DICCIONARIO MÉDICO
Cistitis
La cistitis es la inflamación de la mucosa que reviste la vejiga urinaria. En la mayoría de los casos su origen es una infección bacteriana, lo que la convierte en la forma más frecuente de infección del tracto urinario inferior. Afecta de manera predominante a mujeres: se calcula que alrededor del 50 % de la población femenina sufrirá al menos un episodio a lo largo de su vida. El término procede del griego κύστις (kýstis, "vejiga") y el sufijo -ιτις (-itis, "inflamación"). Aunque etimológicamente solo indica una inflamación del órgano, en la práctica clínica habitual se emplea como sinónimo de infección urinaria baja, porque la inmensa mayoría de los casos obedecen a la colonización bacteriana de la mucosa vesical. Conviene no perder de vista, sin embargo, que existen formas de cistitis no infecciosas: la cistitis intersticial, la cistitis rádica o la cistitis medicamentosa comparten el nombre pero responden a mecanismos patogénicos muy distintos. Ya en los escritos hipocráticos se mencionaban la orina turbia y las molestias al orinar como señales de enfermedad vesical. El vínculo causal con las bacterias, no obstante, tuvo que esperar al trabajo de Theodor Escherich, quien en 1885 aisló el bacilo que hoy lleva su nombre (Escherichia coli) y que sigue siendo responsable del 75-85 % de las cistitis adquiridas en la comunidad. La uretra femenina mide unos 4 cm, frente a los aproximadamente 20 cm de la masculina. Esa diferencia anatómica, sumada a la proximidad del meato uretral con la región perianal, facilita el ascenso de enterobacterias hacia la vejiga. No es que la mucosa vesical carezca de defensas: el urotelio secreta una capa de glucosaminoglicanos que dificulta la adhesión bacteriana, y el propio flujo miccional arrastra periódicamente los microorganismos que hayan logrado alcanzar la luz vesical. Pero cuando las bacterias superan esas barreras, la inflamación resultante produce el cuadro clásico que los pacientes describen como "infección de orina". Hay circunstancias que alteran ese equilibrio. La gestación reduce el tono del músculo liso ureteral por efecto de la progesterona y comprime la vejiga por el crecimiento uterino (lo que da lugar a la cistitis gravídica), la menopausia disminuye los estrógenos locales que mantienen la flora vaginal protectora, y el sondaje vesical ofrece una vía directa de acceso. El resultado es el mismo: rotura del equilibrio entre agresión microbiana y defensa del huésped. Cistitis bacteriana aguda. Es la forma más común. E. coli la protagoniza en la gran mayoría de los episodios extrahospitalarios; le siguen Klebsiella, Proteus y Enterococcus, sobre todo en infecciones asociadas al medio hospitalario o a manipulaciones urológicas. Cistitis recurrente. Se define por la aparición de dos o más episodios en seis meses, o tres o más en un año. Afecta con frecuencia a mujeres jóvenes sexualmente activas y a mujeres posmenopáusicas, pero los factores predisponentes no siempre son los mismos en ambos grupos. Cistitis no infecciosas. Bajo esta categoría se agrupan entidades cuyo mecanismo no depende de un agente microbiano. La cistitis intersticial (también llamada síndrome de vejiga dolorosa) cursa con inflamación crónica de causa no aclarada. La cistitis rádica aparece como complicación de la radioterapia pélvica. La cistitis medicamentosa se produce por toxicidad directa de determinados fármacos sobre el urotelio. Existen además formas definidas por el hallazgo histológico: la cistitis glandular, la cistitis quística y la cistitis folicular se identifican mediante biopsia vesical y representan respuestas proliferativas del urotelio a la irritación crónica. Su relevancia radica en que algunas de ellas se consideran lesiones con potencial preneoplásico. Las infecciones del tracto urinario constituyen el segundo proceso infeccioso más frecuente en atención primaria, según datos de la Asociación Española de Urología. La cistitis representa aproximadamente el 90 % de las infecciones urinarias en la mujer. Entre el 50 y el 60 % de las mujeres premenopáusicas tendrán al menos un episodio a lo largo de su vida, y de ellas, cerca de un 25 % experimentará recurrencias. En varones, la incidencia es considerablemente menor antes de los 50 años; a partir de esa edad, factores como la hiperplasia prostática y las instrumentaciones urológicas equiparan progresivamente las cifras. Uretritis. La inflamación se limita a la uretra. Su causa más habitual son las infecciones de transmisión sexual (gonococo, Chlamydia), no las enterobacterias. La clínica puede solaparse parcialmente, pero la secreción uretral apunta más a uretritis que a cistitis. Pielonefritis. Cuando la infección asciende desde la vejiga hasta el parénquima renal. La fiebre elevada y el dolor lumbar la distinguen de la cistitis, que habitualmente cursa sin fiebre o con febrícula leve. Bacteriuria asintomática. Presencia de bacterias en la orina sin manifestaciones clínicas. No se considera cistitis porque falta el componente inflamatorio sintomático, aunque en embarazadas requiere vigilancia por el riesgo de progresión a pielonefritis. Del griego κύστις (kýstis), que significaba "vejiga" o "bolsa", y el sufijo -ιτις (-itis), que indica inflamación. El vocablo pasó al latín científico y de ahí al español médico sin apenas modificación. Ya en los textos hipocráticos se empleaba kýstis para referirse a la vejiga urinaria, aunque entonces no se conocía la causa infecciosa del cuadro. No exactamente. La cistitis es la inflamación de la vejiga, y la infección de orina (o infección del tracto urinario) es un concepto más amplio que incluye también la uretritis, la prostatitis y la pielonefritis. En el lenguaje cotidiano, sin embargo, "infección de orina" y "cistitis" se usan como sinónimos porque la cistitis bacteriana es, con diferencia, la forma más común de infección urinaria. La razón principal es anatómica. La uretra femenina es corta (unos 4 cm) y desemboca cerca de la región perianal, lo que acorta el camino que las bacterias intestinales deben recorrer para alcanzar la vejiga. En el varón, la longitud uretral y la secreción prostática con propiedades bactericidas actúan como barreras adicionales. Depende. La cistitis bacteriana aguda sí requiere habitualmente un ciclo corto de antibiótico. Las cistitis no infecciosas, como la intersticial o la rádica, no responden a antibióticos porque su mecanismo no es microbiano. El abordaje concreto de cada caso corresponde a la valoración del especialista. Sí. La complicación más relevante es el ascenso de la infección hacia el riñón (pielonefritis), situación que cursa con fiebre alta y dolor lumbar. En embarazadas, el riesgo de progresión es mayor, razón por la cual se realiza cribado mediante urocultivo durante la gestación. En pacientes con sondaje vesical prolongado o con anomalías del tracto urinario, las infecciones pueden cronificarse o recidivar con mayor facilidad. Consulte también la información clínica completa sobre la cistitis Si busca información detallada sobre causas, diagnóstico y opciones de manejo, puede consultar la ficha clínica de la cistitis elaborada por el Departamento de Urología de la Clínica Universidad de Navarra. Si desea profundizar en conceptos asociados a la cistitis, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la cistitis
Por qué la vejiga es vulnerable a la infección
Clasificación según la causa
Datos epidemiológicos
Diferenciación con entidades relacionadas
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra cistitis?
¿Es lo mismo cistitis que infección de orina?
¿Por qué la cistitis es mucho más frecuente en mujeres?
¿Toda cistitis necesita antibióticos?
¿La cistitis puede complicarse?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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