DICCIONARIO MÉDICO
Ataxia
La ataxia es una alteración neurológica que se manifiesta como pérdida de la coordinación en los movimientos voluntarios, sin que exista debilidad muscular ni alteración del nivel de conciencia. Puede afectar a la marcha, a los movimientos de las extremidades, al habla y a la motricidad ocular. Su origen reside en una disfunción del cerebelo, de las vías propioceptivas o del aparato vestibular, según la forma clínica. El término procede del griego ἀταξία (ataxía), formado por el prefijo privativo ἀ- y el sustantivo τάξις (táxis, «orden», «disposición»). Literalmente significa «sin orden», y en contexto médico designa la incapacidad para organizar de manera fluida los movimientos del cuerpo. La voz aparece ya en los tratados hipocráticos con un sentido amplio de desorden corporal, pero su uso neurológico moderno se consolidó a mediados del siglo XIX, cuando Nikolaus Friedreich y otros clínicos alemanes empezaron a delimitar síndromes específicos de incoordinación motora. Conviene precisar que la ataxia no constituye una enfermedad en sí misma sino un signo clínico. Puede presentarse de forma aislada o dentro de cuadros más amplios. Quien la padece conserva la fuerza muscular: el problema no está en el músculo ni en la orden cortical que lo activa, sino en la calibración fina del movimiento, en el ajuste continuo que permite, por ejemplo, llevar un vaso de agua a la boca sin derramarlo. Para ejecutar un gesto tan sencillo como señalar un objeto, el sistema nervioso necesita integrar información de varias fuentes: la posición de las articulaciones (aferencias propioceptivas procedentes de husos musculares y receptores articulares), la orientación espacial del cuerpo (señales vestibulares) y los datos visuales. El cerebelo recibe toda esa información, la compara con la orden motora que ha generado la corteza cerebral y corrige las discrepancias en tiempo real. Cuando esa labor de comparación falla, el movimiento pierde precisión. Las correcciones llegan tarde o resultan excesivas, y lo que debería ser un gesto continuo se fragmenta. Eso es, en esencia, la ataxia. Tres grandes estructuras participan en este control, y la disfunción de cada una produce un patrón diferente de incoordinación. Ataxia cerebelosa. Es la forma más reconocida. La lesión se localiza en el propio cerebelo o en sus conexiones con el tronco encefálico. Produce incoordinación de las extremidades (dismetría, disdiadococinesia), alteración de la marcha atáxica con aumento de la base de sustentación, disartria de tipo cerebeloso y nistagmo. El signo de Stewart-Holmes (rebote del antebrazo al soltar bruscamente una resistencia) es una maniobra clásica de exploración en estos casos. Ataxia sensorial. Aquí el cerebelo funciona con normalidad, pero no recibe la información propioceptiva que necesita para calibrar el movimiento. La lesión asienta en los cordones posteriores de la médula espinal o en los nervios periféricos sensitivos. Un dato característico: la incoordinación empeora llamativamente cuando se cierran los ojos (signo de Romberg positivo), porque al eliminar la compensación visual el déficit propioceptivo queda al descubierto. Ataxia vestibular. Se origina por disfunción del aparato vestibular, ya sea periférico (laberinto, nervio vestibular) o central (núcleos vestibulares del tronco encefálico). Predomina la inestabilidad postural y se asocia con frecuencia a vértigo, náuseas y nistagmo de características distintas al cerebeloso. La velocidad con la que se instaura una ataxia ofrece pistas sobre su causa. Las formas agudas, que aparecen en horas o días, suelen responder a procesos vasculares cerebelosos, intoxicaciones, cerebelitis postinfecciosas (frecuentes en la infancia, sobre todo tras varicela) o cuadros desmielinizantes. La ataxia aguda cerebelosa pediátrica, por ejemplo, tiende a resolverse espontáneamente en semanas. Las formas subagudas se instalan a lo largo de semanas o meses. El clínico debe considerar causas nutricionales (déficit de vitamina B12, vitamina E o tiamina), síndromes paraneoplásicos y exposición a tóxicos. No es raro que un consumo crónico de alcohol acabe produciendo degeneración del vermis cerebeloso. En el otro extremo, las ataxias crónicas progresivas comprenden un grupo heterogéneo de enfermedades hereditarias. La ataxia de Friedreich, descrita por el neurólogo alemán Nikolaus Friedreich entre 1863 y 1877, es la más frecuente de las formas autosómicas recesivas. Las ataxias hereditarias dominantes (ataxias espinocerebelosas o SCA) suman ya más de 40 subtipos identificados genéticamente. Existen también formas episódicas, como la ataxia periódica familiar, que cursan con crisis autolimitadas de incoordinación separadas por intervalos asintomáticos. Las cifras de prevalencia varían mucho en función del tipo de ataxia. La ataxia de Friedreich afecta a entre 2 y 5 personas por cada 100 000 en poblaciones de origen europeo, lo que la convierte en la forma hereditaria recesiva más habitual. Las ataxias espinocerebelosas dominantes oscilan, en conjunto, entre 1 y 5 por 100 000, con distribuciones geográficas desiguales: la SCA3, por ejemplo, es especialmente prevalente en Portugal, Brasil y Azores. Las formas adquiridas no hereditarias (vasculares, tóxicas, inmunomediadas) son difíciles de cuantificar como grupo, pero representan probablemente la mayoría de los cuadros atáxicos que se ven en la práctica clínica diaria. Del griego ἀταξία, compuesto del prefijo privativo ἀ- y τάξις («orden»). Literalmente, «falta de orden». Los textos hipocráticos ya empleaban la voz para referirse a estados de desorganización corporal, pero el sentido neurológico preciso se fijó en la segunda mitad del siglo XIX con la descripción de las primeras ataxias hereditarias. No. El vértigo es la sensación ilusoria de movimiento (habitualmente rotatorio) y tiene su origen en el aparato vestibular. La ataxia es la incoordinación motora propiamente dicha. Pueden coincidir, y de hecho la ataxia vestibular suele acompañarse de vértigo, pero son fenómenos distintos: alguien puede presentar ataxia sin vértigo (como ocurre en las formas cerebelosas puras) o vértigo sin ataxia. Depende por completo de la causa. Una cerebelitis postinfecciosa en un niño pequeño se resuelve sola en unas semanas y no deja secuelas. Una ataxia por déficit vitamínico puede revertir con suplementación adecuada. Las ataxias hereditarias degenerativas, en cambio, son progresivas y no tienen hoy curación, aunque la investigación en terapia génica y en modulación de la frataxina avanza con rapidez. Sí. Cuando la lesión afecta a las regiones del cerebelo que coordinan la musculatura orofaríngea, aparece lo que se denomina disartria cerebelosa: el habla se vuelve entrecortada, con variaciones bruscas de volumen y ritmo que los neurólogos clásicos describían como «palabra escandida». No se trata de un trastorno del lenguaje (el paciente sabe lo que quiere decir), sino de un problema puramente motor en la articulación. Si desea profundizar en conceptos asociados a la ataxia, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la ataxia
Control motor y papel del cerebelo
Clasificación según la estructura afectada
Formas clínicas según la evolución temporal
Datos epidemiológicos generales
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra ataxia?
¿Es lo mismo ataxia que vértigo?
¿La ataxia implica siempre una enfermedad grave?
¿Puede la ataxia afectar al habla?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
Infografías realizadas con https://BioRender.com
© Clínica Universidad de Navarra 2026