| Dra. Pilar Gil Sánchez Especialista en Dermatología Colaborador Clínico. Departamento de Dermatología Médico-Quirúrgica y Venerológica CLINICA UNIVERSIDAD DE NAVARRA |
Las dermatosis fitoparasitarias son afecciones cutáneas consecuencia de parasitación de "hongos"; éstos son vegetales que no efectúan el fenómeno de la fotosíntesis. Forman parte del grupo de las enfermedades más frecuentes que afectan al hombre e incluso se puede afirmar que prácticamente todas las personas a lo largo de su vida la padecerán alguna vez.
Existen tres tipos de micosis humanas superficiales, intermedias como las candidiosis y profundas. Las habituales en España son las superficiales y las candidiosis.
Las micosis superficiales se dividen en dermatofíticas y no dermatofíticas. Dentro de estas últimas está la pitiriasis versicolor. En nuestro medio tienen una elevada incidencia, sobretodo en verano.
Puede afectar a personas de cualquier grupo de edad siendo más frecuentes en adultos jóvenes.
Existen una serie de factores predisponentes como son la alta temperatura y humedad relativa, la aplicación de aceites, el exceso de sudoración, la piel seborreica, el realizar tratamientos con inmunosupresores o tener enfermedades debilitantes.
El agente etiológico es el pityrosporum ovale. Es un hongo saprofítico, es decir, que vive sobre nuestra piel sin producir enfermedad.
Ya que todo el mundo posee este hongo, la enfermedad no es contagiosa. No se trasmite ni directamente ni indirectamente por las escamas que aparecen en las lesiones.
El paciente consulta generalmente porque tienen unas manchas redondeadas, marrones en invierno y blanquecinas en verano, localizadas en la parte superior de espalda, hombros y cuello. A veces se pueden mostrar como lesiones pustulosas foliculares en esas mismas localizaciones.
El nombre de esta micosis "versicolor", hace referencia al cambio de tonalidad que tienen las lesiones en el verano respecto al invierno. En invierno, las zonas de piel afectas tienen una coloración rosada o marrón y en verano adquieren un color blanquecino, ya que el hongo situado sobre la piel impide que las radiaciones solares pigmenten esa zona y además produce una sustancia que frena la pigmentación.
Para hacer el diagnóstico, además de basarnos en la clínica, nos ayudamos del raspado de las lesiones con una cucharilla observándose como se desprenden escamas aglutinadas en forma de lámina (signo de la uñada).
Con la luz de Wood, las lesiones emiten una fluorescencia amarillenta.
En la mayoría de los casos con un tratamiento tópico es suficiente. Se indican lavados con sulfuro de selenio los tres primeros días manteniendo la espuma quince minutos. Esto se complementa con aplicación de antimicóticos tópicos como el ketoconazol, miconazol o terbinafina. Otra opción, tal vez más agresiva, es la administración oral de antimicóticos como ketoconazol, fluconazol o itraconazol que pueden tener efectos secundarios a nivel hepático y son más caros.
Los cambios de color pueden permanecer varios meses después de que el hongo se ha eliminado.
El pronóstico es bueno y el tratamiento es resolutivo, aunque con relativa frecuencia el paciente puede volver a tener otro episodio, especialmente si persisten los factores predisponentes, tanto exógenos como endógenos anteriormente descritos.
Para prevenir repeticiones, deben usarse geles especiales una vez o dos veces al principio del mes.
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