DICCIONARIO MÉDICO
Supervivencia del injerto
La supervivencia del injerto es el tiempo durante el que un órgano o tejido trasplantado sigue funcionando en el receptor, sin perderse por rechazo, trombosis u otra causa. Es una medida distinta de la supervivencia del paciente, y ambas suelen divergir: es posible que el receptor de un trasplante siga con vida mientras su injerto ha dejado de funcionar, o viceversa. Injerto procede del latín insertus, "introducido", participio del verbo inserĕre, "meter dentro". La expresión "supervivencia del injerto" traslada al órgano trasplantado el mismo lenguaje estadístico que se aplica a las personas: un injerto sobrevive mientras sigue funcionando, y su pérdida se cuenta como un suceso, exactamente igual que se cuenta una muerte en cualquier otro análisis de supervivencia. La medida se calcula, casi siempre, con curvas de Kaplan-Meier, y se expresa habitualmente a uno, cinco y diez años. En trasplante renal, que concentra la mayor parte de la literatura sobre el tema, la supervivencia del injerto a un año ronda hoy el 85-90% en receptores de donante fallecido, y algo más en donante vivo, aunque las cifras exactas varían mucho según el centro, el año de trasplante y el tipo de donante. Aquí surge una complicación metodológica que conviene entender bien. Cuando un paciente fallece con el injerto todavía funcionando, algunos estudios lo cuentan como una pérdida del injerto (supervivencia del injerto "global" o "no censurada"), mientras que otros retiran a ese paciente del análisis en el momento de la muerte, sin contarlo como fracaso del órgano (supervivencia del injerto "censurada por muerte"). El segundo método aísla mejor el rendimiento propio del injerto, libre de causas de muerte que nada tienen que ver con él; el primero refleja con más fidelidad lo que le ocurre, en conjunto, a la pareja paciente-injerto. La diferencia entre ambos métodos no es teórica. En una cohorte mexicana de trasplante renal publicada en 2022, la supervivencia del paciente a doce meses fue del 97,9% en receptores de donante vivo y del 91,2% en donante fallecido, frente a una funcionalidad del injerto del 93,2% y el 84,2%, respectivamente: dos medidas próximas, pero nunca idénticas. El tipo de donante pesa más que casi cualquier otra variable: los injertos de donante vivo llevan, de forma sistemática, mejor pronóstico que los de donante fallecido, en parte por el menor tiempo de isquemia y en parte por una selección más cuidadosa del órgano. El rechazo agudo, cuando ocurre en los primeros meses, reduce de forma marcada la supervivencia del injerto a cinco años, incluso en pacientes cuya función renal se recupera después del episodio. El grado de compatibilidad inmunológica entre donante y receptor actúa en la misma dirección: a mayor compatibilidad, menor incidencia de rechazo agudo y mejor supervivencia del injerto a largo plazo. Conviene no confundir dos preguntas distintas. La supervivencia del injerto responde a una pregunta binaria y temporal: ¿sigue funcionando, y durante cuánto tiempo? La función del injerto, en cambio, describe algo más matizado: el grado en que ese órgano trabaja de forma eficaz, con parámetros como la creatinina o el filtrado glomerular en el caso del riñón. Un injerto puede sobrevivir, en sentido estricto, con una función notablemente deteriorada. No. Miden cosas distintas y, en la práctica, ofrecen cifras distintas: un paciente puede sobrevivir tras perder el injerto y volver a diálisis o a un nuevo trasplante, del mismo modo que un injerto puede seguir funcionando después de la muerte del receptor si el órgano se reasigna, un desenlace raro pero documentado. Significa que, en el cálculo, se ha retirado del análisis a los pacientes que murieron con el injerto todavía funcionando, en el momento exacto de su fallecimiento, en lugar de contar esa muerte como un fracaso del órgano. Sí, de forma consistente en la literatura sobre trasplante renal: los injertos procedentes de donante vivo muestran mejores cifras de supervivencia, tanto al año como a los cinco y diez años, que los procedentes de donante fallecido. En cualquiera que implique un órgano o tejido con una función medible: riñón, hígado, corazón, pulmón o páncreas, entre otros. La mayor parte de los datos publicados corresponde al trasplante renal, por ser el más frecuente y el que cuenta con registros de seguimiento más largos.Qué es la supervivencia del injerto
Por qué no coincide con la supervivencia del paciente
Qué factores la condicionan
Cómo se distingue de la función del injerto
Preguntas frecuentes
¿Es lo mismo supervivencia del injerto que supervivencia del paciente?
¿Qué significa que una supervivencia del injerto esté "censurada por muerte"?
¿Influye el tipo de donante en la supervivencia del injerto?
¿En qué trasplantes se aplica este concepto?
Referencias
Entradas relacionadas
Infografías realizadas con https://BioRender.com
© Clínica Universidad de Navarra 2026