DICCIONARIO MÉDICO
Pesadilla
La pesadilla es un ensueño vívido y angustioso, casi siempre relacionado con una amenaza a la seguridad o la supervivencia, que despierta bruscamente a quien lo sufre. A diferencia de otras alteraciones del sueño con las que suele confundirse, quien la padece se orienta con rapidez al despertar y conserva un recuerdo relativamente nítido del contenido soñado. La Real Academia Española la define como ensueño angustioso y tenaz, y añade una segunda acepción que resulta reveladora: opresión del corazón y dificultad de respirar durante el sueño. Esa sensación de peso u opresión torácica, más que el contenido concreto del sueño, es lo que dio nombre a la palabra. Pesadilla procede de pesado, con el sufijo diminutivo -illa, y comparte raíz con pesar y peso (del latín pensare, "sopesar"). El nombre nace, pues, de una vivencia corporal (la sensación de carga sobre el pecho) antes que de una imagen onírica concreta, algo que explica por qué durante siglos se describió la pesadilla como un fenómeno tanto respiratorio como mental. Desde el punto de vista nosológico, la pesadilla se clasifica dentro de las parasomnias: un grupo de trastornos del sueño que no afectan a su cantidad ni a su ritmo, sino que introducen fenómenos indeseados durante el proceso de dormir, despertar o transitar entre fases. Las pesadillas aparecen sobre todo durante el sueño REM, la fase en la que el cerebro muestra mayor actividad eléctrica y en la que se concentra la mayor parte de la actividad onírica. Suceden con más frecuencia en la segunda mitad de la noche, cuando los periodos REM se alargan, aunque de forma ocasional pueden presentarse también en la fase II del sueño no REM. Durante el sueño REM el cuerpo permanece prácticamente inmóvil por una atonía muscular protectora. Cuando el contenido del ensueño se vuelve lo bastante amenazante, el resultado no es el movimiento sino el despertar abrupto, con la persona ya orientada y capaz de relatar lo soñado casi de inmediato. Tener pesadillas de vez en cuando no constituye, por sí mismo, ningún trastorno. Las clasificaciones psiquiátricas actuales reservan la categoría de trastorno de pesadillas para los casos en los que estas se repiten con la frecuencia suficiente como para generar malestar clínicamente significativo o interferir con el funcionamiento diurno, y exigen además que el patrón se mantenga en el tiempo, no que aparezca de forma puntual tras un episodio estresante concreto. Este trastorno se sitúa dentro de las parasomnias asociadas al sueño REM, en un grupo distinto del que agrupa a los llamados trastornos del despertar del sueño no REM. La distinción no es solo académica: cambia por completo lo que el médico observa al preguntar por el episodio. La pesadilla y el terror nocturno se confunden con frecuencia porque ambos alteran el sueño de forma brusca, pero ocurren en fases distintas del ciclo. El terror nocturno surge en las etapas profundas del sueño no REM, típicamente en el primer tercio de la noche; la pesadilla, en cambio, pertenece al territorio REM y predomina hacia el final del descanso. La memoria del episodio marca otra diferencia clara. Quien sufre una pesadilla despierta orientado y recuerda el sueño con detalle. Quien atraviesa un terror nocturno permanece, en muchos casos, dormido durante el propio episodio y no guarda ningún recuerdo de él al día siguiente, por intensos que hayan sido los gritos o la agitación observados por quienes le rodean. En la infancia las pesadillas son bastante más frecuentes que en la vida adulta. Hasta la mitad de los niños pequeños experimenta pesadillas lo bastante intensas como para despertar a sus padres, con un máximo de frecuencia hacia los diez años y un descenso progresivo a partir de esa edad, aunque una parte de esos niños sigue teniéndolas de adolescente o de adulto. Entre la población adulta, entre la mitad y la mayoría de las personas refiere haber tenido alguna pesadilla ocasional a lo largo del último año. El trastorno de pesadillas propiamente dicho, sin embargo, es mucho menos común: se estima que afecta a entre un 2 % y un 8 % de la población. Del adjetivo pesado más el sufijo diminutivo -illa. La raíz enlaza con pesar y peso, y remite a la vieja idea de sentir un peso u opresión sobre el pecho durante el episodio, una noción que la propia Real Academia recoge todavía como segunda acepción de la palabra. En dos rasgos que suelen bastar para orientar el cuadro. El primero es el recuerdo: tras una pesadilla la persona describe el sueño con cierto detalle, mientras que tras un terror nocturno apenas queda memoria alguna del episodio. El segundo es la reacción del entorno: en el terror nocturno son frecuentes los gritos, la sudoración intensa y una agitación que puede resultar alarmante para quien lo presencia, mientras que en la pesadilla el despertar suele ser silencioso y va seguido de una conversación coherente casi inmediata. Un tercer dato orientativo, aunque menos útil en la práctica, es el momento de la noche: las pesadillas predominan hacia el final del descanso y los terrores nocturnos hacia el principio. No necesariamente. La fiebre, el cansancio acumulado, el consumo de alcohol o un simple cambio de horario pueden aumentar su frecuencia sin que exista ningún trastorno subyacente. En la infancia, con un pico alrededor de los diez años. A partir de ahí tienden a espaciarse, aunque nunca desaparecen del todo: la inmensa mayoría de los adultos recuerda haber tenido, al menos, alguna pesadilla ocasional.¿Qué es la pesadilla?
Fase del sueño en la que se produce
De la pesadilla ocasional al trastorno de pesadillas
Diferenciación con el terror nocturno
Epidemiología
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene exactamente la palabra pesadilla?
¿En qué se nota, sin necesidad de estudio del sueño, que algo es una pesadilla y no un terror nocturno?
¿Las pesadillas frecuentes indican siempre un problema psicológico de fondo?
¿A qué edad son más frecuentes las pesadillas?
Referencias
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