DICCIONARIO MÉDICO
Fuego de San Antonio
Fuego de San Antonio es un nombre popular que a lo largo de los siglos ha designado dos enfermedades distintas: el ergotismo, intoxicación causada por el cornezuelo del centeno, y el herpes zóster, infección vírica del sistema nervioso periférico. La denominación original y más documentada corresponde al ergotismo. La expresión nace en la Europa medieval ligada a las epidemias de ergotismo gangrenoso que asolaron sobre todo Francia y Alemania entre los siglos IX y XIV. Los enfermos describían una quemazón intensa en las extremidades, como si un fuego invisible les devorara la carne, y la gangrena resultante podía acabar con la pérdida de dedos, manos o pies enteros. Antes de recibir el nombre del santo anacoreta, la enfermedad se conocía en latín como ignis sacer (fuego sagrado), ignis judicialis o pestis ignaria. ¿Por qué San Antonio? Hacia 1070, las reliquias de Antonio Abad, el célebre eremita egipcio del siglo IV, fueron trasladadas a una abadía en la localidad francesa de Vienne, cerca de Lyon. Cuenta la tradición que un noble llamado Gastón peregrinó allí para rogar por la curación de su hijo, enfermo de «fuego sacro», y que la mejoría del joven impulsó al padre a fundar un hospital junto a la iglesia. De aquel gesto surgió en 1095 la Orden Hospitalaria de los Antonianos, dedicada al cuidado de los afectados. Con la expansión de la orden por toda Europa (llegó a contar con unos 400 hospitales), la enfermedad pasó a llamarse «fuego de San Antonio» o «fuego de San Antón». Hoy se sabe que el agente responsable era Claviceps purpurea, un hongo parásito que infecta las espigas del centeno y forma unas estructuras oscuras y alargadas llamadas esclerocios (el «cornezuelo»). Estos esclerocios contienen alcaloides derivados del ácido lisérgico, entre ellos la ergotamina, con una potente acción vasoconstrictora. Cuando la harina contaminada se empleaba para elaborar pan, los consumidores sufrían dos formas clínicas de ergotismo: la gangrenosa, con isquemia de las extremidades y necrosis tisular, y la convulsiva, con espasmos musculares y alteraciones neurológicas que incluían alucinaciones. El pan de centeno era el alimento básico de las clases populares, mientras que el trigo, menos vulnerable al cornezuelo, se reservaba para quienes podían pagarlo. Esa diferencia social convirtió al ergotismo en una enfermedad de pobres, y las epidemias golpeaban con especial virulencia en los años de lluvias abundantes, condiciones que favorecen la proliferación del hongo. A partir de los siglos XVII y XVIII, con la progresiva mejora de las prácticas agrícolas y la decadencia del ergotismo en Europa, el nombre «fuego de San Antonio» fue migrando hacia otra dolencia que también cursaba con sensación de quemazón cutánea: el herpes zóster. Esta infección, causada por la reactivación del virus varicela-zóster latente en los ganglios nerviosos, produce un dolor urente y una erupción vesiculosa que sigue el trayecto de un dermatoma. La coincidencia del síntoma, el ardor, facilitó la confusión. En muchas regiones de España, Italia y Francia se emplea todavía la expresión para referirse al herpes zóster, lo que ha llevado a algunos autores a afirmar que «fuego de San Antonio» designa exclusivamente la culebrilla. No es correcto. La atribución originaria y más sólidamente documentada apunta al ergotismo, como recoge el Tratado completo de patología interna de Monneret y Fleury (1848), que ya anotaba la sinonimia: «herpes zóster (fuego de San Antonio, fuego sacro, ignis sacer, erisipela pustulosa, zona)». Para mayor confusión, algunos textos médicos clásicos también llamaron ignis sacer a la erisipela, una infección bacteriana de la piel que cursa con enrojecimiento, calor local y bordes bien definidos. Plinio el Viejo mencionó el ignis sacer en su Historia Natural en lo que probablemente era una referencia a la erisipela y no al ergotismo, que no se documentó con claridad en la Antigüedad clásica. Tres enfermedades, pues, han compartido en algún momento la misma etiqueta popular, unidas únicamente por un síntoma común: la impresión subjetiva de fuego en la piel. Como epidemia, no. Los controles actuales sobre la calidad del grano lo han eliminado prácticamente de los países desarrollados. Se publican, eso sí, casos aislados asociados al uso crónico de fármacos que contienen derivados del cornezuelo (como la ergotamina en el tratamiento de la migraña), y algún brote esporádico en regiones donde el centeno contaminado aún se consume sin control. La devoción a San Antonio Abad cobró fuerza en la Francia del siglo XI, donde se veneraban sus reliquias. La curación atribuida al hijo del noble Gastón en Vienne generó una corriente de peregrinación hacia ese santuario, y la orden religiosa nacida al calor de aquel episodio adoptó la lucha contra el «fuego» como misión específica. El patronazgo surgió por asociación histórica, no por ningún vínculo teológico particular con las enfermedades de la piel. Sí, con toda probabilidad. El tríptico Las tentaciones de San Antonio (hacia 1501, Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa) muestra figuras con miembros mutilados y expresiones de tormento que muchos historiadores del arte interpretan como representaciones de enfermos de ergotismo gangrenoso. El propio marco religioso del cuadro, la iconografía del santo patrón de los Antonianos, refuerza esa lectura.Origen del nombre
El ergotismo como causa histórica
Transferencia del nombre al herpes zóster
Un nombre compartido con la erisipela
Preguntas frecuentes
¿Sigue existiendo el ergotismo?
¿Por qué San Antonio Abad y no otro santo?
¿El Bosco pintó escenas de ergotismo?
Referencias
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