DICCIONARIO MÉDICO
Esquizofrenia
La esquizofrenia es un trastorno mental grave y crónico que se caracteriza por la pérdida de contacto con la realidad. Afecta al pensamiento, la percepción, la afectividad y la conducta. Su prevalencia mundial se sitúa en torno al 0,7-1 % de la población, con una distribución que no varía de forma significativa entre culturas ni entre sexos. La esquizofrenia es un trastorno del espectro psicótico que cursa con episodios de alucinaciones, delirios, desorganización del pensamiento y del lenguaje, alteraciones motoras y los llamados síntomas negativos (reducción de la expresividad emocional, falta de motivación, empobrecimiento del habla). A estos se añade un deterioro cognitivo que repercute en la capacidad para razonar, planificar y mantener la atención. El término procede del alemán Schizophrenie, acuñado en 1908 por el psiquiatra suizo Eugen Bleuler. Bleuler lo construyó a partir de dos raíces griegas: σχίζειν (schízein, "escindir", "dividir") y φρήν, φρενός (phrḗn, phrenós, "mente", "entendimiento"). Con esa denominación quiso subrayar la fragmentación de las funciones psíquicas que observaba en sus pacientes, no una "doble personalidad" como a veces se interpreta popularmente. Presentó la palabra en una comunicación a la Asociación Alemana de Psiquiatría celebrada en Berlín el 24 de abril de 1908, y la desarrolló tres años después en su monografía Dementia praecox oder Gruppe der Schizophrenien (1911). Antes de Bleuler, el cuadro se conocía como "demencia precoz" (démence précoce), expresión que el alienista francés Bénédict Morel utilizó en 1860 para describir el deterioro mental temprano de un adolescente. Emil Kraepelin adoptó el término en alemán (Dementia praecox) y lo consolidó en la cuarta edición de su tratado (1893), agrupando bajo esa etiqueta la hebefrenia de Ewald Hecker, la catatonia de Karl Ludwig Kahlbaum y una forma paranoide. La contribución de Bleuler consistió en rechazar que el deterioro fuera necesariamente precoz ni invariablemente demenciante, y en centrar la descripción en la escisión de las funciones psíquicas. Bleuler distinguió cuatro rasgos que consideraba nucleares del trastorno, conocidos como las "cuatro A": asociación (alteración del flujo del pensamiento), afecto (incongruencia o aplanamiento afectivo), ambivalencia (coexistencia de deseos o emociones contradictorios) y autismo (repliegue sobre el mundo interior). Las alucinaciones y los delirios, que hoy ocupan un lugar muy visible en los criterios de clasificación, los consideraba accesorios, es decir, frecuentes pero no definitorios. Esa jerarquía cambió con el tiempo. Kurt Schneider, en la década de 1950, propuso los "síntomas de primer rango" (voces que conversan entre sí, eco del pensamiento, vivencias de influencia corporal, entre otros) como criterios prácticos de identificación. Su influencia moldeó las clasificaciones internacionales durante décadas. No siempre están presentes, y pueden aparecer también en otros trastornos psicóticos, pero su impacto en la práctica diagnóstica fue considerable. Durante buena parte del siglo XX se reconocieron subtipos clásicos: paranoide (predominio de delirios y alucinaciones), hebefrénica o desorganizada (afecto inapropiado, conducta caótica), catatónica (alteraciones psicomotoras graves) y simple (empobrecimiento progresivo sin síntomas positivos floridos). La cuarta edición del DSM (1994) mantenía estos subtipos. El DSM-5 (2013) los eliminó formalmente. La razón fue que los subtipos mostraban poca estabilidad en el tiempo (un mismo paciente podía cambiar de categoría a lo largo de su enfermedad) y no orientaban ni el pronóstico ni la elección del abordaje. La clasificación vigente se apoya en la evaluación dimensional: se valora la intensidad de cada dominio de la enfermedad (positivo, negativo, desorganizado, psicomotor, cognitivo) en lugar de asignar al paciente a un subtipo cerrado. El modelo más estudiado es la hipótesis dopaminérgica, formulada inicialmente en la década de 1960 a partir de dos observaciones convergentes: los fármacos que bloquean los receptores D2 de dopamina reducían los síntomas positivos, y las sustancias que aumentaban la actividad dopaminérgica (anfetaminas, por ejemplo) podían provocar cuadros psicóticos indistinguibles de la esquizofrenia. Con el tiempo, el modelo se ha refinado y ya no se entiende como un simple exceso global de dopamina: se postula una hiperactividad de la vía mesolímbica (asociada a los síntomas positivos) junto con una hipofunción de la vía mesocortical (que contribuiría a los síntomas negativos y cognitivos). Otros sistemas de neurotransmisión participan. La hipótesis glutamatérgica cobró fuerza a raíz de los efectos psicotomiméticos de la fenciclidina y la ketamina, antagonistas del receptor NMDA. La serotonina está implicada en el mecanismo de los antipsicóticos de segunda generación. Ninguno de estos modelos por separado explica la totalidad del cuadro; la investigación actual tiende a integrarlos en redes de interacción entre circuitos corticales y subcorticales. La prevalencia a lo largo de la vida ronda el 0,7 %, una cifra que se mantiene con pocas variaciones entre países y entornos culturales. El inicio suele producirse entre los 16 y los 30 años; en varones tiende a aparecer algo antes (finales de la segunda década), mientras que en mujeres es más frecuente a mediados o finales de la tercera, con un segundo pico de incidencia en torno a los 40 años. El componente genético es relevante: el riesgo para un familiar de primer grado de una persona afectada es unas diez veces mayor que en la población general. Los estudios de gemelos monocigóticos muestran tasas de concordancia en torno al 40-50 %, lo que deja claro que los genes no son suficientes por sí solos. Entre los factores ambientales que se han asociado con un mayor riesgo figuran las complicaciones obstétricas, las infecciones prenatales, el consumo de cannabis en la adolescencia, el estrés psicosocial intenso y el hecho de crecer en entornos urbanos. El modelo más aceptado es el de vulnerabilidad-estrés: una predisposición biológica que solo se expresa clínicamente cuando confluyen determinados desencadenantes. Trastorno esquizoafectivo. Comparte síntomas psicóticos con la esquizofrenia, pero cursa además con episodios afectivos (depresivos o maníacos) que ocupan una proporción significativa del tiempo total de enfermedad. La distinción exige una valoración longitudinal cuidadosa. Trastorno esquizotípico de la personalidad. Los rasgos (pensamiento mágico, suspicacia, excentricidades) recuerdan a la esquizofrenia, pero no llegan a constituir síntomas psicóticos francos ni provocan el mismo grado de deterioro funcional. El DSM-5 lo clasifica dentro de los trastornos de personalidad del grupo A. Se ha descrito con frecuencia en familiares de personas con esquizofrenia, lo que apoya la existencia de un espectro genético compartido. Trastorno esquizoide de la personalidad. Se caracteriza por desapego social y restricción afectiva, pero sin las alteraciones perceptivas ni la desorganización del pensamiento propias de la esquizofrenia. No cursa con psicosis. Trastorno delirante. En él predominan los delirios sistematizados y persistentes, sin la desorganización del pensamiento, las alucinaciones prominentes ni el deterioro funcional global que se observan en la esquizofrenia. Fue creada por el psiquiatra suizo Eugen Bleuler en 1908, combinando las raíces griegas σχίζειν ("escindir") y φρήν ("mente"). Bleuler quería expresar la fragmentación de las funciones psíquicas que observaba en sus pacientes: pensamiento, afecto y conducta dejaban de funcionar de manera coordinada. No alude a una "doble personalidad", un malentendido que persiste en el lenguaje coloquial. No. Son entidades completamente distintas. La esquizofrenia es un trastorno psicótico; el llamado "trastorno de personalidad múltiple" corresponde al trastorno de identidad disociativo, un cuadro disociativo en el que coexisten dos o más estados de identidad. La confusión procede del significado literal de "mente escindida", pero Bleuler se refería a la escisión de funciones psíquicas, no a la existencia de varias personalidades. Todos comparten la raíz griega σχίζειν y forman parte de lo que la psiquiatría actual denomina "espectro de la esquizofrenia". El trastorno esquizoide de la personalidad implica desapego emocional sin psicosis; el esquizotípico añade distorsiones perceptivas y cognitivas leves. Ambos aparecen con mayor frecuencia en familiares de personas con esquizofrenia. La esquizotipia es un concepto dimensional que describe rasgos de personalidad que se sitúan en un continuo entre la normalidad y la psicosis franca. Tiene un componente genético importante, pero no se hereda de forma directa como una enfermedad mendeliana. El riesgo en familiares de primer grado es de aproximadamente un 10 %, frente al 0,7-1 % de la población general. Los gemelos monocigóticos muestran concordancia del 40-50 %, lo que indica que los factores ambientales desempeñan un papel igualmente relevante. Consulte también la información clínica completa sobre la esquizofrenia Si busca información sobre manifestaciones clínicas, proceso diagnóstico y opciones de abordaje, puede consultar la ficha completa de la esquizofrenia elaborada por el Departamento de Psiquiatría y Psicología Clínica de la Clínica Universidad de Navarra. Si desea profundizar en conceptos asociados a la esquizofrenia, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es la esquizofrenia
Las cuatro A de Bleuler y la evolución del concepto
Formas clínicas históricas y clasificación actual
Neuroquímica y modelos fisiopatológicos
Epidemiología y factores de vulnerabilidad
Diferenciación con entidades relacionadas
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra esquizofrenia?
¿Esquizofrenia y trastorno de personalidad múltiple son lo mismo?
¿Qué relación tiene la esquizofrenia con los términos esquizoide y esquizotípico?
¿Es hereditaria la esquizofrenia?
Referencias
Entradas relacionadas en el diccionario
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