, sobre todo pirazinas y compuestos de azufre que se forman durante el tostado, el asado o la fritura, son responsables directos de buena parte de las distorsiones. Café, carne asada, cebolla y ajo comparten varios de estos compuestos, lo que explica por qué figuran de forma recurrente entre los alimentos más citados por quienes padecen parosmia. Los alimentos con perfiles aromáticos más simples se ven afectados con menos frecuencia. No necesariamente. Muchos casos mejoran de forma espontánea a medida que el epitelio olfativo continúa regenerándose, aunque el proceso puede prolongarse durante meses o, en un subgrupo de pacientes, años. Si desea ampliar información sobre los trastornos del olfato y conceptos relacionados, puede consultar:Qué es la parosmia
El mecanismo: una reconexión imperfecta
Diferenciación con otros trastornos del olfato
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra parosmia?
¿Es lo mismo que perder el olfato?
¿Por qué la comida huele mal incluso siendo fresca?
¿Es permanente?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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