Embolización arterial hepática
El tratamiento consiste en la inyección a través de esa arteria, y de la forma más selectiva posible, de unas diminutas esferas plásticas que obstruyen los pequeños vasos. El resultado es que el tumor o los tumores quedan sin riego sanguíneo, mientras que la vena porta se encarga de que no le falte sangre al hígado sano. El tratamiento suele repetirse cada seis semanas tantas veces como sea necesario, habitualmente tres o cuatro veces.
Aunque el tratamiento no precisa un quirófano ni anestesia, es frecuente que el ingreso se prolongue entre dos y cuatro días, el tiempo necesario para controlar los efectos secundarios como el dolor, las náuseas y la fiebre. Aunque no es un tratamiento especialmente arriesgado, es habitual encontrarse cansado o con fiebre baja los días posteriores.
Rara vez pueden aparecer como complicaciones la infección del tumor (que produce un absceso hepático) o la aparición de insuficiencia hepática. Con todo, la embolización es un tratamiento que puede utilizarse cuando otros más resolutivos como la cirugía o la radiofrecuencia no son posibles. Su aplicación hace que los pacientes tengan una mayor supervivencia y, en algún caso, incluso puede ser curativa, aunque esto no es predecible de antemano. Pero hay que tener en cuenta que solo puede aplicarse cuando la función hepática es muy buena.


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