Historias de la Clínica

triple trasplante cardiacoJuan Vicente

Juan Vicente, paciente de la Clínica que fue sometido a tres trasplantes cardiacos

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Su afición por el deporte se remonta a sus primeros años de vida. Lo suyo era el fútbol. De hecho, la grave dolencia cardiaca que sufría Juan Vicente (Logroño, 1960) se la detectaron a los 18 años, durante unas pruebas médicas para una operación de lesión de menisco debida a la práctica de este deporte.

Como consecuencia de esa afección cardiaca, diagnosticada de forma casual, este paciente riojano tuvo que ser trasplantado de corazón por primera vez en 1990. Después de ese primer trasplante, en la vida de Juan Vicente el fútbol fue destronado por el tenis. De hecho, los facultativos de la Clínica Universidad de Navarra que le intervinieron le prescribieron la necesidad de practicar un deporte. Como no podía ser de contacto, decidió cambiar el balón por la raqueta. Y se lo tomó tan en serio que, desde entonces, ha competido en numerosos torneos internacionales de tenis para trasplantados. En su haber guarda ocho oros europeos y un subcampeonato del mundo, celebrado en Japón.

“Me fue picando el gusanillo del tenis y al final me apunté a todos los campeonatos y juegos que podía. Tanto es así que he estado en Japón, en Australia, en Buenos Aires… Eran campeonatos internacionales dirigidos a todo tipo de trasplantados, lo cual tiene más mérito todavía, porque no tiene la misma gravedad ser un trasplantado de riñón que uno de corazón”, alega el riojano.

Tan deportista como había sido siempre y de pronto, sin presentar síntomas aparentes, le detectan de forma casual una importante enfermedad cardiaca.
Fue a los 18 años. En las pruebas para operarme del menisco llegó la sorpresa. Observaron que mi corazón era demasiado grande y que no funcionaba como debía. Soy de Logroño y de la Seguridad Social de allí me derivaron a la Clínica Universidad de Navarra. Eso ya fue en 1985. Comenzaron a hacerme pruebas. Me llevaba el doctor Sáenz de Buruaga, que confirmó que mi corazón no funcionaba bien. Me dijo que sufría paradas de unos segundos y que, gracias a Dios, después volvía a reaccionar. Pero me advirtió que podía llegar a provocarme una muerte súbita en cualquier momento. Así que decidió que era necesario trasplantarme un corazón sano.

Y hasta entonces había llevado una vida totalmente normal.
Con total normalidad. Sin ningún síntoma. Había hecho mucho deporte, sobre todo fútbol, y había pasado todas las revisiones federativas necesarias para hacer las fichas y jugar los campeonatos oficiales. Sin ningún problema.

De la noche a la mañana, con 18 años, le anuncian una grave dolencia cardiaca.
Lo primero que me prescribieron fue un tratamiento farmacológico. Pero con el tiempo, el corazón fue a peor, agrandándose más, hasta que detectaron que se llegaba a parar. Entonces en la Clínica me plantearon la colocación de un marcapasos, para que si el corazón se paraba tuviéramos la seguridad de que volvía a funcionar. Y eso hicieron. Me pusieron un marcapasos a la espera del trasplante. Entré entonces en lista de espera, medio año antes de mi primer trasplante cardiaco.

¿Cómo fue esa primera espera?
Afortunadamente todo fue bien. Me hicieron todas las pruebas necesarias y me mandaron a casa. Un día mientras dormía la siesta, el 27 de septiembre de 1990, me llamaron de la Clínica para comunicarme que tenían un posible corazón para mí. Y no hubo problemas. Me trasplantaron ese primer corazón y todo funcionó perfectamente. Me recuperé de forma espectacular. En un mes ya estaba en mi casa.

Y le aconsejaron que practicase deporte.
Así fue. Enseguida volví a retomar el deporte. Entonces tenía 30 años y me aconsejaron que para contrarrestar los efectos secundarios de la medicación era bueno practicar deporte. Por eso empecé a jugar a tenis con un profesor y me aficioné. Comencé a jugar mejor. Jugaba también con personas no trasplantadas y algunas veces ganaba yo, y otras ellos, hasta que me enteré de que había torneos para trasplantados y comencé a presentarme a las competiciones.

Tanta afición le tomó al tenis.
Mucha. Tenía que agradecer a la sociedad esa oportunidad que me había dado. Qué mejor que hacer deporte y demostrar a los futuros trasplantados que con un órgano de otra persona, que por desgracia no está, se puede hacer una vida totalmente normal. A la vez continué trabajando en el restaurante de mi mujer.

Así vivió 13 años.
En 2003, el doctor Rábago me diagnosticó una enfermedad en las coronarias (enfermedad vascular del injerto) y me tuvieron que hacer otro trasplante. Me volvieron a incluir en lista de espera y el 1 de julio de ese mismo año me hicieron ese segundo trasplante.

Ante la necesidad de un segundo trasplante ¿no se le cayó el mundo encima?
Un poco sí. Era volver a empezar todo el proceso. Pero también es cierto que partía con la ventaja de que la primera vez no lo pasé mal y había tenido una recuperación muy buena. Pensé que si el primero había ido tan bien, por qué el segundo no iba a poder ir igual. Y la verdad es que fue incluso mejor que el primero, ya que en 13 años los tratamientos y las técnicas quirúrgicas y postoperatorias habían avanzado muchísimo, los fármacos también.

Y siguió unos 6 años con una buena calidad de vida ¿cuál fue el detonante para necesitar un nuevo trasplante?
He vivido con normalidad hasta hace unos dos años y medio. En este momento encontraron en mi corazón algo que no iba bien. Los médicos observaron que había unos anticuerpos en el corazón que no dejaban que funcionara correctamente. Por lo que entendí, hacían que el corazón estuviera demasiado rígido y que no pudiese bombear lo suficiente.

Le plantearon entonces el tercer trasplante cardiaco para implantarle el que sería su cuarto corazón.
El problema es que para hacerme ese tercer trasplante debían reducirme al mínimo esa tasa de anticuerpos porque si no, no se podría realizar el trasplante.

¿De qué forma afectaba a su vida cotidiana esta tercera afección cardiaca?
Me cansaba, se me hinchaban los pies, el abdomen, sentía fatiga. Un cúmulo de problemas que en las fechas anteriores al trasplante me impedían hacer una vida normal. Sólo podía ir de la cama al sofá y del sofá a la cama. Fue entonces cuando me informaron de que debían hacerme el tercer trasplante, pero el doctor Rábago y su equipo médico me advirtieron que era una intervención muy complicada. Que la posibilidad de que pudiera llevarse a cabo era como la de que me tocase la lotería: tenían que encontrar un donante con los mismos antígenos (sustancia que provoca la creación de anticuerpos) o parecidos. Me hicieron entonces numerosas pruebas y plasmaféresis (para ‘limpiar’ la sangre de anticuerpos). Al final tuvimos que decidir hacer ya el trasplante porque mi estado de salud estaba muy limitado. Cada vez me encontraba más cansado. El abdomen se me hinchaba cada dos por tres. Tenía que acudir a la Clínica con mucha frecuencia a drenarme el líquido del abdomen, hasta que me colocaron un drenaje fijo. Pero ya tenía muy poca calidad de vida.

El lado positivo es que durante ese tiempo nadie “tiró la toalla”.
Eso fue lo bueno. Ni la familia, que ha sufrido tanto como yo, ni los médicos, nadie tiró la toalla. Quiero destacar mi agradecimiento a los doctores Rábago y Hernández y a todo el equipo médico y personal de enfermería que me ha atendido a lo largo de este tiempo. Gracias a todos por su gran experiencia, por su trabajo y por su dedicación. Ahora lo principal es que ya se ha pasado el mal trago y que estamos todos muy contentos.

En el momento que le comunicaron que ya había un corazón con las condiciones adecuadas para usted ¿cómo reaccionó?
Coincidió que había venido a revisión a la Clínica. Me habían dejado ingresado porque me tenían que sacar líquido del pulmón, cuando me comunicaron que había un corazón. Al poco rato entró el doctor Rábago acompañado de Montse, la coordinadora de trasplantes de la Clínica, y de más personal. El doctor me dijo que era muy posible que me trasplantaran ese mismo día.

No se lo podía creer.
Mi mujer y yo nos pusimos a llorar de alegría. Todavía me emociono después de tanto tiempo de que por fin llegase el momento tan esperado. Fue de una alegría muy grande. Una alegría relativa, claro está, porque para que llegase “mi momento” había tenido que morir otra persona, lo cual es muy triste. Pero hay que pensar que los órganos de las personas que fallecen ofrecen más vida, la oportunidad de que otros sigan viviendo. Y como suelo recordar al final de los campeonatos de tenis: el cielo no necesita los órganos, pero aquí nos hacen mucha falta.

Es una forma de que esa persona, que lamentablemente ha fallecido, viva de alguna manera en otras.
Exactamente y con una buena calidad de vida. No en precario. Con una calidad de vida perfecta, impresionante. Pero también nos ponemos en el difícil momento de las familias que han perdido a un ser querido, en el difícil momento en el que tienen que decir: ‘Sí quiero donar’. Sabemos lo difícil que resulta. Pero si puedes salvar un montón de vidas, hay que hacerlo. Porque desgraciadamente muchas personas se mueren esperando un órgano.

Y por fin, el pasado 24 de mayo le trasplantaron el que sería su cuarto corazón.
Así fue. Finalmente todo ha ido perfecto. Incluso ya he empezado a jugar a pádel. Doy gracias a todos y pido de verdad que todo el mundo sea donante porque la vida es muy bonita como para dejarla irse. Es necesario que siga la donación adelante, a pesar de que sabemos que son situaciones vitales muy difíciles.

Y ahora que se encuentra mucho mejor ¿tiene planes a corto plazo?
Ahora lo que me planteo es disfrutar de mi familia, de mi nietecito, y no dejar nada para el futuro. Quiero jugar a tenis lo máximo posible, aunque me ha dicho el doctor que tengo que esperar un poco más. Y seguiré participando en campeonatos porque es la forma que tengo de darle gracias a la sociedad por este cuarto corazón. Ya tengo cuatro aniversarios que celebrar.

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