DICCIONARIO MÉDICO
Neurastenia
La neurastenia es una categoría diagnóstica histórica que agrupó, desde finales del siglo XIX, un cuadro de agotamiento persistente tras el esfuerzo mental o físico. Formó parte de la clasificación internacional de enfermedades durante más de un siglo. La revisión vigente ya no la recoge como entidad independiente. El diccionario académico define la neurastenia como un trastorno funcional afectivo atribuido a la debilidad del sistema nervioso, y añade una marca de uso que resume bien su recorrido: «poco usado». La palabra se forma con el elemento compositivo neuro (del griego νεῦρον, nervio) y astenia (del griego ἀσθένεια, «falta de fuerza»). El resultado nombra, sin rodeos, un agotamiento de origen nervioso. No hablamos de un síntoma suelto, como ocurre con la astenia. Se trata de una entidad con nombre propio, fecha de nacimiento documentada y una trayectoria que puede seguirse a través de las sucesivas clasificaciones internacionales de enfermedades. Esa trayectoria explica por qué, durante décadas, convivió bajo una sola etiqueta con cuadros que hoy se diagnostican por separado: depresión, ansiedad generalizada, síndrome de fatiga crónica. La palabra nace en 1816. Su autor, el médico paviano Giuseppe Bergamaschi, la utilizó para describir una variante del tétanos que llamó tétanos nervioso o tétanos asténico, sin relación alguna con la psiquiatría. El médico británico John Mason Good recogió después el término, en la forma neurostenia, en su tratado The Study of Medicine, todavía aplicado a una debilidad mecánica de los nervios. El significado que se ha mantenido hasta la actualidad se fija en 1869, cuando dos médicos estadounidenses reintrodujeron la voz de manera independiente. Edwin Van Deusen, desde el manicomio de Kalamazoo, describió una forma de postración nerviosa capaz de desembocar en trastornos mentales graves. El neurólogo George Miller Beard, en Boston, publicó por su parte un artículo sobre el agotamiento nervioso que terminaría dando nombre al fenómeno. Beard desarrolló la idea en un tratado de 1880 y la atribuyó a las exigencias de la vida moderna: el ritmo urbano, la presión profesional, la novedad de inventos como el telégrafo. La etiqueta hizo fortuna a ambos lados del Atlántico. Médicos europeos la adoptaron con entusiasmo, y el propio término entró en los diccionarios españoles antes de terminar el siglo. La Organización Mundial de la Salud incorporó la neurastenia a la décima revisión de la Clasificación Internacional de Enfermedades con el código F48.0, dentro del bloque F40-F48 de trastornos neuróticos, relacionados con el estrés y somatomorfos. El Ministerio de Sanidad español mantiene esa codificación en su herramienta oficial de consulta. El manual estadounidense de diagnóstico psiquiátrico siguió un camino distinto: la neurastenia nunca llegó a consolidarse como categoría propia en sus ediciones más recientes. Esa continuidad se rompió con la undécima revisión de la Clasificación, vigente desde 2022. La neurastenia desapareció como diagnóstico independiente y los cuadros que antes recogía pasaron, en gran parte, al nuevo trastorno de malestar corporal, codificado como 6C20. La razón que se ha documentado con más frecuencia no es clínica, sino de precisión diagnóstica: la categoría había acumulado, a lo largo de un siglo, un abanico tan amplio de presentaciones que había perdido utilidad para distinguir un cuadro de otro. Fuera de Occidente, sin embargo, el término conserva un peso considerable. En China sigue siendo uno de los diagnósticos psiquiátricos más empleados en la práctica clínica, con un arraigo cultural que no ha seguido el mismo declive que en Europa o Norteamérica. Conviene distinguir la neurastenia de la astenia. La astenia es un síntoma, presente en infinidad de procesos orgánicos y psíquicos, sin que ese hecho la convierta en una enfermedad. La neurastenia, en cambio, fue una categoría diagnóstica cerrada, con criterios propios y un código en las clasificaciones internacionales. La astenia nerviosa ocupa un lugar intermedio: designa, de forma más laxa, el agotamiento funcional del sistema nervioso, sin exigir que se cumplan los criterios de un diagnóstico codificable. La relación con el síndrome de fatiga crónica y la encefalomielitis miálgica merece un párrafo propio. Durante buena parte del siglo XX, la neurastenia funcionó como cajón de sastre para cuadros de fatiga persistente sin causa orgánica identificada. El síndrome de fatiga crónica emergió como entidad propia en la literatura médica en 1988, con criterios diagnósticos específicos y una ubicación distinta en la Clasificación Internacional de Enfermedades: mientras la neurastenia se clasificaba entre los trastornos mentales, el síndrome de fatiga crónica y la encefalomielitis miálgica se recogen en el capítulo de enfermedades neurológicas, con el código G93.3. Son entidades emparentadas por su historia, no equivalentes en su definición actual. Del griego νεῦρον (nervio) y ἀσθένεια (falta de fuerza), unidos mediante el elemento compositivo neuro-. La Real Academia Española recoge hoy el término con la marca «poco usado», reflejo de su progresivo abandono en el lenguaje médico corriente. No, al menos no en la clasificación internacional más reciente. La Organización Mundial de la Salud la retiró de la undécima revisión de la Clasificación Internacional de Enfermedades, publicada en 2022, y trasladó buena parte de los cuadros que agrupaba al trastorno de malestar corporal (código 6C20). Comparten un antecedente histórico, pero no una definición. Antes de que existiera el síndrome de fatiga crónica como entidad propia, muchos de los pacientes que hoy recibirían ese diagnóstico habrían sido etiquetados como neurasténicos. Esa etiqueta común desapareció en 1988, cuando el síndrome de fatiga crónica se definió con criterios diagnósticos propios en la literatura médica internacional. Desde entonces, ambos cuadros ocupan capítulos distintos en la Clasificación Internacional de Enfermedades: uno psiquiátrico en su origen, otro neurológico. La confusión persiste en el lenguaje coloquial, donde ambos términos todavía se usan a veces como sinónimos, aunque no lo sean. El médico italiano Giuseppe Bergamaschi, en 1816, aunque con un sentido distinto al actual: lo aplicó a una forma de tétanos. El significado psiquiátrico que ha llegado hasta hoy se debe a Edwin Van Deusen y George Miller Beard, que reintrodujeron la palabra de forma independiente en 1869.Qué es la neurastenia
Origen y evolución histórica del término
Clasificación en las nosologías médicas
Diferenciación con conceptos afines
Preguntas frecuentes
¿De dónde procede la palabra neurastenia?
¿Sigue siendo un diagnóstico vigente?
¿Es lo mismo que el síndrome de fatiga crónica?
¿Quién empleó primero el término?
Referencias
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