| Dr. Juan Ruiz Echeverría Especialista en Medicina Interna Consultor. Departamento de Medicina Interna. Unidad de Terapia Génica CLINICA UNIVERSIDAD DE NAVARRA |
La terapia génica es una nueva forma de tratamiento de las enfermedades que se basa en la introducción en las células de material genético (genes y otro tipo de ácidos nucleicos) para corregir un problema biológico. Los genes son los fragmentos de ADN (ácido desoxiribonucleico) de un cromosoma que contienen la información que permite la síntesis de proteínas y, a través de éstas, el funcionamiento normal de las células y, en general, del organismo en su conjunto. La idea de la terapia génica es que se puede corregir la enfermedad proporcionando a las células información (en forma de genes) para que sean ellas mismas las que fabriquen el producto activo (la proteína), en lugar de administrarlo directamente, como sucede con los fármacos convencionales. Esto permitiría en numerosos casos atacar la causa de la enfermedad, en lugar de limitarse a tratar de corregir sus síntomas. Por poner un ejemplo, en el caso de un enfermo con hemofilia, administraríamos al paciente el gen del factor de coagulación que le falta en lugar de darle el factor mismo.
Aunque dentro de unos años sea posible mediante la terapia génica reparar los errores que existen en un gen y causan la enfermedad, los objetivos actuales son más modestos. En primer lugar, la terapia génica trata de complementar o sustituir el defecto en la función de un gen defectuoso introduciendo otra copia normal de éste en las células. Por otra parte, en otras situaciones lo que se intenta es lo contrario, es decir, inhibir o bloquear el funcionamiento de aquellos genes cuya intervención contribuye al desarrollo de la enfermedad (por ejemplo los oncogenes que intervienen en el cáncer o los genes de virus que son necesarios para que estos se multipliquen en las células). Por último, existen otras posibilidades de acción de la terapia génica en la que lo que se busca no es suplir o inactivar la función de un gen, sino introducir la información que permita a la célula sintetizar una proteína que tenga un efecto terapéutico nuevo. Este es el caso de la transferencia de genes para estimular el sistema inmune para que actúe frente a tumores o enfermedades infecciosas, para que se acelere la reparación de heridas, fracturas o se produzcan nuevos vasos sanguíneos, etc.
La terapia génica trabaja tanto con el material genético (el principio activo) como con los vehículos que se encargan de hacer que ese material genético pueda entrar en las células en cantidad suficiente y, además, manteniendo su integridad. Con respecto al material genético, se busca desarrollar genes más eficaces, cuyo funcionamiento pueda predecirse o controlarse una vez dentro del organismo. En cuanto a los vehículos, también llamados vectores, constituyen en este momento el talón de Aquiles de la terapia génica y han de mejorarse sustancialmente si se quiere que llegue a tener éxito en el tratamiento de los enfermos. En el momento actual, los vectores más eficaces de que disponemos son los de tipo viral. Se basan en el hecho de que los virus no son en realidad más que un material genético que se ha dotado de los mecanismos necesarios para poder entrar en las células de forma eficaz y producir sus propias proteínas para multiplicarse. Para construir un vector viral de terapia génica deben eliminarse los genes del virus que son fundamentales para que pueda multiplicarse y sustituirse por el gen terapéutico, con lo que se aprovecha la eficacia del virus para entrar en las células, evitando los riesgos de su diseminación.
Además de las enfermedades genéticas propiamente dichas, la terapia génica se está aplicando de forma experimental al tratamiento del cáncer (en aquellos tumores que no tienen un tratamiento eficaz o en los que el tratamiento convencional ha fracasado), el SIDA (asociado al tratamiento antiviral) y, más recientemente, otras enfermedades como la enfermedad coronaria, la enfermedad arterial periférica o la artritis reumatoide. Sin embargo, las posibilidades terapéuticas de la terapia génica no se limitan a estas enfermedades y con el tiempo, una vez que se compruebe su eficacia, seguridad y mejoren los vectores, no es descabellado que se emplee en muchas otras situaciones en las que no está en juego la vida del paciente.
Desde que en 1990 se trató al primer paciente (una niña con una enfermedad inmunológica que carecía completamente de defensas frente a las infecciones), más de 4.000 personas han recibido algún tipo de terapia génica, repartidas en un gran número de ensayos clínicos y frente a numerosas enfermedades. Aunque en algún caso podía hablarse de éxitos terapéuticos parciales, ha sido en estos dos últimos años cuando se han descrito los primeros resultados realmente esperanzadores, en concreto en el tratamiento de la enfermedad coronaria, la enfermedad arterial periférica, el tratamiento de niños con un tipo de inmunodeficiencia profunda y, finalmente, el tratamiento de pacientes con hemofilia B. En cuanto a su seguridad, en la gran mayoría de los ensayos clínicos que se han llevado a cabo no ha habido problemas de toxicidad relevantes relacionados con la transferencia genética. Sin embargo, la noticia de la muerte el año pasado de un joven que participaba como voluntario en un ensayo clínico en Estados Unidos ha supuesto un recordatorio de lo delicado de estas nuevas técnicas y de la necesidad de extremar las precauciones en este campo, que tantas esperanzas ha despertado, pero en el que queda aún tanto por mejorar y conocer.
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