DICCIONARIO MÉDICO
Antipsicóticos
Un antipsicótico es todo fármaco cuya acción principal consiste en reducir o suprimir los fenómenos de la psicosis, un estado en el que se altera la percepción de la realidad y pueden aparecer alucinaciones, delirios y desorganización del pensamiento. La RAE lo define como adjetivo médico: «que combate la psicosis», con uso frecuente como sustantivo masculino aplicado a medicamentos. Constituyen una de las herramientas centrales de la psiquiatría moderna y se clasifican convencionalmente en dos generaciones con perfiles farmacológicos distintos. El término se construye con el prefijo griego ἀντί (antí, «contra») y el adjetivo psicótico, derivado a su vez de ψυχή (psyché, «alma, mente»). La combinación designa, literalmente, aquello que actúa contra los estados psicóticos. Antes de que se acuñara esta voz, los mismos compuestos se conocían como neurolépticos, término propuesto en 1955 por los psiquiatras Jean Delay y Pierre Deniker a partir del griego νεῦρον (neûron, «nervio») y λῆψις (lêpsis, «captación, toma»), con el sentido de «que toma posesión del sistema nervioso». El abandono progresivo de neuroléptico a favor de antipsicótico reflejó un cambio de perspectiva: ya no se valoraba el efecto sedante o la rigidez neurológica como signos deseables, sino la capacidad de corregir la psicosis sin provocarlos. La historia de los antipsicóticos comienza en un quirófano, no en un laboratorio de psiquiatría. En 1950, el cirujano de la Marina francesa Henri Laborit investigaba formas de prevenir el choque quirúrgico y observó que la clorpromazina, una fenotiazina sintetizada en los laboratorios de Rhône-Poulenc, producía en sus pacientes un estado de indiferencia emocional sin pérdida de conciencia que él denominó «hibernación artificial». Laborit sugirió que ese efecto podía tener utilidad psiquiátrica. Delay y Deniker recogieron la idea. En 1952, en el Hospital Sainte-Anne de París, administraron clorpromazina a pacientes con manía aguda y con esquizofrenia y describieron una reducción notable de la agitación, las alucinaciones y los delirios. La publicación de sus resultados transformó la asistencia psiquiátrica: por primera vez existía un compuesto capaz de modificar los fenómenos psicóticos centrales, y no solo de sedar al paciente. En menos de una década, la clorpromazina se había adoptado en hospitales de todo el mundo y había iniciado el vaciamiento progresivo de los grandes asilos psiquiátricos. Durante los años sesenta, Arvid Carlsson (Nobel de Medicina en el año 2000) y otros investigadores establecieron que los antipsicóticos ejercen su efecto principal bloqueando los receptores dopaminérgicos de tipo D2 en el cerebro. La denominada «hipótesis dopaminérgica de la psicosis» propone que una actividad excesiva de la dopamina en ciertas vías cerebrales (sobre todo la vía mesolímbica) subyace a fenómenos como las alucinaciones y los delirios. El bloqueo D2 en esa vía explicaría la acción antipsicótica. Ahora bien, los receptores D2 no están solo en la vía mesolímbica. Su bloqueo en la vía nigroestriada provoca efectos motores que recuerdan a la enfermedad de Parkinson (parkinsonismo farmacológico, acatisia, discinesia), y su bloqueo en la vía tuberoinfundibular eleva la prolactina en sangre, lo que puede producir hiperprolactinemia. Estas consecuencias no deseadas fueron precisamente las que motivaron la búsqueda de compuestos capaces de separar el efecto antipsicótico de los efectos neurológicos colaterales. Se distinguen dos grandes grupos. Los antipsicóticos de primera generación (también llamados típicos o convencionales) son los que siguen el modelo farmacológico de la clorpromazina y el haloperidol: bloquean los receptores D2 con alta afinidad y, con ello, controlan los fenómenos psicóticos positivos (alucinaciones, delirios), pero producen con frecuencia efectos neurológicos extrapiramidales. Fueron los únicos disponibles durante tres décadas. A finales de los años ochenta comenzaron a comercializarse los de segunda generación, llamados atípicos. La clozapina, sintetizada ya en 1958 pero retirada temporalmente por un efecto adverso hematológico grave, fue el primer compuesto que demostró eficacia antipsicótica con un riesgo sustancialmente menor de parkinsonismo. Su perfil farmacológico combina el bloqueo D2 con un antagonismo potente de los receptores de serotonina 5-HT2A, y esa doble acción se consideró durante años la clave de la «atipicidad». Hoy se sabe que el grupo es más heterogéneo de lo que sugiere la etiqueta y que algunos de sus miembros generan problemas metabólicos (aumento de peso, alteraciones de la glucemia) que los compuestos de primera generación apenas provocaban. En la práctica clínica actual, muchos textos utilizan ambos términos como sinónimos. Sin embargo, neuroléptico nació para describir un perfil concreto: fármacos que producían sedación, indiferencia emocional y rigidez motora como parte de su acción. La llegada de los compuestos atípicos, que no necesariamente provocan esos efectos, hizo que el término resultase inadecuado para el conjunto del grupo. Antipsicótico describe mejor la finalidad terapéutica (combatir la psicosis) sin presuponer un perfil de efectos adversos determinado. Del griego ἀντί («contra») y ψυχή (psyché, «alma, mente»), a través del adjetivo psicótico. La combinación designa todo lo que actúa contra los estados de psicosis. El término desplazó progresivamente a neuroléptico, acuñado en 1955, cuando se comprobó que era posible corregir la psicosis sin producir necesariamente los efectos neurológicos que Delay y Deniker habían considerado inseparables de la acción del fármaco. Depende del contexto. En sentido histórico, neuroléptico designa los compuestos de primera generación y su perfil de efectos neurológicos. En la práctica actual, se usa con frecuencia como sinónimo de antipsicótico, pero muchos autores prefieren reservar neuroléptico para los fármacos típicos y emplear antipsicótico como término genérico. En 1952, Jean Delay y Pierre Deniker publicaron los resultados del uso de la clorpromazina en pacientes psicóticos del Hospital Sainte-Anne de París. El hallazgo partió de la observación previa del cirujano Henri Laborit, que había notado el efecto de indiferencia emocional del fármaco durante la preparación anestésica. La clorpromazina se convirtió en pocos años en el primer medicamento capaz de modificar los fenómenos centrales de la psicosis. Los de primera generación bloquean los receptores D2 de dopamina con alta afinidad y controlan bien las alucinaciones y los delirios, pero producen con frecuencia efectos motores extrapiramidales. Los de segunda generación combinan ese bloqueo con la acción sobre receptores de serotonina y tienden a causar menos efectos neurológicos, si bien presentan un perfil metabólico propio que debe vigilarse. La frontera entre ambos grupos es menos nítida de lo que la nomenclatura sugiere. Si desea profundizar en conceptos asociados al término antipsicótico, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es un antipsicótico
El hallazgo de la clorpromazina y la revolución de 1952
Base neuroquímica del efecto antipsicótico
Primera y segunda generación
Diferenciación entre antipsicótico y neuroléptico
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra antipsicótico?
¿Es lo mismo antipsicótico que neuroléptico?
¿Cuándo se descubrió el primer antipsicótico?
¿Qué diferencia hay entre primera y segunda generación?
Referencias
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