Junio de 2007
A lo largo de la “vida” en común se va forjando una unidad familiar en la que se van agrupando diversos miembros. Es habitual que a lo largo de ese tiempo surjan problemas y dificultades que si no son resueltos sus consecuencias llegan a ser importantes sobre el estado de bienestar y la estabilidad emocional de los miembros de la familia.
La vida familiar está sometida a muchas tensiones. Esa vida en común se inicia alrededor de un proyecto previsto en principio a largo plazo. No es una simple unión de sentimientos sino la creencia de poder desarrollar toda una vida al lado de otra persona. A ese proyecto se van uniendo otras personas, principalmente los hijos (importantes pero no indispensables para el desarrollo de ese proyecto). A la hora de empezar esa andadura es fundamental una buena preparación. Esa preparación se consigue en los meses previos. Durante ese tiempo (denominado noviazgo) ambos futuros miembros nucleares aprenden a conocerse. Se sientan las bases de ese proyecto, sobre un mutuo conocimiento. No quiere decir ese deseo de conocimiento mutuo, que se vaya a hacer una previsión completa y total de todos los factores que pueden influir en el desarrollo del proyecto (la vida familiar no se traza con tiralíneas). Hay que dejar un margen a la imprevisión pero por otro lado, al menos asegurar unos mínimos que ofrezcan algo de estabilidad. Esa estabilidad no se traduce en una ausencia de problemas o dificultades, sino en la capacidad para hacer frente a ellos. Se debe intentar dejar de todas formas bien claro, aspectos básicos como el futuro de la posible descendencia, el respeto a las creencias de la otra persona, el compromiso y la co-responsabilidad en el cuidado del hogar. Las primeras discusiones suelen surgir cuando esas cuestiones no resultan aclaradas.
Los momentos de mayor conflicto:
Existen unos momentos especialmente delicados o en los que surgen las principales dificultades. Las principales crisis aparecen nada más empezar la vida familiar y alrededor de los cincuenta años. Las crisis iniciales aparecen cuando los fundamentos de esa relación no se han establecido convenientemente. Hay falta de conocimiento y no se han aclarado aspectos fundamentales para el desarrollo de la vida en común. Se ha confiado excesivamente en los sentimientos, algo que tiene un corto recorrido. La excesiva debilidad en los cimientos de esta relación da lugar a que no se superen esos desencuentros, que además adquieren una importancia a veces excesiva buscándose inmediatamente una salida fácil. Otro momento especialmente delicado sucede alrededor de los cincuenta años o en una etapa de plena madurez. En esa etapa el núcleo familiar parece debilitarse ante la emancipación de los hijos. Es entonces cuando surge el denominado “síndrome de nido vacío”. La pareja ya madura se encuentra de nuevo solos, pero con un trayecto vital importante ya recorrido. Físicamente aparece un cierto deterioro que muchas veces afecta más a un miembro que a otro. De esta forma, surge una cierta disarmonía que con el paso del tiempo y ante la ausencia de un nuevo proyecto en común, puede acabar en la ruptura.
La llegada de los hijos:
En el núcleo familiar adquieren una gran importancia los hijos. Aunque son un elemento de unión importante no son la solución a los problemas de convivencia y su llegada puede ser origen de nuevas tensiones. Cuando llegan los hijos es más relevante la co-responsabilidad en el hogar. La tarea de educar y seguir su desarrollo es papel de los dos. Sin embargo, esa labor ha de ser realizada con armonía. Se produce un desequilibrio cuando la atención que exigen hace olvidar la necesidad de mantener esa comunicación en la pareja o bien cuando las obligaciones no se reparten equitativamente por encima incluso de las obligaciones profesionales.
Las relaciones en el seno del matrimonio pueden pasar por mejores o peores momentos. La creencia en un proyecto común fortalece esa relación por encima de problemas o dificultades. Sin embargo, para mantener ese proyecto es importante conseguir un cauce de comunicación constante y fluido. Este propósito requiere tiempo y esfuerzo, pero la rentabilidad está asegurada.
Dificultades a la hora de mantener esa comunicación
Las mayores dificultades provienen del ritmo de vida actual. Las prisas y la falta de tiempo parecen dominar todo comportamiento. Hay que atender muchas obligaciones laborales o relacionadas con el propio entorno familiar. Junto a este hecho, se ha perdido el afán por conversar recurriéndose a otras formas de entretenimiento más cómodas (como sucede con la televisión). Además se pierden conductas sociales que permitían conseguir esos momentos de encuentro (comer o realizar actividades juntos). En ocasiones existe un miedo a mentener esa relación para no poner de manifiesto la existencia de un desencuentro o sacar temas espinosos. La frialdad o la desconfianza suponen ya un problema relevante que se debe corregir cuanto antes.
Conseguir ese cauce de comunicación
Hay que reservar un momento cada día para poder hablar con tranquilidad, aunque sea unos minutos. Ese tiempo deber estar rodeado de tranquilidad y al margen de la vorágine de cada día. Habitualmente suele ser por la noche aunque con frecuencia se deba haya que vencer el cansancio. En ese momento “especial” se debe expresar un interés por conocer a la otra persona. No necesariamente tiene que estar dedicado esa conversación a resolver problemas o a hablar sobre temas no relacionados directamente con la pareja (hijos o trabajo). Por supuesto, no es el mejor momento a veces para entablar discusiones (sobre todo por el cansancio acumulado del día).
Como se ha comentado, los problemas aparecen siempre. Esos problemas pueden ser pequeñas discusiones en el día a día, o tener un mayor calado llegando a afectar incluso a temas relacionados con ese proyecto en común. Las discusiones únicamente llegan a mostrar diferencias de opinión. Esas diferencias aparecen en cualquier relación, habitualmente ambos suelen tener razón y simplemente ponen de manifiesto distintos puntos de vista sobre asuntos determinados. Hay que intentar solventarlas antes de la noche, sin que hallan vencedores o vencidos y en unas condiciones de tranquilidad y sosiego. Cuando el cansancio es importante o el asunto todavía está caliente es frecuente que se llegue a la descalificación o empeore la discusión. Si esas discusiones se hacen frecuentes o aparecen diferencias relacionadas con aspectos fundamentales en ese proyecto común, su solución puede implicar un planteamiento más radical. Ese planteamiento proviene de la necesidad de contar incluso con ayuda externa. En este sentido la UDITEF trabaja para conseguir recuperar esa sintonía.
Es importante dejarse ayudar cuando la convivencia se deteriora. No hay que esperar al último momento e incluso a la hora de solucionar esas diferencias, conviene buscar un objetivo positivo. Ese objetivo se debe basar en acudir para “mejorar” una relación, no sólo para evitar una posible “ruptura”.
El trabajo en la UDITEF
Hay que tener en cuenta de que se trata de un trabajo con la pareja, es difícil solventar esos problemas cuando los dos implicados no participan de igual forma (no puede haber un espectador). El tratamiento se realiza con discreción por separado y también en pareja. Se detecta el núcleo de esas posibles desavenencias y se valora la forma como se afrontan (con visión de futuro o desde el convencimiento de mantener ese proyecto de futuro). Habitualmente son problemas de comunicación fáciles de superar cuando el tono mantenido es positivo. En este caso a través de la mediación se consigue establecer de nuevo esos cauces de comunicación. Esta labor se realiza no en un solo día sino a lo largo del tiempo.
En otras ocasiones se aprecian defectos de forma, es decir pautas de actuación que resultan incompatibles al otro miembro. En este caso, la atención se centra en uno de los dos, con el fin de reconducir esas pautas pero sin olvidar al otro cónyuge quien podrá intervenir en ese propósito pero a la vez intentar mejorar el grado de aceptación. La dificultad puede ser mayor cuando existen otros miembros en disputa. En ocasiones los problemas con los hijos afectan seriamente a la dinámica de funcionamiento de la pareja. En este sentido, en el departamento de Psiquiatría existe una unidad dirigida al tratamiento de las patologías en el adolescente así como en los niños. Resulta especialmente útil entonces el enfoque integrador de la unidad familiar a la hora de resolver todos estos problemas. Ese enfoque es algo característico y que facilita la resolución de todos estos problemas. La solución de los problemas en el ámbito conyugal afectan a toda la familia. El abordaje ha de ser individualizado e integrador a la vez, basado en conocimientos científicos y en hechos objetivables. El trabajo en la Uditef va en esa dirección.
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