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Esquizofrenia

f. Forma de locura en la que el paciente experimenta que sus procesos mentales y su voluntad no están bajo su control. El término de esquizofrenia fue introducido por E. Bleuler para designar lo que Kraepelin llamó dementia praecox. Bleuler escogió esta denominación para resaltar uno de los síntomas más llamativos de la esquizofrenia: la división o falta de coordinación entre las diferentes funciones psíquicas, especialmente entre lo intelectual y lo emocional.

En las fases agudas de la enfermedad pueden presentarse alucinaciones o delirios de diverso tipo, mientras que la memoria y la inteligencia permanecen relativamente intactas. La esquizofrenia suele aparecer en la adolescencia o al comienzo de la edad adulta y es progresiva. Afecta a la personalidad en su conjunto: el paciente va perdiendo interés por las cosas, su vivacidad disminuye, así como su emotividad, lo que le lleva a un aislamiento progresivo.

De cualquier manera, el cuadro esquizofrénico no es uniforme, y tampoco lo es su curso. Aunque, en sentido estricto, no se han identificado los síntomas patognomónicos, ciertos fenómenos psicopatológicos que suelen presentarse asociados entre sí tienen una significación especial para el diagnóstico de la esquizofrenia: el eco (ver eco del pensamiento); el robo; la inserción del pensamiento o la difusión del mismo; las ideas delirantes de que se es controlado, de influencia o de pasividad, claramente referidas al cuerpo, a los movimientos de los miembros o a pensamientos, a acciones o a sensaciones concretas y percepción delirante; las voces alucinatorias que comentan la propia actividad; las ideas delirantes persistentes; las alucinaciones persistentes de cualquier modalidad; las interpolaciones o los bloqueos en el curso del pensamiento que dan lugar a un lenguaje divagatorio, disgregado, incoherente o lleno de neologismos; las manifestaciones catatónicas; los síntomas «negativos» (apatía, empobrecimiento del lenguaje, bloqueo o incongruencia de la respuesta emocional); un cambio consistente y significativo de la cualidad general de algunos aspectos de la conducta personal como pérdida de interés, falta de objetivos, ociosidad, estar absorto y aislamiento social.

Los sistemas estándar de diagnóstico, como la clasificación internacional de enfermedades en su décima revisión (CIE-10) o el manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-IV), subdividen la esquizofrenia, de acuerdo con la predominancia de los síntomas, en los siguientes tipos: 1) Paranoide: tipo más frecuente de esquizofrenia; en su cuadro clínico predominan las ideas delirantes, a menudo paranoides, que suelen acompañarse de alucinaciones, en especial de tipo auditivo. 2) Hebefrénica: se trata de una forma de esquizofrenia en la que los trastornos afectivos son importantes, las ideas delirantes y las alucinaciones son transitorias y fragmentarias y es frecuente el comportamiento irresponsable e imprevisible y los manierismos; la afectividad es inadecuada y superficial y se acompaña, a menudo, de sonrisas insulsas o absortas; el pensamiento aparece desorganizado y el lenguaje es divagatorio e incoherente; hay tendencia a permanecer solitario y el comportamiento carece de propósito y resonancia afectiva. 3) Catatónica: la característica esencial es la presencia de trastornos psicomotores graves, desde la hipercinesia al estupor; son característicos el mantenimiento de posturas rígidas, la flexibilidad cérea (ver catatonía), la obediencia automática (ver automatismo) y el negativismo (v.). 4) Indiferenciada: se trata de un conjunto de trastornos que satisfacen las pautas generales para el diagnóstico de la esquizofrenia, pero no se ajusta a ninguno de los tipos o presenta rasgos de más de uno de ellos. 5) Residual: se trata de un estado crónico del curso de la enfermedad esquizofrénica en el que se ha producido una clara evolución hacia estadios finales, que se caracterizan por la presencia de síntomas «negativos» y de deterioro persistente, aunque no necesariamente irreversible. 6) Simple: en este subtipo se presenta un desarrollo insidioso aunque progresivo de un comportamiento extravagante, incapacidad para satisfacer las demandas de la vida social y una disminución del rendimiento en general; el trastorno no es tan claramente psicótico como en otros subtipos, ya que no hay evidencia de alucinaciones ni de ideas delirantes.

Los tratamientos recientemente introducidos en psicofarmacología permiten controlar algunos de los síntomas psicóticos, especialmente en las crisis. El componente genético en esta psicosis parece evidente: es mayor el número de esquizofrénicos entre aquellos que tienen antecedentes familiares, así como entre hermanos homozigóticos; pero existen otros factores, además de los genéticos, que son causa de la esquizofrenia, entre otros, el factor ambiental. Un ambiente familiar tenso, con disgustos, escasa compresión y sucesos estresantes, dificultad para encontrar trabajo, fracasos familiares o profesionales, coadyuvan en la aparición de la esquizofrenia. También se invocan alteraciones bioquímicas (en neurotransmisores), como el aumento de los receptores de dopamina. De hecho, el tratamiento más eficaz se consigue con fármacos que bloquean los receptores dopaminérgicos.

La implicación de factores neuroquímicos en la etiopatogenia de la esquizofrenia hay que formularla con cautela, pues si las determinaciones se producen en la necropsia, después de largos tratamientos con neurolépticos, muy posiblemente las alteraciones en los neurotransmisores son debidas, al menos en parte, al tratamiento. Un último factor es el de una pérdida neuronal en territorios corticales específicos: el hipocampo, y la amígdala, la corteza prefrontal, etc.

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