Los beneficios y las aplicaciones que poseen las técnicas de nutrición artificial les han llevado a ser un componente más de los cuidados médicos y se emplean en un porcentaje importante de los pacientes hospitalizados. Han contribuido a reducir significativamente la morbilidad y la mortalidad de estos pacientes.
Dentro del concepto de nutrición artificial se pueden distinguir dos técnicas: la nutrición parenteral y la nutrición enteral.
La nutrición enteral conlleva una serie de ventajas frente a la parenteral, es más fisiológica, más fácil de preparar, administrar y controlar, y presenta menor número de complicaciones y de menor gravedad. Además la utilización de los nutrientes es más eficiente y resulta menos costosa.
La nutrición enteral consiste en la administración de nutrientes, necesarios para conseguir un soporte nutricional adecuado por vía digestiva, aunque el paciente no ingiera espontáneamente alimentos naturales por vía oral. Para su administración es necesaria el uso de sondas, suprimiendo las etapas bucal y esofágica de la digestión.
Las indicaciones generales comprenden una malnutrición o la posibilidad de malnutrición con la presencia de un tracto gastrointestinal funcionante y la incapacidad de ingerir todos los nutrientes necesarios por vía oral.
Antes de establecer la nutrición enteral se debe realizar un ensayo adecuado de las posibilidades del paciente de ingesta oral. Se procederá al cambio en la consistencia de los alimentos, la densidad de nutrientes, o el horario de comidas. Se tendrá también en cuenta las preferencias y tolerancias individuales del paciente con respecto a las comidas. Se considera como inaceptable una ingesta menor a 1000 kcal con una cantidad de proteínas menor a 30 gramos. Si después de realizar todas estas operaciones no se consigue la ingesta adecuada, el paciente será candidato a sonda nasogástrica.
La patología susceptible de instaurar sonda nasogástrica es en más del 40% por enfermedad tumoral, en 30% por enfermedad neurológica y en menor frecuencia por patología gastrointestinal.
La selección de la dieta debe estar basada en las necesidades fisiológicas, la capacidad digestiva y la estimación de los requerimientos nutricionales del paciente.
Se prefieren las formas líquidas, frente a las que se presentan en forma de polvo, ya que éstas hay que manipularlas para su preparación y existe riesgo de contaminación.
La gran ventaja que tienen es que su composición nutricional está perfectamente definida.
Existen tres grupos principales:
No se recomienda el uso de dietas de cocina trituradas y tamizadas para su empleo por la sonda nasogástrica ya que es difícil asegurar su composición, tienen una mayor viscosidad (con riesgo de obstrucción de la sonda) y su osmolaridad es mayor.
Los factores que deben tenerse en cuenta son la duración prevista del tratamiento, la enfermedad del enfermo y sus preferencias.
El método y horario de administración de la fórmula deben, a la vez que reúnen las necesidades nutritivas, que se pueda conservar el estilo de vida del paciente. Debe permitir al enfermo la mayor movilidad, tiempo libre y que llegue a ser una rutina diaria. Existen tres métodos más empleados, que son la infusión continua, la infusión intermitente y la infusión en bolos (jeringa).
Sea cual sea el método que se elija se debe probar en el enfermo esa forma de administración antes de darle el alta, con el objeto de observar la tolerancia y problemas que se puedan presentar.
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