Enfermedad vascular cerebral (Ictus)
El ictus es una urgencia médica que requiere un diagnóstico y tratamiento precoz. La isquemia puede tardar varias horas en desarrollarse y este tiempo, denominado ventana terapéutica, es un momento clave para evitar o minimizar el daño cerebral
Esta alteración de la circulación ocurre, aproximadamente en un 80% de los casos, por una interrupción del flujo sanguíneo a una parte del cerebro, ya sea por la formación de un trombo sanguíneo, llegada de un émbolo desde el corazón o bien una disminución del flujo sanguíneo.
En un 20% de los casos, la causa del ictus es una rotura de una arteria o vena cerebral, causando una hemorragia y la consiguiente falta de aporte sanguíneo a esa zona del cerebro.
Los factores de riesgo son muy conocidos, principalmente la hipertensión arterial, las enfermedades cardiacas, la diabetes mellitus, el aumento del colesterol, el consumo de alcohol, tabacos o drogas, el sedentarismo y la obesidad favorecen el desarrollo de un ictus.
En general los síntomas más habituales del ictus son la pérdida de fuerza en la mitad del cuerpo, dificultad para hablar, pérdida de sensibilidad u hormigueos en la mitad del cuerpo, pérdida súbita de visión en un ojo, dolor de cabeza muy intenso distinto del habitual, etc...
Aproximadamente un 30% de los pacientes pueden tener síntomas previos, de aviso, de escasa duración, llamados "ataques isquémicos transitorios". Es importante la identificación de estos ya que puede evitar un infarto cerebral posterior.
El diagnóstico se lleva a cabo con una historia clínica detallada, exploración física y neurológica y con la realización de pruebas de imagen como un escáner, una resonancia cerebral y un doppler transcraneal o de troncos supraaórticos. El estudio carotídeo permite diagnósticar si la causa es trombótica y por lo tanto valorar los tratamientos preventivos más específicos como una endarterectomía carotídea o la terapia endovascular.
La Unidad de Ictus de la Clínica está formada por un equipo multidisciplinar, coordinados por neurólogos con formación especializada en enfermedades cerebrovasculares, que disponen de las pruebas de imagen de manera inmediata y en donde los pacientes son monitorizados de manera continua para detectar precozmente los factores que pueden agravar el ictus, instaurar el tratamiento específico adecuado y vigilar la evolución.
El tratamiento del ictus consiste en la reinstauración del flujo sanguíneo lo más precozmente posible y la prevención de recurrencias.
Durante la fase aguda, el tratamiento, hoy en día, consiste en la disolución de los trombos que se han formado mediante la administración de fármacos fibrinolíticos. En ocasiones puede estar indicada la cirugía, extirpando la placa de ateroma formada o dilatando la arteria mediante una angioplastia.
En el caso de que el ictus sea hemorrágico, el tratamiento adecuado es la embolización con sustancias que taponan las arterias dañadas.Los factores de riesgo son muy conocidos, principalmente la hipertensión arterial, las enfermedades cardiacas, la diabetes mellitus, el aumento del colesterol, el consumo de alcohol, tabacos o drogas, el sedentarismo y la obesidad favorecen el desarrollo de un ictus.





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