Historias de la Clínica

trasplante cardiacoAntonio M.

Imagen Antonio Marcilla

Este auxiliar de farmacia pamplonés, tras sufrir su quinto infarto, fue trasladado a la Clínica donde esperó casi un mes a un trasplante cardiaco.

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Tan elevado era el riesgo para su vida que la ambulancia tardó media hora en recorrer la pequeña distancia que separa los dos centros hospitalarios. La decisión del trasplante había sido cuestión de minutos. Una vez llegado a la Clínica Universidad de Navarra, el equipo médico le sometió a diversas pruebas con las que corroboraron que el resto de sus órganos cumplía las condiciones adecuadas para el trasplante.

Antonio M., de 56 años, sufrió el tercer infarto de su vida el pasado 19 de enero. Justo el día que se incorporaba a trabajar después de haber permanecido 10 meses de baja médica debido a una enfermedad arterial en la pierna. La convalecencia no le había supuesto un problema para acudir, frecuentemente, de visita a la farmacia donde trabaja como auxiliar desde hace más de 30 años.

El 19 de enero llegó contento y puntual al establecimiento. Se dispuso a comenzar su trabajo cuando comenzó a sentirse mal. Sudoración, pesadez en los brazos, eran síntomas que le resultaban familiares de ocasiones anteriores y que le hacían reconocer que aquello podía tratarse de su tercer infarto. Volvió a su casa y enseguida su madre llamó al 112, desde donde enviaron una ambulancia medicalizada que le trasladó al Hospital de Navarra. Allí quedó ingresado durante dos o tres días en la UCI para pasar después a planta. Instalado en su habitación, en un momento dado, su hijo Iván, siempre cerca de su cama, le advirtió que tenía mala cara. “De nuevo volvía a estar en la UCI. Mi siguiente recuerdo ya fue en la Clínica Universidad de Navarra”.

El lapso de tiempo que transcurrió entre los dos centros hospitalarios no llegó a dos días. Entre tanto, Antonio había sufrido dos infartos más. Su situación se había vuelto insostenible; su vida pendía de un hilo. Puestos en contacto los equipos médicos de los dos centros hospitalarios se decidió que la única solución para él era el trasplante de corazón.

Mientras tanto, el corazón de Antonio no era capaz de mantenerlo con vida. El equipo de Cirugía Cardiaca de la Clínica, liderado por el doctor Gregorio Rábago, decidió someterlo a una primera intervención para conectarlo a una máquina externa que hiciera las funciones del órgano cardiaco hasta que llegase un corazón adecuado. El paciente pamplonés no fue consciente de la operación. Ni siquiera guarda malos recuerdos del postoperatorio. Así permaneció más de tres semanas, enganchado a cuatro tubos por los que la sangre entraba y salía de su organismo tras recibir el impulso necesario de aquel equipo externo. En tal situación, el pasado 3 de febrero Antonio cumplió 56 años. En un momento dado pareció que el día le iba a traer un regalo extraordinario. El personal de trasplantes informó al paciente y a su familia de la existencia de un corazón que podía ser para él. Pero la ilusión se tornó pronto en decepción. El órgano no presentaba las condiciones idóneas para ser trasplantado. Ocho días más tarde se repitió la circunstancia, pero tampoco esta ocasión fue la definitiva. Nueve días después su suerte cambió.

El 19 de febrero, al mes justo de ingresar por su tercer infarto, amaneció un día especial para usted.
Aquel día ocurrieron una serie de detalles fuera de lo habitual. Entraron por confusión a darme de comulgar en un momento en que estaba adormilado. El que había pedido la Comunión era el paciente de la habitación de al lado. Pero ya que el sacerdote estaba allí, comulgué. Me sirvió para concienciarme. Aquel día reñí con el de arriba. Reñí en serio con Dios. Le dije: “O me traes hoy el corazón o ya no me lo traigas”. Y realmente se lo dije con toda la fe del mundo. Tanto es así que cuando llegaron mi mujer y mi madre a las 5 de la tarde les aseguré: “Hoy me trasplantan”. Ellas me preguntaron que quién me lo había dicho. Les contesté que el de arriba. Mi madre me preguntó si me refería al director de la Clínica. Pero enseguida entendieron que de quien hablaba era de Dios.

Pero eran las cinco de la tarde y realmente usted no tenía noticia de nada.
Ellas se fueron y a eso de las 20:45 me di cuenta de que había pasado ya el turno de las cenas y a mí no me la habían traído. Entonces me di cuenta de verdad que me iban a trasplantar porque yo sabía que todas las operaciones de trasplante se hacen por la noche. A eso de las 9 de la noche, el doctor Rábago entró en mi habitación para decirme que había un corazón y que esta vez sí era válido para el trasplante. A las dos de la mañana, con todo ya preparado para la intervención, avisaron a mi familia. Llegaron y me despedí de todos.

Un momento muy difícil. Entraba en el quirófano para someterse a una operación a vida o muerte.
La verdad es que bajé al quirófano muy tranquilo. Lo viví como si estuviese en una película. Incluso se lo dije al doctor Rábago: “Es como si fuésemos dos actores protagonistas, tú el principal y yo el segundo y todo el personal que nos rodea en el quirófano son los demás actores”. Lo cierto es que estaba muy tranquilo. Me despedí de todos mirándoles a la cara y pensando: “Hacedlo bien que luego vuelvo”.

Le asistía la tranquilidad de creer que la intervención iba a salir bien.
Sí, porque la esperanza yo ya la había perdido en enero cuando, ingresado en el hospital, me dieron los dos infartos seguidos.

Tuvo la suerte, entre comillas, de que aquel quinto y sexto infartos de su vida le sobreviniesen estando ingresado.
De verdad me alegro de ello, porque si en lugar de estar en el Hospital hubiese estado en la calle, probablemente yo ya no estaría aquí. De ahí que cuando me llevaban a hacerme el trasplante no sintiera ningún miedo. Lo cierto es que no me puedo quejar de nada. Me han hecho el trasplante y he quedado de maravilla. Estoy que no me lo creo. Esta experiencia me ha hecho ver todo por el lado positivo.

Tras una intervención de doce horas de duración con un elevado compromiso de su vida, ¿cómo ha sido su recuperación?
Al día siguiente de la operación ya me encontraba muy bien. El doctor Rábago me dijo que en tres días me pasarían a planta y cuatro más tarde estaría en la calle. Y así fue. Cuando me lo decía, yo le recordaba que llevaba un mes sin poner los pies en el suelo. Pero él me dijo que no importaba, que iba a ser así. En esto también tengo que dar gracias a mi familia porque sin ellos no hubiese llegado hasta aquí.

Un mes más tarde, ¿cómo se encuentra?
Durante la recuperación no he sentido ningún dolor, ni cuando estaba enganchado a la máquina lleno de tubos y cables, ni en el postoperatorio. Ahora mismo, no siento nada. Hay veces que me pongo la mano a la altura del corazón para sentir que lo tengo, porque realmente no lo noto. No como cuando tenía el mío que lo notaba palpitar como una cafetera vieja.

Echando la vista atrás, ¿qué ha obtenido de esta experiencia?
Que la vida es muy bonita y que estamos aquí para aprovecharla. También, que es necesario que haya más donaciones. La gente se tiene que concienciar pero sé que hay veces que, si no te pasa un caso cerca, no te das cuenta de lo importante que es.

Está viviendo una segunda oportunidad con todas las letras.
Soy consciente. Para mí esto ha sido un milagro.

Ahora le toca plantearse de nuevo la vida, ¿qué perspectivas de futuro tiene?
Ahora veo la vida de color rosa. Lo primero que espero es poder volver a trabajar pronto. El doctor Rábago me ha dicho que probablemente en dos o tres meses ya esté en condiciones Y, en general, tengo ganas de hacer vida normal, de trabajar, de estar con la familia y con los amigos, que se han portado conmigo de forma inmejorable. Físicamente, tengo todavía los problemas que tenía en la pierna, anteriores al trasplante, que me dificultan dar largos paseos como a mí me gusta. Pero el médico me ha dicho que es posible que el nuevo corazón pueda mejorarme también la pierna.

En general, ¿cómo calificaría esta experiencia vital?
De muy positiva. En el proceso no lo he pasado mal, creo que en gran parte por el trato recibido. Antes del trasplante, cuando estaba enganchado a la máquina había ocasiones en que estaba anímicamente bajo, algo que no he intentado que no viese mi familia, aunque sé que lo han pasado muy mal por mí. Pero las enfermeras me animaban para que cuando viniesen ellos me encontrase bien. Sinceramente, creo que viven su trabajo de forma vocacional.

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