DICCIONARIO MÉDICO
Serología
La serología es la rama de la inmunología que estudia los anticuerpos presentes en el suero sanguíneo para determinar si una persona ha estado en contacto con un agente infeccioso o ha desarrollado inmunidad frente a él. Mediante técnicas como el ELISA, la inmunofluorescencia o la aglutinación, las pruebas serológicas miden sobre todo dos clases de inmunoglobulinas, la IgG y la IgM, cuya combinación permite distinguir una infección reciente de una pasada. En sentido estricto, la serología es el estudio del suero sanguíneo y de las reacciones que en él se producen entre antígenos y anticuerpos. En la práctica clínica el término designa además el conjunto de pruebas de laboratorio que aprovechan esas reacciones para responder a una pregunta muy concreta: ¿ha entrado este organismo en contacto con un patógeno determinado y ha generado una respuesta inmunitaria frente a él? La palabra procede del latín serum, "suero" (la fracción líquida de la sangre que queda tras la coagulación), y del griego -λογία (logía), "estudio". El concepto de reacción antígeno-anticuerpo ya se intuía en los trabajos de Emil von Behring y Kitasato Shibasaburo sobre la antitoxina diftérica, publicados en 1890. La disciplina, sin embargo, tomó forma propia a principios del siglo XX, con la prueba que Wassermann, Neisser y Bruck idearon en 1906 para la sífilis y con la reacción de aglutinación que Widal describió en 1896 para la fiebre tifoidea. Behring recibió por aquel trabajo el primer Premio Nobel de Fisiología o Medicina, en 1901, tras demostrar que el suero contenía factores protectores transferibles: ese hallazgo abrió la puerta tanto a la seroterapia como al diagnóstico serológico tal como se conoce hoy. Su utilidad abarca varios escenarios que conviene distinguir porque condicionan la forma de interpretar el resultado. El más frecuente es el diagnóstico de infecciones: el sistema inmunitario produce anticuerpos específicos frente a cada patógeno, y su detección indica que ha habido contacto inmunológico con ese agente, aunque no siempre equivalga a una enfermedad activa en ese momento. La serología también sirve para comprobar la inmunidad tras una vacunación (la determinación de anti-HBs frente a la hepatitis B es el ejemplo más habitual), y para el cribado poblacional de donantes de sangre, embarazadas o pacientes preoperatorios, donde permite detectar infecciones latentes antes de que supongan un riesgo. Más allá de si el resultado es positivo o negativo, un informe serológico suele incluir el título de anticuerpos: la concentración relativa que hay en el suero, expresada habitualmente como una dilución (1/64, 1/256…). Cuanto mayor sea la dilución a la que la prueba sigue dando positivo, mayor es la cantidad de anticuerpos presentes. Un título alto no siempre indica infección activa, puede reflejar simplemente una respuesta inmunitaria vigorosa, y su lectura varía según el patógeno y la técnica empleada. Dos conceptos acompañan casi siempre al título en la interpretación de un resultado: la seroconversión, el paso de no tener anticuerpos detectables a tenerlos, y el período ventana, el intervalo previo en el que la prueba puede dar un falso negativo aunque la infección ya exista. Los laboratorios de microbiología clínica recurren sobre todo al ensayo inmunoenzimático (ELISA), que revela la unión antígeno-anticuerpo mediante una reacción coloreada; a la quimioluminiscencia, que usa el mismo principio pero con una señal luminosa más sensible; y a la inmunofluorescencia, que marca los anticuerpos con un fluorocromo visible al microscopio. Las pruebas de aglutinación y de precipitación son técnicas más antiguas que siguen vigentes en contextos concretos, y el Western blot se reserva como prueba confirmatoria en infecciones como el VIH. Todas comparten el mismo fundamento, la reacción antígeno-anticuerpo; lo que cambia de una a otra es el modo de hacer visible esa unión y la sensibilidad con que se detecta. La serología es una herramienta potente, pero tiene límites que conviene conocer para no sobreinterpretar un resultado. El período ventana puede producir falsos negativos si la prueba se hace demasiado pronto. También existen falsos positivos: la reactividad cruzada, cuando anticuerpos dirigidos contra un patógeno reaccionan con antígenos de otro, es una causa conocida, sobre todo con la IgM, igual que el factor reumatoide en algunas enfermedades autoinmunes. Por eso un resultado seropositivo puede significar tanto una infección en curso como una superada hace años. Un informe serológico no se lee nunca aislado: hace falta el contexto clínico y, cuando conviene, la confirmación con una prueba directa como la PCR. Del latín serum, "suero", y del griego -λογία, "estudio". El nombre se fijó cuando la disciplina empezaba a tomar forma propia, a caballo entre los siglos XIX y XX. August von Wassermann, junto a Albert Neisser y Carl Bruck, en 1906, para el diagnóstico de la sífilis. Se apoyaba en la fijación del complemento, un principio que Jules Bordet había descrito unos años antes. No. Un análisis de sangre agrupa determinaciones muy distintas: hemograma, bioquímica, coagulación, hormonas. La serología es un tipo concreto de análisis que busca anticuerpos, y a veces antígenos, en el suero. Cuando el médico "pide una serología" se refiere específicamente a esa búsqueda. No necesariamente. Una IgG positiva con IgM negativa suele indicar que la infección ya pasó y que el organismo conserva defensas. Solo cuando la IgM es positiva, sola o junto con la IgG, cabe pensar en un contacto reciente o en curso. La lectura final depende siempre del patógeno, del contexto clínico y del criterio del médico que solicitó la prueba.Qué es la serología
Para qué sirve una prueba serológica
El título de anticuerpos
Técnicas serológicas habituales
Limitaciones y matices
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra "serología"?
¿Quién hizo la primera prueba serológica con aplicación práctica?
¿Es lo mismo una serología que un análisis de sangre?
¿Una serología positiva significa que estoy enfermo?
Referencias
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