Publicaciones científicas

Uso de nuevas moléculas en el tratamiento del cáncer avanzado de tiroides

Galofré JC, Gómez-Sáez JM, Alvarez Escola C, Alvarez García E, Anda Apiñaniz E, Calleja A, Donnay S, Lucas-Martin A, Menéndez Torre E, Navarro González E, Pereg V, Pérez Corral B, Santamaría Sandi J, Riesco Eizaguirre G, Zafón Llopis C; Toma de posición del Grupo de Trabajo de Cáncer de Tiroides de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición.
Departamento de Endocrinología, Clínica Universidad de Navarra, Pamplona, España

Revista: Endocrinología y Nutrición

Fecha: 15/09/2011

Endocrinología y Nutrición

A comienzos de siglo XX el cáncer de tiroides (CT) era mal conocido y su pronóstico ominoso. Eran los tiempos en que Emile Theodor Kocher, gracias a su experiencia quirúrgica, lograba el premio Nobel de Medicina (1909) por su contribución al conocimiento y a la curación de los procesos patológicos tiroideos. No obstante, los progresos fueron lentos.

Veintidós años después, en 1931, hace por tanto ahora 80 a˜nos, Howard D. Clute, también cirujano, publicaba en el New England Journal of Medicine una de las primeras observaciones clínicas de aspectos relacionados con el CT.

Clute clasificaba la enfermedad en 3 grupos según la apariencia histológica y el pronóstico.

En el grupo I, que correspondería a lo que hoy conocemos como carcinoma diferenciado de tiroides (CDT) de estadios I y II, encontró una mortalidad del 5%.

El grupo II lo constituían CDT en los que existía invasión local importante (hoy los clasificaríamos como estadio III). En estos casos la mortalidad ascendía al 24%. Para estos pacientes (grupos I y II) se recomendaba cirugía y radioterapia posterior, con lo que se conseguía mantener al paciente libre de enfermedad durante una media de 3 a˜nos.

Finalmente, el grupo III estaba constituido por los tumores más agresivos (probablemente carcinomas anaplásicos o pobremente diferenciados que hoy serían catalogados como estadio IV), en los cuales ni la cirugía ni la radioterapia eran curativas. La mortalidad alcanzaba el 82% y los pacientes fallecían en el curso de pocos meses.

En el artículo, Clute especificaba: Since there is so little that we can do for patients in this condition, either in the way of palliative or curative measures, it is but natural that for many years the general feeling amongst medical men has been that malignancy arising in the thyroid was an utterly hopeless condition which, fortunately, was usually of but short duration1. Y las cosas, ciertamente, fueron así durante algo más de un par de décadas.

CITA DEL ARTÍCULO  Endocrinol Nutr. 2011 Sep 15

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