DICCIONARIO MÉDICO
Hipoprotrombinemia
La hipoprotrombinemia es la disminución de la protrombina (factor II de la coagulación) en la sangre, lo que dificulta la formación del coágulo y favorece el sangrado. Existe una forma hereditaria, entre las más raras de la hematología, y una forma adquirida, mucho más habitual, ligada a la enfermedad del hígado, al déficit de vitamina K o al empleo de anticoagulantes que antagonizan esa vitamina. El término designa un descenso de la actividad de la protrombina plasmática por debajo de sus valores de referencia. Esa proteína, conocida también como factor de coagulación II, es el precursor hepático que, al activarse, genera trombina, la enzima que convierte el fibrinógeno en fibrina y consolida el coágulo. Si su concentración o su función caen, la coagulación sanguínea se resiente y aparece tendencia al sangrado. La palabra reúne tres piezas de origen griego. El prefijo hypo- transmite la idea de cantidad insuficiente; protrombina nombra la molécula afectada; y el final -emia procede de haîma (αἷμα, «sangre»), el mismo componente que reconocemos en anemia o leucemia. Leída por partes, viene a decir «poca protrombina en la sangre». El vocablo se asentó en la hematología durante los años treinta del siglo pasado, cuando Armand Quick describió el tiempo de protrombina y Henrik Dam identificó la vitamina K como el factor sin el cual el hígado no fabrica factor II utilizable. La síntesis de protrombina ocurre en el hígado y depende de la vitamina K. Esa vitamina hace posible una modificación química de la molécula, la gamma-carboxilación, sin la cual la protrombina no puede unir calcio ni acoplarse a las superficies donde se pone en marcha la cascada. Ese detalle bioquímico, aparentemente menor, explica la mayoría de los casos que se ven en la práctica. Cuando el hígado enferma, la producción de protrombina disminuye junto con la del resto de factores que fabrica. La carencia de vitamina K, por dieta pobre, malabsorción de grasas o alteración de la flora intestinal, produce el mismo resultado por otra vía. Y los anticoagulantes del grupo de los antagonistas de la vitamina K rebajan la protrombina de forma deliberada, que es justo el efecto buscado con ellos. Estas tres situaciones agrupan las hipoprotrombinemias adquiridas, con diferencia las más frecuentes. La forma congénita se transmite de padres a hijos con herencia autosómica recesiva: hacen falta dos copias alteradas del gen F2, situado en el cromosoma 11, para que se manifieste. Es de una rareza notable, con una prevalencia estimada del orden de un caso por cada dos millones de personas, lo que la sitúa entre los defectos hereditarios de la coagulación menos comunes que existen. Dentro de esa forma congénita se distinguen dos variantes. En el tipo I la proteína escasea: hay poca cantidad y poca actividad a la vez. En el tipo II, que recibe el nombre de disprotrombinemia, la cantidad de proteína es casi normal pero la molécula trabaja mal, como una llave con la forma correcta que no llega a girar en la cerradura. Conviene tener presente el matiz terminológico. En sentido estricto, algunos autores reservan «hipoprotrombinemia» para el defecto cuantitativo y usan «disprotrombinemia» para el cualitativo, mientras que ambos se engloban bajo la etiqueta común de deficiencia de factor II. Entre las formas adquiridas hay una entidad singular: el síndrome de hipoprotrombinemia con anticoagulante lúpico. Aquí no falta la síntesis, sino que aparecen autoanticuerpos que aceleran la eliminación de la protrombina circulante. Puede ser la primera pista de un lupus todavía sin diagnosticar y, en niños, se ha descrito tras infecciones víricas, con el adenovirus como agente citado con frecuencia. La hemofilia afecta a otros factores (el VIII o el IX), sigue una herencia ligada al cromosoma X y suele expresarse con sangrados articulares, un cuadro distinto del que produce el déficit de factor II. Las deficiencias de los factores V, VII y X comparten con la hipoprotrombinemia su rareza y algunos hallazgos de laboratorio, de modo que la distinción entre ellas se apoya en la medición del factor concreto. Hay una confusión que merece aclararse. Existe una alteración del gen de la protrombina, la mutación G20210A, cuyo efecto es el opuesto: eleva los niveles de protrombina y predispone a la trombosis, no al sangrado. Mismo gen, sentido inverso. Se descompone en hypo- («poco»), protrombina (la proteína) y -emia («en la sangre»). El conjunto describe, sin más, una cantidad reducida de protrombina circulante. Es un término descriptivo, no el nombre de una única enfermedad. No del todo. La disprotrombinemia designa una protrombina presente en cantidad casi normal pero defectuosa en su función, mientras que la hipoprotrombinemia en sentido restringido alude a que hay poca proteína. Ambas se recogen bajo el nombre general de deficiencia de factor II, y por eso a menudo se emplean como si fueran intercambiables. Puede serlo, pero representa la minoría de los casos. La variante congénita, con herencia autosómica recesiva y una frecuencia cercana a un caso por cada dos millones de personas, resulta muy poco común. La mayoría de las hipoprotrombinemias que se observan son adquiridas y se relacionan con el hígado, con la vitamina K o con determinados fármacos. No. Esa mutación produce el efecto contrario, ya que aumenta la protrombina y favorece la formación de trombos en lugar del sangrado.Qué es la hipoprotrombinemia
Por qué desciende el factor II
Tipos de hipoprotrombinemia
Diferencias con otros trastornos de la coagulación
Preguntas frecuentes
¿Qué significa exactamente la palabra hipoprotrombinemia?
¿Es lo mismo que la disprotrombinemia?
¿La hipoprotrombinemia es hereditaria?
¿Tiene relación con la mutación G20210A de la protrombina?
Referencias
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