DICCIONARIO MÉDICO
Incapacidad
La incapacidad es la reducción o la pérdida de la aptitud de una persona para realizar una actividad o para valerse por sí misma, a raíz de una alteración de la salud. Puede ser física, psíquica o sensorial, y presentarse de forma temporal o permanente. Conviene distinguirla de la discapacidad, con la que se confunde a menudo. La incapacidad designa la falta o la merma de la capacidad para llevar a cabo una tarea determinada. La palabra se forma con el prefijo privativo latino in- sobre capacitas, «capacidad», derivada de capax, «capaz», y en última instancia del verbo capere, «coger, contener, abarcar». En su raíz expresa aquello que no cabe o que no puede acoger algo. Trasladado a la medicina, el término se aplica a la persona que, por una alteración de su estado de salud, no puede realizar una actividad en la forma o dentro de los márgenes que se consideran habituales. Esa merma llega a afectar al movimiento, a los sentidos o a las funciones mentales, y su alcance varía mucho: desde una limitación pasajera hasta una situación estable y duradera. La palabra, por sí sola, no dice cuál es la causa ni cuánto durará. El uso cotidiano trata ambas voces como equivalentes, pero la medicina y el derecho las separan. Discapacidad es hoy el término preferido, y responde a un modo de entender el asunto que la Organización Mundial de la Salud fijó en su Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud. Ahí la discapacidad no se concibe como un atributo de la persona, sino como el resultado de la interacción entre una condición de salud y el entorno, con sus barreras físicas, sociales y de actitud. Su mirada es amplia y alcanza cualquier terreno de la vida. En español, la incapacidad tiene un sentido más acotado y de raíz jurídica, ligado sobre todo a la aptitud para trabajar. Circula también el término incompetencia, calco del inglés que a veces se emplea en su lugar. Y conviene no mezclar ejes distintos: una cosa es la capacidad funcional y otra la dependencia, es decir, la necesidad de ayuda de otra persona para las actividades básicas del día a día. Cuando en España se habla de incapacidad sin más apellido, suele aludirse a la incapacidad laboral, que valora en qué medida una enfermedad o una lesión impiden desempeñar un trabajo. Se separa la incapacidad temporal, prevista para procesos de los que se espera recuperación, de la permanente, que reconoce una limitación estable. Esta última admite distintos grados según lo que la persona conserve, desde la que solo merma parte del rendimiento hasta la que impide toda actividad laboral. Su valoración corresponde a órganos administrativos y médicos específicos. Sobrevive junto a estos términos el de invalidez, más antiguo y en parte solapado con la incapacidad permanente. La expresión «gran invalidez» se conserva para los casos en que la persona necesita la asistencia de otro para los actos más elementales. La forma de nombrar todo esto ha cambiado con el tiempo, y el cambio no es solo de vocabulario. En 1980, la OMS ordenó el campo en tres escalones sucesivos, la deficiencia, la discapacidad y la minusvalía, entendidos como consecuencias de la enfermedad. Aquel esquema situaba el problema dentro de la persona. Dos décadas después, en 2001, una nueva clasificación dio un giro. El foco se trasladó de la enfermedad al funcionamiento, y del individuo aislado a su relación con el entorno, en lo que se conoce como modelo biopsicosocial. El término minusvalía quedó en desuso por su carga peyorativa. Un detalle revela el espíritu del cambio: la clasificación vigente no ordena personas, sino situaciones de salud. Nadie «es» una categoría. Son conceptos distintos, aunque el habla corriente los mezcle. La discapacidad es una noción amplia, centrada en la relación de la persona con su entorno, y no se ciñe al trabajo. La incapacidad, en el uso español, mira sobre todo a la aptitud laboral y arrastra un peso jurídico marcado. Alguien con discapacidad puede trabajar sin restricciones, y la incapacidad laboral no retrata a la persona en su conjunto, sino su relación con un puesto de trabajo. No. La OMS lo utilizó en su clasificación de 1980, pero la revisión de 2001 lo retiró por su tono peyorativo. Hoy se habla de discapacidad. Es la que mide hasta qué punto una enfermedad o una lesión impiden trabajar. Puede ser temporal, cuando se prevé recuperación, o permanente, cuando la limitación se considera estable. Su reconocimiento sigue vías administrativas y no depende únicamente del criterio médico. Del latín, mediante el prefijo privativo in- añadido a capacitas, «capacidad». La raíz última es el verbo capere, «coger, contener», el mismo que hay detrás de captar, capaz o recipiente. La imagen de partida es la de un continente: quien es capaz «cabe» y acoge; quien es incapaz, no. De esa metáfora física pasó el término al terreno de las aptitudes y, más tarde, al jurídico.Qué es la incapacidad
Incapacidad y discapacidad: dos conceptos que se confunden
La dimensión médico-laboral
De la minusvalía al funcionamiento
Preguntas frecuentes
¿Es lo mismo incapacidad que discapacidad?
¿Se sigue usando el término minusvalía?
¿Qué significa incapacidad laboral?
¿De dónde procede la palabra?
Referencias
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