Nutrición e hiperlipemias

La dieta predominante en la mayor parte de las sociedades desarrolladas es rica en alimentos aterogénicos (es decir capaces de provocar placas de ateroma), fundamentalmente grasas saturadas de origen animal, lo que determina que las cifras medias de colesterol en sangre sea excesivamente alta.

Dentro de la población existen individuos de mayor riesgo de tener el colesterol alto, bien por presentar alteraciones genéticas del metabolismo de los lípidos o por la coexistencia de otros factores de riesgo como hipertensión arterial, tabaquismo, diabetes mellitus o por haber padecido previamente un episodio coronario. Una dieta baja en calorías contribuye a su descenso.

En líneas generales se aconseja el cambio dietético a todos los individuos cuyas cifras de colesterol en sangre se encuentre en un rango de riesgo moderado (colesterol total 200-250 mg./dl.). En personas de alto riesgo (colesterol total > 250 mg./dl.) es necesario un tratamiento dietético enérgico e indefinido asociado o no a tratamiento farmacológico.

La finalidad del tratamiento de las hiperlipemias es modificar los niveles de lípidos plasmáticos hasta niveles de bajo riesgo (colesterol total < 200 mg./dl. o LDL-colesterol < 130 mg./dl.). Numerosos estudios han demostrado que la dieta afecta profundamente al metabolismo de las grasas y que estos niveles plasmáticos se relacionan directamente con el riesgo de cardiopatía isquémica.

Contenido calórico de la dieta

El contenido calórico de la dieta influye sobre la tasa de lípidos circulantes habiéndose demostrado que las dietas hipercalóricas estimulan la producción hepática de trigliceridos y de los LDL.

Asimismo se ha demostrado que las dietas hipocalóricas producen un descenso del colesterol y triglicéridos y provocan un aumento de HDL. Por lo tanto el tratamiento dietético de las hiperlipidemias deberá tener siempre en cuenta el balance calórico que resulte más adecuado para cada situación.

Colesterol

Una ingesta elevada de colesterol en la dieta produce hipercolesterolemia y ateroesclerosis. La absorción intestinal de colesterol es de alrededor de un 40%. Existen unos límites en la cantidad de colesterol dietético para que se produzcan variaciones en la cifra de colesterolemia.

Cifras inferiores a 100 mg./día no producen elevaciones, existiendo a partir de esta cifra una relación lineal entre el colesterol de la dieta y sus niveles en sangre. El límite superior se situaría entre los 500-700 mg./día de colesterol, por encima del cual los aumentos de la ingesta de colesterol no producirían modificaciones en los niveles de colesterolemia.

La mayoría del colesterol de la dieta procede de productos animales, ya que las plantas no contienen colesterol. Los alimentos más ricos en colesterol son los huevos y las vísceras. Algunos mariscos tienen un contenido relativamente alto de colesterol.

Las carnes animales no suelen tener cantidades importantes de colesterol, pero como representan una proporción importante de la dieta en los países desarrollados, suponen una considerable contribución al colesterol de la dieta. Se calcula que, aproximadamente, un tercio de la ingesta diaria media de colesterol en los países desarrollados procede de la carne, otro tercio de los huevos y el tercio restante de las grasas animales (incluyendo leche y derivados lacteos).

Grasas

Las grasas de la dieta están constituidas casi exclusivamente por triglicéridos, que contribuyen entre un 35-40% al consumo calórico total. Los triglicéridos están formados por tres ácidos grasos unidos a una molécula de glicerol. Ya que los ácidos grasos tienen una influencia importante sobre el metabolismo lipídico, se debe indicar, con especial enfásis, el tipo de ácidos grasos que se deben ingerir en la dieta hipolipemiante. 

Estos ácidos grasos naturales de importancia nutritiva se clasifican en: saturados, monoinsaturados y poliinsaturados.

  • Grasas saturadas: distintos estudios indican que los ácidos grasos saturados elevan el nivel de colesterol sérico. La prevención de la cardiopatía isquémica y el tratamiento de las hipercolesterolemias requieren, por lo tanto, una disminución del contenido de grasas saturadas de la dieta. Todas las grasas animales, con excepción de las procedentes del pescado, son saturadas. También presentan grasas saturadas los productos lácteos elaborados con leche entera y los productos de bollería industrial que contienen grasas de origen animal. En el reino vegetal sólo los aceites de palma y coco son ricos en grasas saturadas.
  • Grasas monoinsaturadas: el principal representante es el ácido oleico. Los alimentos con mayor contenido son el aceite de oliva (65-80%) y la carne de cerdo (40-45%). Algunos estudios han comprobado que las dietas ricas en ácido oleico elevan el HDL y reducen la tasa de LDL, por lo que cada vez se están utilizando más como sustituto de la grasa saturada.
  • Grasas poliinsaturadas: son nutrientes esenciales (que no los puede sintentizar nuestro organismo) y por lo tanto son imprescindibles en la dieta, debiendo representar como mínimo el 2% del total de las calorías ingeridas. Se encuentran ampliamente distribuidos, especialmente en la mayoría de los aceites vegetales utilizados en la alimentación (maíz, lino, girasol y soja) y en los pescados.

Las recomendaciones dietéticas para la prevención de enfermedades cardiovasculares y el tratamiento de las hiperlipidemias aconsejan que los ácidos grasos poliinsaturados aporten un 10% de las kilocalorías totales de la dieta.

Hidratos de carbono

Los hidratos de carbono de la dieta ejercen una acción neutra sobre los niveles de colesterol total. Sin embargo, es un hecho conocido, que las dietas pobres en grasas y con un alto contenido en hidratos de carbono elevan los niveles de triglicéridos por un aumento de la síntesis hepática de triglicéridos.

Si el consumo de hidratos de carbono se mantiene dentro de límites adecuados (50-60% del aporte calórico de la dieta) no se observan modificaciones en los niveles de lípidos.

Fibra

Son diversos hidratos de carbono (celulosa, pectina...) que el organismo es incapaz de digerir y que se encuentran fundamentalmente en verduras, hortalizas, legumbres, cereales y frutas. El uso de dietas ricas en fibra consigue un descenso de colesterol sérico entre el 4-10%, a expensas del LDL.

El mecanismo por el cual se consigue parece estar relacionado con un aumento de la excreción fecal de colesterol y ácidos biliares a través de su secuestro de la luz intestinal. El consumo recomendado de fibra en la dieta oscila entre el 10-15 gramos por cada 1.000 kcal. al día. Es especialmente beneficioso en situaciones de hipercolesterolemia donde sus efectos se sumaría a los de la dieta pobre en grasas saturadas y colesterol.

Proteínas

No se ha demostrado que las proteínas modifiquen de forma significativa las concentraciones de lípidos plasmáticos. Las recomendaciones dietéticas para las proteínas en el tratamiento de las hiperlipidemias aconsejan que éstas constituyan el 10-20% del total de la energía calórica.

Alcohol

El consumo excesivo de alcohol es una de las causas más frecuente de hiperlipidemia secundaria. Por otra parte, el consumo de etanol supone un aporte extra de 7,1 kcal por gramo de alcohol sin ningún valor nutritivo, suponiendo una causa frecuente de la obesidad.

No existe contraindicación absoluta de consumo moderado de etanol (25-30 gr./día), en pacientes hiperlipidémicos excepto en personas con tendencia a la hipertrigliceridemia, en cuyo caso debe restringirse por completo su consumo.