DICCIONARIO MÉDICO
Factor de crecimiento transformador
El factor de crecimiento transformador es una superfamilia de citocinas que regulan el crecimiento celular, la diferenciación, la formación de matriz extracelular y la respuesta inmunitaria en prácticamente todos los tejidos del organismo. El factor de crecimiento transformador, conocido internacionalmente como TGF (del inglés transforming growth factor), agrupa una superfamilia de proteínas señalizadoras con funciones muy variadas. El nombre se adoptó a partir de una observación de laboratorio: estas moléculas eran capaces de inducir cambios morfológicos y funcionales en fibroblastos cultivados, un fenómeno que se describió como "transformación" fenotípica. Aunque el término puede sugerir una relación con el cáncer, la realidad biológica es más compleja: según el contexto, el TGF puede frenar la proliferación celular, promover la reparación tisular o modular la inmunidad. La superfamilia comprende más de 30 miembros en humanos, distribuidos en varias subfamilias. Las dos ramas principales son el TGF-beta (TGF-β), con tres isoformas en mamíferos (TGF-β1, TGF-β2 y TGF-β3), y las proteínas morfogenéticas óseas (BMP), identificadas inicialmente por su capacidad para inducir la formación de hueso pero con funciones que van mucho más allá del tejido óseo. Completan la superfamilia las activinas, las inhibinas, los factores de diferenciación del crecimiento (GDF) y la hormona antimülleriana (AMH), cada uno con un perfil funcional propio. El TGF-beta se sintetiza como una proteína precursora inactiva (pro-TGF-beta). Para que la forma madura ejerza su acción, debe someterse a un procesamiento específico que libera el péptido activo, un homodímero de aproximadamente 25 kilodaltons. Este sistema de activación controlada no es accesorio: constituye uno de los principales mecanismos que determinan cuándo y dónde actúa la molécula. Tras su síntesis, el TGF-beta permanece unido a un péptido asociado a la latencia (LAP) formando el llamado complejo latente pequeño, que a su vez se ancla a proteínas de la matriz extracelular (LTBP). La liberación del TGF-beta activo depende de la acción de proteasas, integrinas, cambios de pH o fuerzas mecánicas. El resultado es que grandes cantidades de TGF-beta pueden almacenarse en los tejidos en forma inactiva, listas para activarse localmente cuando el organismo lo requiere. A diferencia de la mayoría de los factores de crecimiento, cuyos receptores poseen actividad tirosina quinasa, los del TGF-beta son receptores serina/treonina quinasa. Se distinguen tres tipos: el receptor tipo II (TGFβR2), que se une directamente al ligando; el tipo I (TGFβR1, también llamado ALK5), que es el señalizador principal; y el tipo III (betaglicano), un correceptor que facilita la presentación del TGF-β2 a los receptores señalizadores. Cuando el TGF-beta se une al receptor tipo II, este recluta y fosforila al receptor tipo I. La señal se transmite entonces a unas proteínas intracelulares denominadas SMAD: las SMAD2 y SMAD3 son fosforiladas, se asocian con la SMAD4 mediadora y el complejo se transloca al núcleo, donde regula la transcripción de genes diana. Esta es la ruta canónica. Existen además vías no canónicas (MAPK, PI3K/AKT, Rho GTPasas) que amplían considerablemente el repertorio de respuestas celulares. El TGF-beta actúa como un potente inhibidor de la proliferación en la mayoría de las células epiteliales, endoteliales y hematopoyéticas: detiene la progresión del ciclo celular en la fase G1, impidiendo la entrada en la fase de síntesis de ADN. Esta propiedad antiproliferativa le confiere un papel como supresor tumoral en las fases iniciales del desarrollo del cáncer. Sin embargo, la situación cambia en los fibroblastos y en las células mesenquimales, donde el TGF-beta puede estimular el crecimiento y la migración. También se invierte en las células tumorales que han adquirido resistencia a sus efectos inhibitorios, un fenómeno que se discute más adelante. Probablemente la función más estudiada del TGF-beta, junto con la regulación del crecimiento, sea su papel como principal inductor de la síntesis de matriz extracelular. Estimula la producción de colágeno, fibronectina y proteoglicanos por parte de los fibroblastos, y al mismo tiempo inhibe las metaloproteinasas que degradan esos componentes. El balance neto favorece la acumulación de matriz. En condiciones fisiológicas, esta función es necesaria para la cicatrización de heridas y la reparación tisular. El problema surge cuando la señalización se mantiene activada de forma crónica: la acumulación patológica de tejido fibroso puede afectar a los pulmones (fibrosis pulmonar), el hígado (cirrosis), los riñones (nefroesclerosis), el corazón o la piel (esclerodermia). La fibrosis representa una causa importante de morbilidad a nivel mundial, y el TGF-beta se ha convertido en una diana terapéutica que genera investigación activa. El TGF-beta ejerce acciones inmunosupresoras potentes. Inhibe la proliferación y la activación de los linfocitos T, modula la función de los macrófagos y las células asesinas naturales (NK), y promueve la diferenciación de linfocitos T reguladores (Treg), células especializadas en contener la respuesta inmunitaria. Esta función es necesaria para mantener la tolerancia inmunológica y prevenir la autoinmunidad. En el contexto tumoral, no obstante, esa misma capacidad inmunosupresora puede ser utilizada por las células cancerosas para evadir la vigilancia inmunitaria, lo que constituye uno de los mecanismos de escape tumoral más relevantes. La relación entre el TGF-beta y el cáncer es dependiente del estadio de la enfermedad, y esto complica cualquier estrategia terapéutica dirigida contra esta citocina. En las fases iniciales, el TGF-beta actúa como supresor tumoral: las mutaciones que inactivan componentes de su vía de señalización (receptores o proteínas SMAD) se encuentran con frecuencia en distintos tipos de cáncer, lo que indica que la pérdida de la señalización inhibitoria favorece el desarrollo del tumor. Pero las células tumorales que han adquirido resistencia a esos efectos antiproliferativos pueden beneficiarse de otras acciones del TGF-beta: la inducción de la transición epitelio-mesenquimal (que facilita la invasión y la metástasis), la supresión de la respuesta inmunitaria antitumoral y la promoción de la angiogénesis. En esta fase avanzada, el TGF-beta actúa como promotor de la progresión tumoral. Se investigan inhibidores específicos (anticuerpos neutralizantes, inhibidores de los receptores, trampas moleculares), cuya indicación el oncólogo valorará según el perfil molecular de cada tumor. La transición epitelio-mesenquimal (TEM) es un proceso por el que las células epiteliales pierden sus propiedades de adhesión y polaridad y adquieren características migratorias e invasivas propias de las células mesenquimales. Es un fenómeno fisiológico durante el desarrollo embrionario y la cicatrización, pero se convierte en un mecanismo patológico cuando las células tumorales lo emplean para invadir tejidos vecinos. El TGF-beta es uno de los principales inductores de la TEM. El TGF-beta participa en las tres fases de la reparación tisular. En la fase inflamatoria, es liberado por las plaquetas activadas y actúa como quimioatrayente para monocitos, macrófagos y fibroblastos, dirigiéndolos hacia la zona lesionada. Los macrófagos reclutados producen a su vez más TGF-beta, amplificando la señal reparadora. Durante la fase proliferativa, estimula la producción de colágeno y fibronectina por los fibroblastos y promueve su diferenciación hacia miofibroblastos, células contráctiles que contribuyen al cierre de la herida. En la remodelación posterior, sigue regulando la deposición de colágeno y la reorganización de la matriz. Un dato que merece atención: las tres isoformas del TGF-beta no se comportan de la misma manera en este contexto. Mientras que el TGF-β1 y el TGF-β2 favorecen la formación de cicatrices, el TGF-β3 se asocia con una cicatrización menos fibrótica, observación que ha generado interés para posibles aplicaciones en cirugía plástica y reparadora. El TGF-beta interviene en el desarrollo cardíaco embrionario y en el mantenimiento de los vasos sanguíneos en la vida adulta. Tras un infarto de miocardio, participa en la formación de la cicatriz cardíaca, aunque su activación excesiva puede conducir a fibrosis difusa que compromete la función del corazón. En la aterosclerosis, su papel es dual: por un lado, sus efectos antiinflamatorios pueden estabilizar la placa aterosclerótica; por otro, promueve la fibrosis de la pared arterial. Las mutaciones en los genes que codifican los receptores TGFβR1 y TGFβR2 causan el síndrome de Loeys-Dietz, una enfermedad hereditaria del tejido conectivo que predispone a la formación de aneurismas aórticos, tortuosidad arterial y anomalías craneofaciales. El síndrome de Marfan, más conocido, también comparte alteraciones en la señalización del TGF-beta. La identificación de estas mutaciones mediante estudios genéticos permite establecer protocolos de vigilancia por parte del equipo especializado en cardiología y cirugía vascular. La fibrosis renal es un proceso común a muchas nefropatías crónicas, y el TGF-beta actúa como mediador clave. Su señalización excesiva en el riñón estimula la producción de matriz por parte de los fibroblastos intersticiales y las células mesangiales, promueve la transición epitelio-mesenquimal de las células tubulares y contribuye al engrosamiento de la membrana basal glomerular. Se han detectado niveles elevados de TGF-beta en biopsias renales de pacientes con nefropatía diabética, glomerulonefritis y nefroesclerosis hipertensiva. El bloqueo de esta vía se investiga como posible estrategia para frenar la progresión de la enfermedad renal crónica. Las BMP merecen mención separada dentro de la superfamilia porque tienen aplicaciones clínicas concretas en regeneración ósea. La BMP-2 y la BMP-7 recombinantes se han empleado en cirugía ortopédica y maxilofacial para estimular la formación de hueso nuevo en fracturas de difícil consolidación, defectos óseos y cirugía de fusión vertebral. Los resultados varían según la indicación y la localización del defecto; el cirujano especialista valorará la idoneidad del tratamiento en cada caso. Las activinas participan en la regulación de la secreción de la hormona foliculoestimulante (FSH) por la hipófisis y en procesos de diferenciación hematopoyética e inflamación. Las inhibinas, producidas por las gónadas, actúan como antagonistas fisiológicos de las activinas, suprimiendo la liberación de FSH; la inhibina B se utiliza clínicamente como marcador de la función gonadal. La hormona antimülleriana (AMH) desempeña un papel durante el desarrollo embrionario masculino, donde provoca la regresión de los conductos de Müller. En la práctica clínica, la determinación sérica de la AMH se emplea como marcador de la reserva folicular ovárica. Depende del contexto. En la mayoría de las células epiteliales, endoteliales y hematopoyéticas, actúa como inhibidor potente de la proliferación. En fibroblastos y células mesenquimales, sin embargo, puede promover el crecimiento y la migración. Esta dualidad explica en parte su comportamiento paradójico en el cáncer. Es el principal mediador de la fibrosis en prácticamente todos los órganos. Estimula la producción de colágeno y otros componentes de la matriz extracelular, transforma los fibroblastos en miofibroblastos contráctiles e inhibe la degradación de la matriz ya depositada. Cuando esta acción se prolonga en el tiempo, el resultado es la acumulación patológica de tejido fibrótico que caracteriza enfermedades como la fibrosis pulmonar, la cirrosis o la nefroesclerosis. Sí. La BMP-2 y la BMP-7 recombinantes se emplean en procedimientos de cirugía ortopédica y maxilofacial para inducir la formación de hueso nuevo. Su indicación requiere valoración individualizada por el especialista. Las mutaciones en los receptores TGFβR1 y TGFβR2 causan el síndrome de Loeys-Dietz, que debilita la pared aórtica y predispone a aneurismas y disecciones. La identificación precoz de estas mutaciones mediante estudios genéticos permite establecer protocolos de vigilancia cardiovascular. Su función inmunosupresora, especialmente a través de la promoción de linfocitos T reguladores, ayuda a mantener la tolerancia inmunológica. Los defectos en esta señalización se han asociado con el desarrollo de autoinmunidad en modelos experimentales, aunque la relación en humanos es compleja y sigue siendo objeto de investigación.Qué es el factor de crecimiento transformador
Estructura y activación del TGF-beta
Receptores y vía de señalización SMAD
Regulación del crecimiento celular
Fibrosis y formación de matriz extracelular
Modulación de la respuesta inmunitaria
TGF-beta y cáncer: la paradoja funcional
Transición epitelio-mesenquimal
Cicatrización de heridas
Sistema cardiovascular
Enfermedad renal crónica
Proteínas morfogenéticas óseas
Activinas, inhibinas y hormona antimülleriana
Preguntas frecuentes
¿El TGF-beta estimula o inhibe el crecimiento celular?
¿Qué relación tiene con la fibrosis?
¿Las BMP se usan en cirugía?
¿Qué relación tienen las mutaciones del TGF-beta con los aneurismas aórticos?
¿El TGF-beta participa en las enfermedades autoinmunitarias?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
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