DICCIONARIO MÉDICO
Anticuerpo anticardiolipina
El anticuerpo anticardiolipina (aCL) es un autoanticuerpo dirigido contra la cardiolipina, un fosfolípido con carga negativa presente sobre todo en la membrana interna de las mitocondrias. Pertenece al grupo de los anticuerpos antifosfolípidos y constituye, de hecho, el miembro más frecuente de esa familia. Su presencia persistente en sangre se asocia al síndrome antifosfolípido, una trombofilia autoinmune. La cardiolipina recibe su nombre porque fue aislada por primera vez a partir de tejido cardíaco bovino. Mary Pangborn publicó en 1941 la purificación de este fosfolípido, que ya se venía utilizando como reactivo en las pruebas serológicas de la sífilis sin que se conociese su identidad química exacta. Desde las raíces griegas καρδία (kardía, corazón) y λίπος (lípos, grasa), el término designa literalmente una «grasa del corazón», aunque la molécula está presente en las membranas mitocondriales de muchos tejidos. El vínculo entre los anticuerpos anticardiolipina y la enfermedad autoinmune se conoce gracias a un rodeo histórico. En 1906, Wassermann desarrolló una prueba serológica para la sífilis cuyos reactivos contenían, sin que él lo supiera, cardiolipina. Décadas más tarde se comprobó que ciertos pacientes con lupus eritematoso sistémico daban falsos positivos en esa prueba. No tenían sífilis: su sistema inmunitario producía anticuerpos que reaccionaban con el mismo fosfolípido del reactivo. Fue el primer indicio de lo que hoy denominamos síndrome antifosfolípido. Durante años se asumió que los anticuerpos anticardiolipina reconocían directamente el fosfolípido. En 1990, dos grupos de investigación demostraron de manera independiente que la unión requiere, en la mayoría de los casos autoinmunes, la presencia de una proteína plasmática intermediaria: la beta-2 glucoproteína I (β2-GPI). Los aCL patogénicos se unen al complejo formado por la cardiolipina y la β2-GPI, no al fosfolípido desnudo. Esta distinción tiene consecuencias prácticas. Los aCL que aparecen en el contexto de infecciones (sífilis, hepatitis, VIH) son, por lo general, independientes de la β2-GPI, y rara vez se asocian a complicaciones trombóticas. Los aCL dependientes de β2-GPI, en cambio, son los que guardan relación con el síndrome antifosfolípido y sus manifestaciones clínicas. La diferencia explica por qué un resultado positivo aislado no basta para hablar de enfermedad. Los laboratorios cuantifican por separado los aCL de clase IgG, IgM e IgA mediante técnica ELISA. El isotipo IgG es el que se detecta con más frecuencia en el síndrome antifosfolípido secundario a lupus, y los títulos elevados de IgG se correlacionan de forma más consistente con el riesgo trombótico. El isotipo IgM predomina en ciertos casos de síndrome antifosfolípido primario, sin enfermedad autoinmune subyacente conocida. La IgA es la menos estudiada, y su significado clínico sigue siendo objeto de debate: los criterios de clasificación internacionales más recientes no la incluyen como criterio obligatorio. El nombre es un legado de la historia. Pangborn aisló el fosfolípido en 1941 a partir de corazón de buey, y lo bautizó en consecuencia. Hoy se sabe que la cardiolipina abunda en la membrana interna de las mitocondrias de cualquier tejido con alta demanda energética (hígado, músculo esquelético, cerebro), pero el nombre original se ha mantenido sin cambios en la nomenclatura bioquímica. No. Un título positivo aislado puede deberse a una infección reciente, a ciertos medicamentos o simplemente a la edad avanzada. Para que un resultado de aCL tenga relevancia clínica en el contexto del síndrome antifosfolípido, debe confirmarse en una segunda determinación realizada al menos doce semanas después de la primera, y acompañarse de al menos un evento clínico compatible (trombosis o morbilidad obstétrica). La prueba clásica de la sífilis (VDRL) utiliza cardiolipina como reactivo. Si una persona produce aCL por un mecanismo autoinmune, puede dar un resultado positivo en la VDRL sin estar infectada. Estos falsos positivos biológicos para sífilis fueron, históricamente, una de las primeras pistas que condujeron al descubrimiento del síndrome antifosfolípido. Ambos forman parte de la familia de los anticuerpos antifosfolípidos, pero se detectan por métodos distintos. El aCL se mide con un inmunoensayo (ELISA) que cuantifica la unión al fosfolípido. El anticoagulante lúpico se detecta mediante pruebas funcionales de coagulación que se prolongan in vitro. Un paciente puede ser positivo para uno, para el otro o para ambos; la positividad simultánea, llamada a veces «triple positividad» cuando se añade el anti-β2-GPI, se asocia al mayor riesgo trombótico. Si desea profundizar en conceptos asociados al anticuerpo anticardiolipina, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es el anticuerpo anticardiolipina
El papel de la beta-2 glucoproteína I
Clasificación según el isotipo
Preguntas frecuentes
Por qué se llama «anticardiolipina» si la cardiolipina no está solo en el corazón
Un resultado positivo para aCL confirma un síndrome antifosfolípido
Qué relación tienen los anticuerpos anticardiolipina con la sífilis
En qué se diferencia el aCL del anticoagulante lúpico
Referencias
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