Tumores hepáticos
La mayoría de ellos constan de células de tumores que, habiéndose originado en otro órgano, como la mama, el pulmón, el páncreas o el intestino, han alcanzado el hígado a través de la sangre: son los tumores secundarios o metastásicos, o simplemente las metástasis.
Otras veces, las células nacen del propio hígado y se habla entonces de tumores primarios o primitivos del hígado que son dos: hepatocarcinoma y colangiocarcinoma.
El diagnóstico precoz de tumores hepáticos debe hacerse en personas sin síntomas ya que, cuando estos aparecen, la enfermedad suele estar demasiado avanzada. Por ello, se delimita el seguimiento intensivo (revisión cada 6 meses) al grupo de personas en el que es más probable que el tumor aparezca: pacientes cirróticos de cualquier causa, sobre todo si son mayores de 50 años, y todo paciente con una infección crónica por hepatitis B (aunque no haya desarrollado una cirrosis). Las técnicas utilizadas para la detección de posibles tumores hepáticos son:
- Ecografía: fácil, cómoda y sin radiación, pero con dificultad para detectar los tumores pequeños.
- Escáner o TAC (tomografía axial computerizada): aunque más complicada y con uso de radiación, esta técnica permite detectar lesiones verdaderamente pequeñas y ofrece gran cantidad de información.
- Resonancia magnética: técnica excelente por la posibilidad de detectar lesiones pequeñas; aunque no usa radiación, puede resultar incómoda para personas claustrofóbicas.
- Biopsia: cuando las anteriores técnicas de imagen no son concluyentes, se obtiene una muestra de tejido mediante la punción a través de la pared abdominal.
Tratamiento
Es frecuente tratar al mismo tiempo dos enfermedades hepáticas, el tumor y la cirrosis, lo que complica el tratamiento. Son pocos los pacientes a los que se puede extirpar quirúrgicamente el tumor por el estado del resto del hígado, que no suele ser óptimo. Una alternativa razonable es el trasplante hepático, si bien sólo suele indicarse cuando la enfermedad está muy limitada y en etapas precoces, por la escasez de hígados donados en el mundo. También existe la posibilidad de recurrir a la ablación percutánea. Mediante la apliación de agujas que atraviesan la piel se destruye el tumor in situ por medios químicos (inyección de alcohol u otras sustancias) o físicos (aplicación de un intenso calor, termoablación o frío, crioablación).
Otra opción son los tratamientos vasculares como la embolización arterial, mediante la que se inyectan partículas a través de la arteria hepática, que pueden estar mezcladas con fármacos quimioterápicos (quimioembolización) o cargadas de radiación (radioembolización). A pesar de sus riesgos para el hígado, los estudios demuestran que mejoran la supervivencia de los pacientes tratados.
La quimioterapia sistémica, administración de fármacos quimioterápicos por vía oral o intravenosa suele realizarse con sorafenib. Se ha demostrado que este fármaco aumenta la supervivencia de estos tumores.
Cabe indicar que, en pacientes con ictericia o ascitis, el tratamiento del tumor no debe plantearse: no sólo resulta inútil, sino que puede empeorar la calidad de vida por efectos secundarios de los tratamientos.



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