Toxina Botulínica

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La toxina botulínica es una sustancia que es producida por una bacteria denominada Clostridium botulinum.

Es responsable del botulismo, una intoxicación alimentaria conocida desde el siglo XIX que cursa con una parálisis progresiva de los músculos. En la actualidad se sintetiza de forma sintética y se utiliza como fármaco, a dosis muy pequeñas, para distintas indicaciones clínicas. En España disponemos de varias presentaciones comerciales como son Botox®, Dysport®, Neurobloc® y Xeomin®. Cuando la toxina botulínica se inyecta en un músculo produce el bloqueo de la transmisión del impulso nervioso hacia la fibra muscular, dando como resultado una debilidad del músculo infiltrado. Este efecto es siempre transitorio y reversible, durando aproximadamente 3 meses.

Dentro de la especialidad de Neurología sus indicaciones se centran fundamentalmente, en el tratamiento del espasmo hemifacial y de las distonías focales como el blefarospasmo y la distonía cervical, así como de la espasticidad como consecuencia de un ictus o en el contexto de una parálisis cerebral infantil. Otras posibles aplicaciones de la toxina botulínica en la Neurología son el temblor cefálico, determinadas mioclonías, tics, sialorrea (aumento de la salivación), síndromes dolorosos por contracción muscular como el síndrome fibromiálgico y la espasticidad secundaria a la esclerosis múltiple o por traumatismos craneoencefálicos. La toxina botulínica también puede dar muy buen resultado en determinados pacientes con migraña crónica.

Dentro de los efectos secundarios de la toxina botulínica están los propios de la inyección de cualquier fármaco como son el dolor en relación con el pinchazo o la formación de pequeñas hemorragias o hematomas. Otros efectos secundarios pueden ser consecuencia de la difusión de la toxina botulínica a músculos adyacentes a los infiltrados.

En el caso de los pacientes con espasmo hemifacial o blefarospasmo puede aparecer ptosis palpebral, es decir, dificultad para la elevación del párpado. En los pacientes con distonía cervical puede haber difusión de la toxina botulínica a los músculos esofágicos, produciendo dificultad para tragar o disfagia. En algunas ocasiones, tras la infiltración puede aparecer un cuadro de características similares a un síndrome gripal.

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