DICCIONARIO MÉDICO
Tranquilizante
Tranquilizante es el término con el que la medicina y el lenguaje corriente designaron, durante buena parte del siglo XX, a los psicofármacos capaces de calmar la ansiedad o la agitación. La palabra sigue viva en el uso común, aunque la práctica clínica la ha ido sustituyendo por denominaciones más precisas, como ansiolítico o antipsicótico. La palabra procede del latín tranquillus, "quieto, sereno", a través del verbo tranquilizar y el sufijo de agente -ante: literalmente, "lo que tranquiliza". Antes de convertirse en un término farmacológico tuvo, no obstante, un uso bien distinto y bastante más inquietante que el que evoca hoy. En 1811, el médico Benjamin Rush, considerado el padre de la psiquiatría estadounidense, describió en la Philadelphia Medical Museum un artefacto al que llamó, sin ninguna ironía, "the Tranquillizer": una silla que inmovilizaba la cabeza, el tronco y las extremidades del paciente con el propósito, según su propio autor, de reducir el flujo de sangre hacia el cerebro y apaciguar así la locura. No era un fármaco. Era un dispositivo de contención, pensado como alternativa a la camisa de fuerza, y durante décadas fue ese objeto, no ninguna sustancia, lo que el término designaba. El salto hacia el sentido farmacológico actual llegó siglo y medio después, y de forma bastante casual. En 1946, el farmacólogo Frank Berger, que en Inglaterra investigaba sustitutos de la penicilina, publicó en el British Journal of Pharmacology un trabajo sobre la mefenesina en el que empleaba, para describir su efecto en animales de laboratorio, la palabra "tranquilizing". Berger emigró después a Estados Unidos, siguió modificando aquella molécula y en 1955 lanzó al mercado el meprobamato, comercializado como Miltown: se convirtió en el fármaco más recetado del país en apenas un par de años y quedó consagrado como el primer tranquilizante propiamente dicho. Ese mismo año, la psiquiatría francesa tomó un camino distinto. Jean Delay y Pierre Deniker, que habían ensayado la clorpromazina en el hospital parisino de Sainte-Anne, publicaron en 1955 un artículo titulado "Hibernothérapies et cures neuroleptiques en psychiatrie" en el que proponían un nombre nuevo, neuroléptico, precisamente para separar ese fármaco y la reserpina de la categoría, más laxa, de los tranquilizantes que ya triunfaba en Estados Unidos. Con el tiempo, el inglés adoptó una solución de compromiso que no convenció a Delay ni a Deniker: llamar "tranquilizantes menores" a los ansiolíticos y sedantes, y "tranquilizantes mayores" a los antipsicóticos. Los descriptores en ciencias de la salud siguen recogiendo "tranquilizantes" como categoría amplia, que engloba tanto a los agentes ansiolíticos (los antiguos tranquilizantes menores) como a los antimaníacos y antipsicóticos (los tranquilizantes mayores). No nombra, por tanto, un mecanismo de acción concreto: un ansiolítico actúa sobre el receptor GABA-A, mientras que un antipsicótico bloquea receptores de dopamina, y ambos comparten poco más que el efecto calmante que dio origen al nombre común. La literatura médica actual evita el término por esa imprecisión y prefiere hablar de ansiolítico, sedante hipnótico, antipsicótico o neuroléptico según el mecanismo y el uso de cada fármaco. "Tranquilizante" sobrevive, eso sí, en el habla cotidiana y en el lenguaje divulgativo, donde nadie exige el rigor mecanístico que sí se le pide a un texto clínico. No exactamente. Todo ansiolítico puede llamarse coloquialmente tranquilizante, pero no todo tranquilizante es un ansiolítico: el término tradicional incluía también a los antipsicóticos, un grupo con mecanismo, indicación y perfil bien distintos. Porque decía más sobre la intensidad social de sus efectos que sobre su farmacología real. Un ansiolítico y un antipsicótico actúan sobre receptores distintos y para trastornos distintos, así que agruparlos según fueran psíquicamente potentes o suaves dejó de aportar nada a la práctica clínica. Los psiquiatras franceses Jean Delay y Pierre Deniker, en 1955, para separar la clorpromazina y la reserpina de la categoría de los tranquilizantes que ya se había popularizado en Estados Unidos gracias al meprobamato. Sí: el primero, en 1811, ni siquiera era una sustancia. Era una silla de contención diseñada por Benjamin Rush para inmovilizar a pacientes psiquiátricos, más de un siglo antes de que la palabra empezara a designar un medicamento.Qué es un tranquilizante
Del artefacto de Rush al psicofármaco
Un término paraguas, hoy en desuso clínico
Preguntas frecuentes
¿Es lo mismo un tranquilizante que un ansiolítico?
¿Por qué se abandonó la distinción entre tranquilizante mayor y menor?
¿Quién acuñó el término neuroléptico y por qué?
¿Existió alguna vez un tranquilizante que no fuera un fármaco?
Referencias
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