Trasplante hepático
Es el único tratamiento curativo para varias enfermedades graves, como la cirrosis, algunos tumores, anomalías hepáticas congénitas o trastornos metabólicos cuya deficiencia reside en el hígado. Dado que la demanda es mayor que el número de donaciones, hay una serie de limitaciones basadas en criterios objetivos internacionales que pretenden seleccionar a aquellos pacientes en los que el trasplante se pueda realizar con mayor éxito, no existiendo ningún tipo de discriminación por razones sociales, étnicas o económicas.
La cirugía del trasplante hepático es muy compleja y laboriosa y los fármacos necesarios para evitar el rechazo pueden tener efectos secundarios, por lo que el trasplante no está exento de ciertos riesgos y complicaciones:
- Fallo primario del injerto.
- Rechazo del órgano trasplantado (para evitarlo es imprescindible tomar medicación inmunosupresora).
- Infecciones, relacionadas con la cirugía o con los fármacos inmunosupresores.
- Reaparición de la enfermedad hepática.
- Mayor riesgo de cáncer y de enfermedades metabólicas, relacionados con el uso de fármacos inmunosupresores.
En virtud de estos riesgos, es preciso realizar un estudio exhaustivo para asegurar que no hay problemas fuera del hígado que puedan hacer más arriesgada la intervención. Una vez aceptados como candidatos, los pacientes son incluidos en una lista de espera que se rige por criterios objetivos.
La mayoría de los pacientes trasplantados tiene una calidad de vida similar a la de la población general. La mitad de los pacientes reciben el trasplante generalmente en los primeros 3 ó 4 meses de espera.



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