DICCIONARIO MÉDICO
Afrontamiento
El afrontamiento designa el conjunto de esfuerzos cognitivos y conductuales que una persona despliega para manejar demandas internas o externas percibidas como excesivas para sus recursos. El concepto, introducido formalmente por Richard Lazarus y Susan Folkman en 1984, ocupa un lugar central en la psicología del estrés y en la comprensión de cómo las personas se adaptan a la adversidad. En psicología clínica, el afrontamiento (del inglés coping) se refiere a los procesos mediante los cuales un individuo intenta reducir, tolerar o controlar las exigencias de una situación valorada como amenazante o desbordante. No se trata de una respuesta automática ni refleja: es un proceso activo, consciente y modificable, que la persona pone en marcha tras evaluar qué le ocurre y de qué recursos dispone para hacerle frente. La palabra procede del verbo «afrontar», formado sobre el latín frons, frontis («frente»), con el prefijo ad- («hacia»). En su sentido literal, afrontar es «poner cara a cara» o «hacer frente a un peligro». El Tesoro de los diccionarios históricos de la RAE documenta «afrontamiento» ya en 1254, en el Libro conplido de las estrellas de Alfonso X, aunque con un significado distinto al actual: designaba entonces una confrontación o enfrentamiento. La acepción psicológica es mucho más reciente y llegó al español como calco del inglés coping, que a su vez deriva del francés antiguo couper («golpear»), con el sentido figurado de «responder a un golpe». Antes de la publicación de Stress, Appraisal, and Coping (1984), la investigación sobre estrés trataba la respuesta del organismo como algo básicamente pasivo. Lazarus y Folkman cambiaron esa perspectiva al proponer un modelo transaccional: el estrés no reside ni en el estímulo ni en la persona, sino en la relación entre ambos. La persona evalúa primero si una situación es irrelevante, benigna o potencialmente dañina (evaluación primaria) y después si dispone o no de los recursos para manejarla (evaluación secundaria). El afrontamiento entra en juego en esa segunda fase. Según este modelo, no hay estrategias universalmente buenas o malas. Una misma conducta puede ser adaptativa en un contexto y perjudicial en otro. Eso explica por qué la investigación posterior ha insistido en hablar de procesos de afrontamiento, no de rasgos fijos de personalidad. La taxonomía más extendida distingue dos grandes grupos. Las estrategias centradas en el problema buscan modificar la situación que genera malestar: recopilar información, planificar una solución, solicitar ayuda práctica. Se activan con más frecuencia cuando la persona percibe que puede influir en lo que ocurre. Cuando la situación escapa al control personal (una enfermedad grave, la muerte de un allegado), predominan las estrategias centradas en la emoción: regular el malestar afectivo, buscar apoyo emocional, reinterpretar lo sucedido para encontrarle algún sentido. Un tercer grupo, reconocido con mayor o menor autonomía según los autores, reúne las estrategias de evitación: posponer el problema, negar su existencia, distraerse. La evitación puede resultar útil a corto plazo (quien acaba de conocer que padece un cáncer necesita tiempo antes de asimilar la información), pero su uso sostenido se asocia con peor ajuste psicológico. Conviene no confundir ambos conceptos. Los mecanismos de defensa, descritos por el psicoanálisis, operan de forma inconsciente y buscan proteger al individuo de una angustia que no puede gestionar de otro modo. El afrontamiento, en cambio, es deliberado. Una persona que recurre a la reevaluación cognitiva sabe que está intentando ver la situación desde otro ángulo; quien emplea la negación como mecanismo de defensa no es consciente de estar evitando la realidad. La frontera, dicho esto, no siempre es nítida: hay conductas de evitación cuyo grado de consciencia resulta difícil de establecer. Del verbo «afrontar», que procede del latín ad- + frons, frontis («frente»). Su sentido original era físico: poner una cosa frente a otra, encarar. La RAE documenta el sustantivo desde el siglo XIII, pero con un significado de confrontación o requerimiento legal. La acepción psicológica moderna se consolidó en español a partir de los años ochenta del siglo XX, como traducción del inglés coping. No. El afrontamiento es el proceso activo de gestión de una situación estresante concreta; la resiliencia es la capacidad general de recuperarse y seguir funcionando tras una adversidad. Una persona resiliente probablemente emplea estrategias de afrontamiento eficaces, pero la resiliencia incluye también factores como el apoyo social, los rasgos temperamentales y las experiencias previas de superación. Sí. Las habilidades de afrontamiento se desarrollan a lo largo de toda la vida y son modificables. La psicoterapia cognitivo-conductual trabaja específicamente sobre ellas: ayuda a identificar patrones poco funcionales y a sustituirlos por otros más adaptativos. La infancia y la adolescencia son periodos especialmente sensibles en la adquisición de estas habilidades, porque las primeras experiencias de manejo del estrés tienden a consolidarse como estilos habituales. Depende del contexto y de la duración. Evitar temporalmente un problema irresoluble puede proteger a la persona de un desgaste innecesario. El riesgo aparece cuando la evitación se cronifica y bloquea otras formas de respuesta más constructivas. Si desea profundizar en conceptos vinculados al afrontamiento, puede consultar las siguientes definiciones del Diccionario médico:Qué es el afrontamiento
El modelo transaccional de Lazarus y Folkman
Clasificación de las estrategias
Afrontamiento y mecanismos de defensa
Preguntas frecuentes
¿De dónde viene la palabra «afrontamiento»?
¿Es lo mismo afrontamiento que resiliencia?
¿Se puede aprender a afrontar mejor?
¿Las estrategias de evitación son siempre negativas?
Referencias
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Infografías realizadas con https://BioRender.com
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