DICCIONARIO MÉDICO
Encephalitozoon intestinalis
Encephalitozoon intestinalis es un microsporidio, es decir, un hongo parásito que vive dentro de las células, y la segunda causa más frecuente de microsporidiosis en el ser humano, por detrás de Enterocytozoon bieneusi. Se instala en el revestimiento del intestino, pero, al contrario que otros microsporidios digestivos, no se queda ahí: puede alcanzar el riñón, las vías biliares, los ojos o el aparato respiratorio. Antes se conoció con otro nombre, Septata intestinalis. Afecta sobre todo a personas con las defensas debilitadas y se contagia por agua o alimentos contaminados con sus esporas. Encephalitozoon intestinalis Microsporidio intestinal (antes Septata intestinalis) Tipo: hongo (microsporidio) Forma: microsporidio unicelular, intracelular obligado, formador de esporas Transmisión: hídrica y fecal-oral (ingestión de esporas) Reservorio: humano (principalmente); ocasional en animales Patogenicidad: oportunista Enfermedades: microsporidiosis Se trata de una de las tres especies del género Encephalitozoon, un grupo de microsporidios que son en realidad hongos muy transformados por su vida como parásitos intracelulares. Su epíteto, intestinalis, procede del latín y señala el lugar donde se establece de preferencia: el intestino. De todos los microsporidios que enferman al ser humano, ocupa el segundo puesto por frecuencia, solo por detrás de Enterocytozoon bieneusi. La especie tuvo un primer nombre distinto. En 1993, Cali, Kotler y Orenstein la describieron en pacientes con enfermedad intestinal y la situaron en un género nuevo, Septata, por unos tabiques que parecían rodear al parásito dentro de la célula. Cinco años después, sus semejanzas morfológicas, antigénicas y moleculares con el resto del grupo llevaron a reubicarla en Encephalitozoon. El nombre antiguo, Septata intestinalis, sigue apareciendo como sinónimo en la literatura. Su genoma reserva una curiosidad. Es uno de los más compactos que se han secuenciado en un organismo con núcleo, con apenas algo más de dos millones de pares de bases, y quedó descifrado por completo en 2010. Ese ahorro extremo refleja hasta qué punto depende de la célula que ocupa para sobrevivir. Dos rasgos apartan a E. intestinalis de sus parientes. El primero es su reservorio: mientras que E. cuniculi vive sobre todo en conejos y E. hellem en aves, esta especie reside principalmente en el ser humano y solo de forma esporádica se encuentra en otros animales. El segundo es su punto de partida. Es el único Encephalitozoon que coloniza de entrada el epitelio del intestino, en lugar de llegar allí desde otro foco. Una vez instalado, no siempre se conforma con el tubo digestivo. Desde la mucosa intestinal puede diseminarse y aparecer en el riñón, en el árbol biliar, en los senos y las vías respiratorias o en la superficie del ojo. Como el resto de su género, crece en cultivos celulares de laboratorio, un detalle práctico que ha permitido estudiarlo mejor que a otros microsporidios más esquivos. El contagio ocurre al tragar las esporas, la forma resistente del microsporidio, presentes en agua o alimentos contaminados. En 1998, un trabajo pionero confirmó la presencia de E. intestinalis en aguas destinadas al consumo, lo que apuntaló la vía hídrica como ruta de entrada. La espora aguanta semanas o meses en el medio, un margen amplio para acabar en la boca de un nuevo huésped por la ruta fecal-oral. Como reservorio principal figura el ser humano, mucho más que los animales. Lo que pesa aquí no es tanto el contagio de persona a persona como el ambiente: el agua y los alimentos que han estado en contacto con material fecal. Por eso la infección va ligada a la calidad del saneamiento y del abastecimiento de agua. La infección por este microsporidio forma parte de la microsporidiosis, y explica alrededor de una de cada diez microsporidiosis intestinales humanas (la gran mayoría corresponde a Enterocytozoon bieneusi). Golpea sobre todo a quienes atraviesan una inmunodepresión marcada, como sucede en la infección avanzada por el VIH o tras un trasplante. Su capacidad para salir del intestino y sembrar otros órganos es lo que la hace especialmente relevante dentro del grupo. Porque así la nombraron quienes la describieron. En 1993, Cali, Kotler y Orenstein crearon para ella el género Septata, en alusión a unos tabiques visibles alrededor del parásito. En 1998, al comprobar su parentesco con el resto del grupo, pasó a llamarse Encephalitozoon intestinalis, aunque el nombre anterior perdura como sinónimo. Los dos son microsporidios intestinales del ser humano, pero Enterocytozoon bieneusi causa la enorme mayoría de los casos digestivos y tiende a limitarse al intestino y a la vía biliar. E. intestinalis es menos frecuente, se propaga con más facilidad a otros órganos y, al contrario que su rival, puede mantenerse en cultivo celular. Sí, aunque de forma leve. En quienes conservan un sistema inmunitario competente la infección suele ser transitoria o pasar inadvertida; el riesgo serio se concentra en la inmunodepresión avanzada. Al ingerir sus esporas con agua o alimentos contaminados por material fecal. Las esporas resisten en el ambiente durante semanas, de modo que el agua de consumo mal tratada es una de sus rutas conocidas. Para ampliar el contexto de esta especie, puede consultar:Qué es Encephalitozoon intestinalis
Qué lo distingue dentro de su género
Dónde vive y cómo se transmite
Qué enfermedad produce
Preguntas frecuentes
¿Por qué antes se llamaba Septata intestinalis?
¿En qué se diferencia de Enterocytozoon bieneusi?
¿Puede afectar a personas sanas?
¿Cómo se contrae?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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